7 de abril 2005 - 00:00

Bordados, como en pintura flamenca

Lola Naymark y Ariane Ascaride en «La trama de la vida»de Eléonore Faucher.
Lola Naymark y Ariane Ascaride en «La trama de la vida» de Eléonore Faucher.
«La trama de la vida» («Brodeuses», Francia, 2004, habl. en francés). Dir.: E. Faucher. Guión: G. Macé, E. Faucher. Int.: L. Naymark, A. Ascaride, J. Berroyer, T. Laroppe, M. Félix, A. Canovas y otros.

Las primeras sensaciones ante este film pueden ser de distancia. ¿Las bordadoras en especial, y las personas de ese pueblo en general, son tan absortas las veinticuatro horas, y tan poco expresivas como las vemos en pantalla? Parece que sí. La acción se desarrolla en algún pueblito por zonas de Lyon o de Angouleme, donde la gente es bastante reservada. Hasta que de a poco se va rompiendo el hielo, como suele ocurrir en cualquier otra parte.

Pero al principio cuesta ver que incluso Ariane Ascaride, tan efusiva en las películas marsellesas de su marido Robert Guédiguian (por ejemplo, la tan agradable «Marius y Jeannette»), aquí luce bastante reservada, y eso que su personaje es el más vivo y desestructurado del lote. Se entiende: esto no es la Provenza, el sol es otro, su personaje ha sufrido un gran dolor, y la gente es menos cálida. Y justo entre esa gente, una chica queda embarazada.

La historia es ésa, la simple historia de una chica (bien representada por Lola Naymark) en sus primeros meses de embarazo, cuando todavía no se anima a decírselo a nadie, todavía puede decir que está gordita por culpa de unos remedios, y, en el fondo, lo más importante, todavía no sabe si lo quiere tener o no. Pero son también los primeros meses de trabajo como aprendiz en un taller de bordado fino, con una patrona y en condiciones muy diferentes a las que sufrió hasta hace poco, cuando trabajaba en el supermercado del pueblo.

Un tallercito apacible, al que entra una luz que recuerda la de los pintores flamencos, y donde dos personas, sólo dos, hacen unos trabajos preciosos, delicadísimos, por directo encargo de unos grandes modistos de Paris. Y hacer eso, es como estar en un mundo propio, y como ver crecer, despacito, la obra creada por una misma, y mandarla después a que salga a recorrer el mundo. Una obra que requiere cuidado extremo, habilidades que recién se van adquiriendo, y que su creadora disfruta plenamente sólo en ese apurado lapso de gestación. Nada de esto se explicita verbalmente. Todo se va apreciando de a poco, como la trama de un vestido, en los gestos que a veces pueden parecer antojadizos, en los momentos de concentración o de contemplación, con muy pocos diálogos, más bien envueltos en el silencio, o con unos breves acordes de una música a veces regional, a veces clásica. Hay un hermoso colorido en los lugares donde la criatura se siente bien, por ejemplo en una salida al campo antes de la lluvia. Y hay también, pero sin exageraciones, algo descolorido, como sobreexpuesto y gastado, en la visión de algunas paredes del pueblo, y de la iglesia, y en algunos rostros que se cruzan en su vida.

Con esos solos elementos, la película alcanza a veces un clima especial, casi tan refinado como el oficio al que se alude.

Y alcanza también, hacia el final, la luminosidad interior de una feliz decisión de vida.
Eléonore Faucher se llama la directora, que está en el oficio desde hace años, y recién ahora hace ésta, su primera película. Dicho sea de paso, premio a la mejor directora de la sección La Mujer y el Cine del reciente festival marplatense.

P.S.

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