La Zaranda se propone «preservar lo esencial, desechando lo inservible», porque como Maeterlinck, creen que ha llegado el tiempo en el que «cada uno deberá abrir la tumba de su propia vida, para despertar a los demás» como él lo ha hecho.
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La protagonista de «La puerta estrecha» se asoma a su muerte, sólo para resucitar luego, atraída por la luz que le llega desde arriba, sostenida por un poeta ciego. «Los que sueñan no mueren», asevera el poeta.
La mujer enterrada es encerrada en un ataúd por los seres que aguardan debajo de la tierra. Voraces y siniestros como gusanos, los tres guardianes de la oscuridad (Las Parcas) creen haber triunfado. La amortajan y celebran su triunfo. Un triunfo efímero. La música crece, y ella vuelve a emprender su camino, movida por la pura fe y los sueños empecinados. Guiada como siempre por el ciego.
Con pocos elementos, una escalera, puertas que se abren y se cierran, un farol que oscila en el espacio y la punzante música que recuerda a la de las procesiones de Semana Santa, Paco de la Zaranda, ayudado por el sabio diseño lumínico de Eusebio Calonge (autor, además, del texto), crea una atmósfera pesadillesca y ominosa que estalla luego en un canto triunfal.
Una comicidad horrenda se desprende de los sepultureros, que se valen de todos los medios para seducir a la mujer que parte desde su origen llevando un pequeño equipaje de sueños encerrados en una vieja valija.
La puesta exige a los actores (Carmen Sampala, Gaspar Campusano, Francisco Sánchez, Enrique Bustos y Fernando Hernández) un dominio corporal extremo, ya que, por momentos, los obliga a enfrentar situaciones de riesgo. Como la de mantenerse en lo alto de una escalera con los ojos tapados y bajar a tientas los angostos peldaños.
El espectáculo es la democracia cabal de que el talento no necesita el apoyo de una gran maquinaria. Basta la belleza, y lo que sucede en el escenario se asemeja a la hermosura terrible de los cuadros de Gutiérrez Solana.
Un público fervoroso llenó el teatro la noche del estreno, ya que La Zaranda cuenta con entusiastas admiradores y, cada vez que llega al país, todos obedecen a la consigna.
Menos conmovedora que la última producción apreciada en su visita anterior, «La puerta estrecha» es una propuesta provocativa. Teatro de vanguardia, no porque el grupo se proponga «innovar», sino porque lo que tienen que decir necesita un lenguaje propio.
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