25 de agosto 2004 - 00:00
Apasionante trama de una novela colombiana
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«Delirio» está narrada desde el registro subjetivo de varios personajes y esto hace que la trama adquiera un color y una vitalidad que supera el mero relato testimonial, ya que la novela adopta estrategias que son propias del género policial y del thriller psicológico. Se inicia con su protagonista en pleno brote psicótico. Se trata de Agustina, una hermosa joven de la aristocracia -marginada por su familia-a la que su marido (un profesor de letras que se gana la vida vendiendo alimento para perros) ha dejado sola por unos días para tomarse unas pequeñas vacaciones con sus dos hijos, producto de su primer matrimonio. De regreso, Aguilar encuentra a su mujer en un hotel, completamente desquiciada y sin poder dar testimonio de lo ocurrido en el escaso lapso de tres días. A partir de ahí la trama va entrelazando distintas experiencias y puntos de vista que irán dando cuenta del entorno familiar de Agustina (principal origen de todos sus transtornos) y de los avatares de la sociedad colombiana, donde la violencia urbana convive con otras fuerzas quizás más grosas, como la mentira, la doble moral y la represión sexual. Aunque su desenlace resulta demasiado rosa -incluida la aparente sanación de su protagonista-la novela no tiene fisuras y se lee con sostenido interés. En ella hay una frase clave («Un secreto no es lo que no se sabe sino lo que no se reconoce que se sabe») que sintetiza el alto nivel de negación al que puede llegar un grupo humano por no enfrentar la caída de ciertos ideales. A diferencia de otras novelas colombianas de los últimos años (en especial «La virgen de los sicarios» de Fernando Vallejo) aquí la violencia aparece de manera más indirecta y asordinada en el pintoresco -pero no menos tenebroso relato-de Midas McAlister, un ex amante de Agustina, de clase media baja, quien en su afán de codearse con la aristocracia termina lavando narcodólares para Pablo Escobar. Su relato revela los costados más siniestros del Cartel de Medellín y de la satánica figura de este capo mafia (al que se le atribuye la frase: «voy a invertir mi fortuna en hacer llorar a este país»). Según McAlister, muchos colombianos le vendieron su alma para conservar su riqueza, pero siguieron marginándolo de sus clubes privados. Datos como éste aparecen expuestos con toda la gracia de la jerga colombiana y alimentan una apasionante trama.
Patricia Espinosa




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