26 de agosto 2002 - 00:00
Antoni Muntadas sedujo a admiradores de videoarte
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Muntadas observa que «el espectador se siente aplaudido y aplaudiendo a la vez». «Los medios no sólo presentan la violencia bélica -aclara-, la violencia psíquica, económica, sexual también es aplaudida por nosotros. Tenemos cierta complicidad con los medios, nos hemos vuelto inmunes e insensibles y formamos parte de esa audiencia. Yo no me quedo afuera. La instalación puede verse como una reflexión sobre los mecanismos que construye la sociedad, sobre cómo influyen en la conducta y alteran la sensibilidad. No es una visión apocalíptica, sino una visión real del fenómeno contemporáneo, lo que hago es mostrar el resultado de mis preocupaciones y trato de compartirlas. No hay un discurso moral ni ético, es algo más complejo».
Muntadas se apropia indiscriminadamente de imágenes de ficción, los diarios o noticieros de TV. En la instalación captura la violencia en Colombia, y para los murales que hizo pintar en el MAMBA por un grupo de estudiantes de arte, utilizó una foto de Paul O'Neill y otra de los políticos que hoy están en el candelero. Así, «haciendo desaparecer los componentes del dibujo y la fotografía para crear otra cosa», rescata un soporte casi en desuso del arte para las masas que es el mural, y lo confronta con el video, arte de masas por excelencia. La atracción que en los artistas jóvenes suscita el video, la atribuye al interés de la gente por la imagen en movimiento, a que «el video es menos costoso que el cine y al fenómeno de inmediatez». «Una pequeña cámara digital es una extensión del lápiz,» concluye.
En el nuevo universo electrónico, la comercialización y financiación del arte cambió de modo rotundo. «El transporte y los seguros son los mayores costos de una exposición, pero la mía no tiene gasto», cuenta Muntadas, que trajo un tubo con las serigrafías bajo el brazo y los CD en el bolsillo. En cuanto al mercado, aclara que «lo importante es que el artista no dependa sólo de él, porque acabas haciendo obra para el mercado». «Hay una relación pero no es la tradicional -añade-. Yo trabajo con galerías y museos, espacios que llamo 'protegidos', pero también en sitios públicos, como la televisión, Internet e intervenciones urbanas, y dicto los cursos, hago talleres y mantengo actividad académica en París, San Pablo, Barcelona, Boston y Vancouver. La docencia y otros proyectos especiales me brindan seguridad económica, para no depender del mercado. Trato de tener el mínimo de contradicciones en mi vida».




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