César Aira, «Un episodio en la vida del pintor viajero» (Bs. As., Beatriz Viterbo Editora, 2000, 91 págs.)
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Ubicado a medio camino entre el relato biográfico y la ficción, este fugaz pero exquisito retrato del pintor Johan Moritz Rugendas, en su primer travesía por la Argentina (1837), testimonia la eterna e insaciable lucha de todo artista por captar la naturaleza en su complejidad e indescifrable orden.
Esta obsesión de aprehender el mundo como totalidad y de conceptualizarlo sin caer en las trampas emotivas de la experiencia romántica, encuentra en Rugendas a un magnífico exponente.
El era un experto en «la presentación pictórica de la fisionomía de la naturaleza», tal como lo definió el naturalista Alexander Von Humboldt, su amigo y admirador; pero es precisamente su destreza la que ayuda a poner aún más de manifiesto el fracaso al que está condenado todo artista que pretenda capturar la naturaleza, aun limitándose a sus rasgos visibles. Aira no se engaña frente a esta dificultad y advierte que toda presunción de interpretar el mundo siempre nos ubica frente a un otro inaccesible, a cuyo pensamiento sólo es posible acercarse por «una larga serie de inferencias». Estas inferencias son las que dan sentido al viaje de Rugendas y lo desprenden de la crónica de época sumergiéndolo en profundas reflexiones de orden científico, estético, espiritual y filosófico. Aira describe la travesía de Rugendas por la Cordillera y su paso por San Luis tras las grandes carretas con una minuciosidad y elocuencia dignas de un pintor naturalista.
Pero su seriedad es impostada. En las primeras páginas domina una prosa austera, de tono casi doctoral y salpicada de arcaísmos, pero enseguida van surgiendo muy sutilmente apuntes llenos de ironía e imágenes de avasallante delirio. Aira es capaz de dar testimonio de una vida, una época y una obsesión en menos de cien páginas. En medio del desolado paisaje puntano un rayo cae sobre Rugendas y su cabalgadura y, aunque ambos sobreviven, el episodio, además de desfigurarle el rostro, deja marcas muy profundas en el pintor.
Más tarde, los efectos del opio y la morfina, que utiliza para aliviar sus tremendos dolores, ayudarán también a liberarlo de sus antiguas trabas. Su necesidad de consustanciarse con su objeto de estudio lo lleva a instalarse en medio de la india-da y con esa imagen casi dantesca concluye «Un episodio en la vida del pintor viajero», que pese a su «envoltorio» ensayístico es una subyugante travesía por la ruta de un artista que buscaba lo absoluto.
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