31 de agosto 2001 - 00:00
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Goran Bregovic.
P.: Algunos críticos ponen mucho énfasis en su trayectoria, de artista de rock a músico sinfónico sin olvidar los elementos gitanos en su arte. ¿Cómo se ha dado internamente en usted ese camino?
G.B.: Siempre estuve influido por la tradición musical de mi país. Y ya a los 15 años la tocaba como músico profesional. El éxito de mi grupo de rock fue tan grande precisamente porque mi música estuvo siempre inspirada por las tradiciones y, por supuesto, por la presencia de los gitanos. O sea que he estado haciendo lo mismo a lo largo de toda mi vida. Sólo que cuando era joven creía que mi música tenía que vestirse con un ropaje occidental que por entonces impresionaba a los jóvenes de los países comunistas de Europa oriental. Resumiendo, siempre he tocado la misma música, sólo que ahora uso mis ropas de todos los días.
P.: ¿Qué recuerdos conserva de sus tiempos de artista juvenil pop?
G.B.: La respuesta es la misma que seguramente podría dar cualquier músico de rock exitoso: muchas drogas, mucho sexo, muchos kilómetros recorridos para ganar poco dinero. En Occidente puede resultar extraño imaginar que los países comunistas tenían estrellas de rock, pero efectivamente era así. El arte y los artistas siempre han sido muy importantes en esos países y son los únicos que tenían la posibilidad de introducir un sistema de valores diferente del oficial; sin ir a la cárcel, por supuesto.
P.: ¿Le parece adecuada la denominación de «world music» que utilizan en los Estados Unidos para calificar a todas aquellas músicas que no encuadran en los cánones comerciales más conocidos?
G.B.: Considero que nací en una buena época, porque por primera vez en la historia las culturas más débiles tienen tanta influencia en las más poderosas. La herencia musical de los Balcanes, por ejemplo, es mínima comparada con la gran tradición anglosajona; sin embargo, está dejando su huella. El único poder con el que contamos -ya que no tenemos el poder de las culturas y músicas centrales-es el de la curiosidad humana. De modo que no me importa mucho si la llaman «world music» o «wild music» -música salvaje-; lo que importa es que existe esa curiosidad y que puede ser satisfecha en el mundo de hoy.
P.: ¿Qué música o qué músicos lo atraen especialmente por estos tiempos?
G.B.: Mis gustos van de Arvo Pärt a Nusrat Fateh Ali Kahn, y me parece que los gustos de mi audiencia van por lugares parecidos.
P.: ¿Cómo conoció a Emir Kusturica y cómo llegó a trabajar con él?
G.B.: Sarajevo, el lugar donde ambos vivimos, es una ciudad pequeña y todos nos conocemos. A fines de los '80 comencé a trabajar con Kusturica en «Tiempo de gitanos» un poco de casualidad. Luego, cuando estalló la guerra, Emir y yo estábamos en París, de modo que seguimos porque no podíamos hacer otra cosa para sobrevivir.
P.: Para Occidente, Sarajevo es como un símbolo de la guerra en el siglo XX. ¿Cómo fue su infancia en ese lugar?
G.B.: Yo vengo de un contexto militar. Mi padre y mi abuelo fueron coroneles. Mi padre es croata y mi madre serbia. Y como muchas familias de militares cambié muchas veces de residencia. En un momento, mi padre se instaló en Sarajevo y allí me crié en los pacíficos tiempos de Tito, cuando podían convivir en armonía todas las religiones.
P.: ¿Siempre pensó que se dedicaría a la música? ¿Qué lo llevó a estudiar también sociología y filosofía?
G.B.: Además de militar, mi padre era violinista aficionado y quería que yo también lo fuera. Pasé por el conservatorio, pero no pude darle ese gusto porque a los 15 años empecé a tocar música popular ya como profesional. A los 18 armé mi banda de rock and roll y me fui a tocar a complejos de veraneo en Italia. Cuando uno es joven piensa que estudiar filosofía le dará respuestas a aquellas preguntas fundamentales que uno se hace. Después, uno comienza a estudiar y termina con muchas más preguntas que antes.
Así que entre los 20 y los 24 estudié filosofía y sociología. Pero, en el último minuto, cuando estaba a punto de convertirme en un profesor de pensamiento marxista --el único camino posible en tiempos de comunismo-mi disco «The White Button» -que se editó con el mismo nombre de la banda-explotó en la gente y me transformé en la mayor estrella de rock and roll de mi país. Así me salvé de esa triste carrera de profesor.
P.: ¿Qué conoce de la Argentina?
G.B.: Nunca estuve allí. Mi relación más cercana con su país es con los clubes de tango de París o Nueva York, que por otra parte son mis lugares favoritos. Así que estoy muy impaciente por tocar algunos de mis tangos para los argentinos.




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