"Antes, todo logro era épico y se lo llamaba Justicialista"

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La casa de Daniel Santoro es al mismo tiempo atelier, museo, biblioteca y juguetería. El museo, nada chico, es de ciencias naturales, con aves embalsamadas, reptiles alcoholizados, crustáceos, moluscos, e invertebrados. Y como el hombre no puede con su genio, también hay una falso E.T. en un frasco. Amén de libros y revistas por doquier, decenas de muñecos de toda clase, coleccionados por su esposa, también artista plástica, maquetas de barcos y batallas medievales hechas por sus hijos, y, como si esto fuera poco, la maqueta de una ciudad entera, que ocupa toda una habitación, con trenes, sistema digital de cambio de vías, alumbrado público y aparición de la luna, etcétera. «Pero es una maqueta contranatura, porque ningún modelista pondría una villa miseria, como pusimos nosotros entre la vía y la zona residencial», se ríe Santoro, señalando de paso, en la zona cívica, un inmenso Monumento al Descamisado hecho con un muñeco Ken involuntariamente convertido en líder peronista.

«Quiero hacer cortometrajes con esta ciudad», dice el artista, tras lo cual se expande en la explicación hegeliana de un cuadro que sólo a él se le puede ocurrir: «Eva comiendo las entrañas del Che». A la charla se agregan, también con aire divertido, Marcelo Céspedes y Alejandro Fernández Mouján, respectivamente productor y director del documental «Pulqui, un instante en la patria de la felicidad», sobre una maqueta suya del famoso avión de la época peronista, cuya premiere tendrá lugar mañana en el Gaumont.

Daniel Santoro: Antes de la función haremos una caravana de tecnología justicialista: tres motos, un descapotable, el Graciela donde irán Evita y la mamá de Juanito Laguna, y una camioneta llevando nuestro Pulqui pasarán frente al cine y se estacionarán hasta que termine la película. Y en la vereda, tres grandes seguidores iluminando al público y los autos.

Marcelo Céspedes: Será algo simple, sobrio y sencillo. La idea original era que saldríamos del auto de pantalones cortos y con un juguete en la mano, pero el director se opuso.

Periodista: ¿Cómo surgió todo esto?

M.C.: Conocíamos la obra de Santoro, y queríamos filmarlo, pero no sabíamos que tenía un mundo tan vasto y complejo. Meterse en todo esto es demasiado. Hasta que una noche surgió lo del avión.

D.S.: Me gusta evocar ese tiempo donde cada logro técnico se sostenía en una épica colectiva. Hoy en Bariloche se fabrican reactores nucleares pero no hay épica. Antes, cualquier logro se asumía colectivamente. Y le ponían el nombre Justicialista. Por ejemplo, el avión de carga que los siguientes gobiernos llamaron Huanquero y Guaraní, se llamaba Justicialista del Aire. Esa noche surgió la idea de hacer un Pulqui a escala, y llevarlo a volar a la República de los Niños.

Alberto Fernández Mouján: La verdad, íbamos por la tercer botella...

M.C.: Colecciono juguetes. Y me dije «debemos hacerlo volar». Parte de la película es esa evocación. El resto, son unos pibes grandes jugando a construir un avión a escala, como cuando éramos chicos y mejorábamos los autitos con plastilina y pedacitos de fierros. Además es algo hecho «en familia»: el hijo de Santoro toca el piano, la hija de Mouján y la mía hacen de Evita y de mamá de Juanito cuando niña (aparecen como figuras simbólicas, a la manera de los cuadros de Santoro). Dentro de esta locura, Mouján aportó su sentido del equilibrio. Un gran acierto suyo, no desviarse hacia otros intereses, ubicarnos en un galpón ascético de Valentín Alsina, y darle especial protagonismo a Miguel Biancuzo, que dentro de esta película viene a ser como el Rulo de «Mundo Grúa».

P.: Pero gruñón.

F.M.:
Un día se nos enojó en serio. Porque a él no le bastaba que el avioncito volara dos metros. Pero es afectuoso, te hace saber si le caés bien. No se guarda las cosas. Y es muy seductor con la cámara, sabe cómo hablarle al público a través de su aparición en cámara, y es también como un nexo de maquinistas del Teatro Colón, con quien trabajé cerca de diez años. Fue capo del gremio, sabe de veras, hace sus propias herramientas, por ejemplo un martillo que es como una katana, copiado de los florentinos. El suyo, lo heredó de un viejo maquinista anterior. A nosotros nos hizo uno para cada uno, de recuerdo. En cine hizo dos maquetas: la locomotora de «Gatica», perfecta, y el Pulqui. Dos obras épicas. El es de «los únicos privilegiados», se educó en la escuela fábrica, la esposa era de Barrio Camponar,una maravilla, núcleo generador del peronismo.

P.: Ustedes no llegaron a ser «auténticos privilegiados».

D.S.: Somos más jóvenes. Nuestra imagen del peronismo la construimos en los '70. Pero ya no tengo aquel compromiso militante, tan dramático. Asumo ciertas verdades que quedan fijas, que son válidas, y en lo demás hay como un distanciamiento crítico. Para mí el peronismo es una cierta sensatez, que busca el equilibrio (El Viejo era siempre esa cosa del acuerdo entre las distintas partes), es un campo ideológico para vagabundear a gusto, como explico en un cuadro, es luminoso, y al mismo tiempo ocupa un lugar en las tinieblas, tiene su parte revulsiva. Nunca es del todo políticamente correcto. Eso también me fascina.

P.: ¿Cuánto tiempo llevó hacer esta película?

M.C.: Dos años, un tiempo récord comparado con «Jaime de Nevares, el último viaje», que me llevó diez años. Claro que era otra cosa, centrada en su preparación espiritual para el viaje al Cielo.

Entrevista de Paraná Sendrós

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