9 de agosto 2001 - 00:00

Ambiente festivo salvó noche de valses vieneses

Se presentan vestidos de blanco inmaculado y un levitón rojo furioso, en el proscenio arreglos florales al tono, dispuestos a reproducir el concierto que habitualmente ofrecen a los turistas que sin demasiadas pretensiones de melomanía quieren revivir una velada musical tal, como se presume, se hacían durante la época imperial.

Ya instalados en el escenario del Coliseo, que es un teatro coqueto pero no el Palacio Schönbrum, los músicos hicieron su labor sin un entorno pintoresco que disimulara falencias e irregularidades de interpretación. La obertura de «Las bodas de Fígaro» K. 492 de Mozart fue abordada con tal velocidad que los vientos no daban con el «fiato» para frasear a punto. El mismo criterio se aplicó en la Sinfonía N° 40 en Sol Menor K. 550, una de las más conocidas de la producción mozartiana, que recibió un tratamiento superficial, aunque con el «acento vienés» del Minueto, el Andante sin contenido y otra vez alta velocidad en lugar de un «fiaker» para el Allegro final.

En la segunda parte, dedicada a valses y polkas, las cosas mejoraron por la simpatía del director-animador Michael Tomaschek, tratando de dar los títulos en castellano y dirigiendo con cierto histrionismo. Los valses se sucedieron con su despreocupado espíritu, y agregaron los dos «hits» del repertorio: «Danubio azul» para terminar con el público palmeando alegremente la «Marcha a Radetzky». Fue precisamente este ambiente festivo el que salvó el concierto de esta orquesta, una de las tres que pretenden popularizar el arte musical vienés que evoca un período pretendidamente feliz de la capital austríaca.

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