Orquesta Sinfónica de Chicago, director: DanielBarenboim. Mozart: Concierto para piano y orquesta K. 503; Bruckner: SinfoníaNº 4 «Romántica» (10/10).
Debussy: «Preludio a la siesta de un fauno» y «El mar»;de Falla: «El sombrero de tres picos» (11/ 10, Teatro Colón, organiza:Mozarteum Argentino).
P or segunda vez en el año disfrutó el públicodel arte de Daniel Barenboim, ahora en su carácter de director de laOrquesta Sinfónica de Chicago, organismo que por su ductilidad le calza como unguante y con el que mantiene un largo romance. Tampoco nos privó Barenboim deescucharlo como maravilloso pianista, sin abandonar su papel de director.
Fue en el Concierto de Mozart dondeexhibió su touche cristalino, elegancia de estilo vienés e indiscutiblecoherencia entre el lenguaje orquestal y el pianístico; Barenboim interpretóvarias veces en su vida la «integral» de los 27 conciertos de Mozart, yla elección debe haber sido difícil; sí fue acertada porque impresionó, ya quees la primera vez que se lo escucha aquí en esa doble función.
Nadie puede decir en qué es «especialista», ni quérepertorio le queda mejor: a lo largo de su carrera abarcó una gama tan amplia,que incluye a Wagner y Stravinsky, que da para nominarlo un«músico absoluto». Como prueba de esta afirmación ahí esta el repertorioelegido para estos tres conciertos.
Cuando se evaporaban los efluvios del Mozart delicadoy un íntimo «Impromptu» de Schubert, sobrevino la sonoridadgigantesca y densa de la Sinfonía Romántica de Bruckner, y lanoche siguiente el contraste de sombras y colores tenues, los matices desingular conformación con los cuales Debussy logra una renovación de lamúsica francesa en pleno movimiento impresionista.
En «El mar» se puso de relieve la madurezconceptual y una técnica insuperable, con una riqueza tímbrica y transparenciasque llegan a las fronteras de la perfección. Olés, palmas y castañuelasiniciaron la fiesta andaluza con «El sombrero de tres picos» de Manuelde Falla completa, aún con su discontinuidad rítmica y secuencial, pero conuna riqueza orquestal hipnótica.
La mezzo argentina Alejandra Malvino seconsagró en su breve participación. La interminable ovación fue paralela a lagenerosidad de Barenboim: cuatro números de «Carmen» de Bizet,y luego reivindicó su condición de argentino y tanguero haciendo tocar a todala sección de vientos la popular milonga «El firulete» de Mores enarreglo de José Carli; cerró la velada con una dinámica versión de «Russlany Ludmila» de Mikhail Glinka, y la gente abandonaba la sala coninocultable felicidad.



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