Staatskapelle Berlin. Dir.: D. Barenboim. Obras de A. Schoenberg y A. Bruckner. (Teatro Coliseo y Luna Park).
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Daniel Barenboim es una de las figuras más trascendentes de la música actual, no sólo por sus triunfos internacionales como director de orquesta y pianista, sino también por sus esfuerzos por la paz. Como es conocido, en 1999, Barenboim creó junto al escritor palestino Edward Said la West-Eastern Divan Orchestra, una agrupación que reúne a jóvenes músicos israelíes y palestinos para interpretar el gran repertorio internacional. Entre otras múltiples actividades, el músico argentino-israelí dirigió algunas de las más importantes orquestas del mundo, entre ellas la Staatskapelle Berlín, con la que ahora volvió a Buenos Aires. El Mozarteum Argentino fue el artífice, una vez más, de esta visita excepcional del director argentino-israelí, que además de sus conciertos programados por esa institución, brindó anoche otro en un colmado Luna Park, en el marco de los homenajes por el centenario del Teatro Colón con el auspicio del Gobierno de la Ciudad (a 400 pesos la platea, pero transmitido en vivo por « Canal 7»). Allí, se oyeron obras de Richard Wagner ( Obertura de «Los Maestros Cantores de Nurenberg» y el Preludio y Muerte de Amor de «Tristán e Isolda») y Mahler (Sinfonía N° 5). Estas presentaciones, que culminarán hoy con otro concierto en el Coliseo, quedarán, sin dudas, entre lo mejor de esta alicaída temporada clásica.
Dos de las tres últimas sinfonías de Anton Bruckner centralizaron los programas de Barenboim y la Staatskapelle en el teatro Coliseo. En el primero, las «Cinco Piezas para Orquesta», Op. 16, de Arnold Schoenberg se unieron a la Séptima Sinfonía de Bruckner (Mi Mayor) y en el segundo se oyó solo la Sinfonía N° 8, en Do menor, también del compositor austríaco. La extrema complejidad del material sinfónico de Bruckner resultó allanada con claridad cristalina por Barenboim y sus músicos.
La altura técnica de los instrumentistas y su disciplinada sumisión a la concepción del director generó un verdadero estado de éxtasis para el oyente. La turbulencia de pensamiento del autor de las dos sinfonías interpretadas expone un trabajo en capas de muchos y pequeños elementos.
Cuando al comenzar el primer concierto se oyó la obra de Schoenberg, quien había adoptado el atonalismo como procedimiento creativo, se entendió que ésa era la música del futuro, la estética que primaría luego del postromanticismo de Bruckner, que esa noche vendría después. Esa ceremonia de interacción entre el pasado y el presente de la música es ya una marca registrada del gran artista que es Daniel Barenboim.
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