24 de enero 2001 - 00:00

Atrae Aira con su retrato del pintor Rugendas

Atrae Aira con su retrato del pintor Rugendas
César Aira, «Un episodio en la vida del pintor viajero» (Bs. As., Beatriz Viterbo Editora, 2000, 91 págs.)

Ubicado a medio camino entre el relato biográfico y la ficción, este fugaz pero exquisito retrato del pintor Johan Moritz Rugendas, en su primer travesía por la Argentina (1837), testimonia la eterna e insaciable lucha de todo artista por captar la naturaleza en su complejidad e indescifrable orden.

Esta obsesión de aprehender el mundo como totalidad y de conceptualizarlo sin caer en las trampas emotivas de la experiencia romántica, encuentra en Rugendas a un magnífico exponente.

El era un experto en «la presentación pictórica de la fisionomía de la naturaleza», tal como lo definió el naturalista Alexander Von Humboldt, su amigo y admirador; pero es precisamente su destreza la que ayuda a poner aún más de manifiesto el fracaso al que está condenado todo artista que pretenda capturar la naturaleza, aun limitándose a sus rasgos visibles.

Aira
no se engaña frente a esta dificultad y advierte que toda presunción de interpretar el mundo siempre nos ubica frente a un otro inaccesible, a cuyo pensamiento sólo es posible acercarse por «una larga serie de inferencias». Estas inferencias son las que dan sentido al viaje de Rugendas y lo desprenden de la crónica de época sumergiéndolo en profundas reflexiones de orden científico, estético, espiritual y filosófico.

Aira
describe la travesía de Rugendas por la Cordillera y su paso por San Luis tras las grandes carretas con una minuciosidad y elocuencia dignas de un pintor naturalista.

Pero su seriedad es impostada. En las primeras páginas domina una prosa austera, de tono casi doctoral y salpicada de arcaísmos, pero enseguida van surgiendo muy sutilmente apuntes llenos de ironía e imágenes de avasallante delirio. Aira es capaz de dar testimonio de una vida, una época y una obsesión en menos de cien páginas. En medio del desolado paisaje puntano un rayo cae sobre Rugendas y su cabalgadura y, aunque ambos sobreviven, el episodio, además de desfigurarle el rostro, deja marcas muy profundas en el pintor.

Más tarde, los efectos del opio y la morfina, que utiliza para aliviar sus tremendos dolores, ayudarán también a liberarlo de sus antiguas trabas. Su necesidad de consustanciarse con su objeto de estudio lo lleva a instalarse en medio de la india-da y con esa imagen casi dantesca concluye «Un episodio en la vida del pintor viajero», que pese a su «envoltorio» ensayístico es una subyugante travesía por la ruta de un artista que buscaba lo absoluto.

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