31 de agosto 2004 - 00:00

"Almodóvar me abrió las puertas, soy su mercancía"

Antonia San Juan: «Estamos viviendo la era de la doble moralidad, es terrible. España te invita a que no hagas entrevistas, no hay sitios donde puedas hablar de trabajo».
Antonia San Juan: «Estamos viviendo la era de la doble moralidad, es terrible. España te invita a que no hagas entrevistas, no hay sitios donde puedas hablar de trabajo».
"Para ser una chica Almodóvar tiene que haber una continuidad. No es que haces una película y ya eres una chica Almodóvar aunque la gente y la prensa te lo atribuyan. Pero no está nada mal, esta muy bien serlo", dice Antonia San Juan, que se hizo famosa con el papel del transexual «la Agrado», en la película «Todo sobre mi madre», de Pedro Almodóvar.

De paso por Buenos Aires, donde presentará la semana que viene su obra teatral «Otras mujeres» en el ND/ Ateneo, San Juan habló con este diario sobre las variantes de «lo femenino», «lo masculino» y detalló inconvenientes que surgen en ambos sexos... según pasan los años.

Periodista
: Aunque la irrita que vuelvan a preguntarle si es travesti o transexual no puedo pasarlo por alto. ¿Es o no es?

Antonia San Juan: Doy el derecho de que toda la gente piense de mí lo que quiera pero no tengo nada que decir ni que reivindicar. Cuando la gente vio la película salió pensando tal o cual cosa y cuando me fueron a ver al teatro iban por «la Agrado» y no por Antonia San Juan, porque no existía. Luego me descubrieron. Este es un tema con el que tengo que convivir.


P.:
¿En que sentido dijo «Después de Almodovar fue todo dulce»?

A.S.J.: Almodóvar me abrió las puertas de todo. Yo había trabajado 15 años en teatro y Almodóvar capitalizó todos esos años de trabajo, integró todo y lo volvió valor de uso. Yo me convertí en mercancía que se puede comprar y le debo todo a Almodóvar, eso está clarísimo.


P.:
¿Cuál es su recuerdo de «Todo sobre mi madre»?

A.S.J.: El más grato. Primero porque era mi gran oportunidad que yo no podía dejar pasar. Recuerdo un rodaje tranquilo, dulce, con compañeras maravillosas como Cecilia Roth, Penélope Cruz, Marisa Paredes, todas. Y luego todo lo que vino después, los viajes, el Oscar.


P.:
Una vez contó que en su infancia, en lugar de jugar a la maestra o al doctor, jugaba a ser Marisa Paredes.

A.S.J.: Es que en esa época era mi referente. No se viene uno a Madrid diciendo «Quiero ser Marisa Paredes», hubo mucho más que eso en mi viaje. Como a quien le gusta James Dean o Marilyn Monroe, a mi me gustaba ella porque la veía en televisión. Era la época de Franco, donde paradójicamente la televisión era muy buena, recuerdo que emitían teatro en televisión, tenía a Pirandello, a Ibsen, programas interesantes que ahora no existen.


P.:
Igual que la televisión actual.

A.S.J.: Ahora la tele es de alcahuetes, está manejada no se sabe por quién, es terrorífica. Los programas se llaman diferente pero son lo mismo con distinto presentador. Sólo interesa con quien te acuestas, con quien te levantas. Estamos viviendo la era de la doble moralidad, es verdaderamente terrible. Es que España te invita a que no hagas entrevistas, no hay sitios donde puedas hablar de trabajo.


P.:
Pero el cine y el teatro en España funcionan.

A.S.J.: Cine directamente no hay. Hace dos años y medio que no he recibido propuestas. Está muy árido.Y en teatro es difícil sostenerse contratada. El teatro está mejor en Barcelona que en Madrid, donde siempre es más comercial, barato, de dos señoras sentadas en un diván hablando con un señor setentón que quiere aparentar treinta.


P.:
Ese tema la tiene mal. Ha dicho hace poco que a las mujeres de 40 se la asocia con «porquerías» mientras a un hombre a los 60 se lo ve atractivo. Según usted, todo indica que a partir de los 40 conviene ser hombre.

A.S.J.: Es que una mujer a los 40 es invisible, lo cual es culpa de la propia mujer, que es la gran fomentadora. Entre nosotras somos lo peor, nos criticamos, nos despellejamos, somos las más machistas. En cambio a un hombre de 60, como Jack Nicholson o Sean Connery, la gente lo ve y dice «Qué atractivo». Para mí son sencillamente viejos, señores mayores, abuelos. Que una chica de 30 diga que un señor de 60 le gusta lo veo hasta incestuoso. Creo que tiene que revisar su bijouterie, entre otras cosas, porque algo raro pasa ahí.


P.: Pero su espectáculo es sobre mujeres. ¿Cómo surgió?

A.S.J.: Después de trabajar con Almodóvar, Daniel Carpalsoro («Asflato») y Miguel Alvadalejo, recibí muchas propuestas de cine pero no quise aceptar porque hay que seguir en el mismo nivel. Me empezaron a llegar guiones que yo consideré que no se adecuaban con la línea que quería seguir. Entonces decidí abocarme al teatro, donde yo había trabajado durante diez años haciendo monólogos. Tenía memorizado un total de 45, entonces seleccioné 12 y de esos sale «Otras mujeres».


P.:
¿De qué tratan los monólogos?

A.S.J.: De todo. Arranca con una actriz sesentona y triste, que siempre ha sido secundaria y un día recibe un premio. Entonces tiene con qué vengarse de todos los que le habían hecho la vida imposible. Los personajes arrancan en comedia, son divertidos en apariencia pero tienen un trasfondo amargo y bajan al infierno de cada uno. Bajamos a su soledad, vemos el precio que se paga por cualquier pieza que uno mueve en la vida. Hay una alcohólica que tiene un marido que la maltrata pero al final pide que vuelva con ella, hay una egocéntrica que es guapísima, estupenda, que cree que todo el mundo la ama pero después descubrimos que está en la más amplia soledad.


P.:
¿Tienen algo que ver con su historia?

A.S.J. Tiene de la mía como de la humanidad.Yo tuve una buena vida, con una abuela magnífica, una madre estupenda, muy moderna, un padre también. Y una adolescencia magnífica en un instituto en Canarias, una llegada a Madrid un poco más costosa por el despegue de la familia pero con mucha fuerza para poder llegar a ser lo que hoy soy.


P.:
¿Por qué decidió traerlo a Buenos Aires?

A.S.J.: Porque es la tierra de los grandes monologuistas. He visto a Enrique Pinti o Antonio Gasalla en España y son maravillosos. Por eso además tengo cierto pudor en Argentina, porque es como ir a bailar a Rusia, que tiene su gran ballet.


Entrevista de Carolina Liponetzky

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