12 de abril 2002 - 00:00

"Animal" estira una sola idea y, encima, remanida

«Animal» («The Animal», EE.UU., 2001, habl. en inglés). Dir.: Luke Greenfield. Int.: Rob Schneider, Collen Haskell, Michael Caton, Edward Asner, Scott Wilson.

D ebe haber más de una docena de cortos de Los Tres Chiflados en los que Curly se cree un perro. Sin embargo una premisa del mismo tipo le pareció a un guionista lo suficientemente original como para vendérsela a un estudio, que increíblemente también pensó que la idea era lo bastante novedosa como para merecer todo el trabajo de preparación de proyecto y todos los millones que últimamente no se les dan así nomás a cineastas un poco más creativos.

Rob Schneider
es un comediante divertido, pero incapaz de sostener solo una película, por lo que siempre aparece en papeles de reparto o a veces de contrapartida cómica de algún héroe de acción (lo que hizo muy bien en «El juez» de Stallone). Cuando se lo ve en el canal Sony en alguna repetición de «Saturday Night Live», su trabajo luce mejor que en su único film protagónico hasta «Animal», esa cosa inclasificable llamada «Ace Deuce Gigoló».

Limitado

Ahora esta nueva cosa llamada «Animal» trae un rango limitado de chistes aún más limitados: un hombre trasplantado con órganos de distintos animales empieza a desarrollar comportamientos bestiales, zoofilia incluida. Schneider debe haber repasado todos los cursos de Strasberg y el Método para hacerse el perro o parecer un lobo marino.

Esta versión boba de «La isla del Dr. Moreau» o del hombre lobo tiene una vuelta de tuerca mínima como para estirar un poco el argumento: el protagonista era un tímido policía incapaz de resolver por sí solo situaciones difíciles (de hecho, una llamada de urgencia es lo que lo hace volar con su auto por un precipicio, para terminar en el quirófano de un médico que realiza operaciones experimentales con mascotas).

Con su nueva personalidad, el héroe puede enfrentar mejor algunos momentos que antes le hubieran parecido demasiado complicados, pero también tiene una dificultad constante para civilizar sus incontenibles deseos animales, lo que obviamente da lugar a todas las facetas de humor escatológico imaginables.

El olfato de
Rob Schneider lo ayuda a encontrar un cargamento de narcóticos en el aeropuerto, el del lector con pretenciones de pasar algo más que un rato, quizá le dé el premio de encontrar una película mejor en el multiplex.

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