21 de febrero 2007 - 00:00

Aunque estirada, es buena novela

«El viento de la luna» de Antonio Muñoz Molina. Seix Barral. Barcelona, España, 2006. 315 págs.

En el verano de 1969 un chico de pueblo sigue muy atento los avatares de la expedición Apolo XI, absolutamente identificado con la aventura «futurista» de estos tres astronautas. El incidente se convierte en metáfora en cuanto se acomoda a la creciente necesidad de autonomía de un adolescente solitario que se aleja del primitivismo rural de sus padres y de sus abuelos, y que también comienza a rechazar la rigidez de esa España oscurantista, clerical y desconectada del resto del mundo, por el franquismo.

Lo irónico del título persisteen muchas de las anécdotas, seguramente autobiográficas, que el autor reelabora aquí con gran nivel de detalle. Su alter ego -a todas luces, fascinado por el racionalismo cientificista y las novelas de Julio Verne-vive con culpa sus prácticas masturbatorias y se desalienta ante la fealdad de su cuerpo, en plena revolución hormonal.

Es el fin de la inocencia por partida doble. Lo es para una sociedad que sólo puede mirar con desconfianza los avances tecnológicos y lo es también para este adolescente que ha dejado de creer en las verdades de sus mayores.

Con esta novela de iniciación Antonio Muñoz Molina vuelve a Mágina, la imaginaria localidad andaluza que inventó en «Beatus Ille» (1986) con el fin de adaptar a su Ubeda natal a las exigencias de la literatura. Su mayor acierto reside en la pintura de personajes y en los distintos arquetipos que éstos encarnan. La tía Lola, amor imposible del protagonista y gran reivindicadora del placer y la alegría en una época de mucho sacrificio y duro trabajo; su marido Carlos, dueño de un negocio de electrodomésticos y « peligroso» difusor del desarrollo tecnológico y por último Baltasar, el rico del pueblo, último sobreviviente de una época casi feudal, que ahora agoniza junto con ella.

El autor de «El jinete polaco» (Premio Planeta, 1991) se luce en la evocación de las comidas familiares, los chismes de pueblo, las heridas de la guerra civil, los estrambóticos comentarios y fantasías que suscitó la carrera espacial. La desesperación del chico por hacerle entender a los adultos cómo funciona el sistema solar y en qué consiste el alunizaje -cuando todos creen que se trata de un falso montaje propagandísticodespierta, hoy a la distancia, cierta ternura y melancolía.

En cambio, las descripciones técnicas acerca de la misión Apolo resultan morosas y reiterativas, al igual que ciertos recuerdos estudiantiles con sabor a déjà vu.

Menos costumbrista de lo que parece, el libro ganaría con algunos cortes. Cabe suponer que una mayor síntesis de los hechos narrados acrecentaría su dimensión metafórica.

Patricia Espinosa

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