Daniel Pennac, «Los señores niños». (Bs. As., Grupo Editorial Norma, 2000, 212 págs.)
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¿Qué sucedería si de pronto un chico de doce años alcanzara la edad de su padre y éste la de su hijo? Sobre esta idea, el exitoso autor francés Daniel Pennac («La felicidad de los ogros», «El hada carabina», «Señor Malaussène») ha construido una simpática historia de enredos en la que los niños inducen a los adultos a recuperar la capacidad de vivir sin prejuicios ni culpas.
Por más que los adultos se esfuercen en actuar seriamente, afirma Pennac, nunca les será fácil «amputar» al niño que llevan dentro. Por el contrario, la clave para una vida plena consiste en recuperar la espontaneidad, el humor y ese talento para disfrutar el presente tan propio de la infancia.
Igor, Joseph y Nourdine son tres amigos y compañeros de escuela que odian a su profesor de lengua, el abominable Monsieur Crastaing, y que se resisten a cumplir con sus tediosas penitencias. La última consiste en escribir una historia encarnada por ellos en la cual invierten roles con sus padres. Inesperadamente, la fantasía se vuelve realidad y tras el susto inicial el trío de amigos se pone en campaña para solucionarles la vida a los adultos que los rodean, incluido el profesor Crastaing.
La historia recuerda en cierta medida el guión de «Quisiera ser grande» (aquella película en la que Tom Hanks se convertía en un niño de doce años). De hecho ya fue llevada al cine por el director Pierre Boutron con un discreto elenco de actores franceses. «Los señores niños» incluye varios episodios fantásticos, como por ejemplo los encuentros en el cementerio entre Igor y su padre, muerto de sida por una imprudente transfusión.
Vestido de pijama y haciendo gala de un filoso sentido del humor este padre-fantasma ocupa por momentos el lugar del narrador. El resto de los personajes son pasionales, mal hablados y además, en el caso de los adultos, disfrutan del sexo sin complejos. Pennac no sólo busca integrar al adulto con el niño que fue; también aboga por un integracionismo de fuerte base social, como lo demuestra el lugar que ocupa en la novela la familia Kader (inmigrantes árabes de segunda generación).
Es indudable que su complicidad con niños y jóvenes no es sólo parte de su experiencia docente. Como escritor, también son sus principales referentes, aun cuando incluya al lector adulto, como sucede en este caso. La prosa llana y directa de Daniel Pennac, con su toque de deliberado infantilismo, no cede nunca en la defensa de grandes ideales. «La imaginación no es la mentira», repite uno de sus personajes, y la premisa parece compartir el mismo e inolvidable perfume de aquel mayo francés del '68.
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