Porto Alegre-La Bienal del Mercosur, que se inauguró hace unos días y permanecerá abierta hasta el 7 de diciembre, abrió su cuarta edición con artistas de los países pertenecientes al bloque, y con invitados espedondeciales de Latinoamérica, EE.UU. y Alemania que trabajaron en la región. «Arqueologías contemporáneas», título de la megamuestra curada por Nelson Aguilar, se abre con una exhibición de arte precolombino que recupera el vínculo del origen, y cuestiona en su extenso recorrido por la vanguardia y las expresiones contemporáneas, la cultura uniforme y planetaria que impera en la actualidad.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Como se sabe, el arte ocupa un espacio estratégico en Brasil, que con una inversión de 8 millones de reales, exhibe su Bienal en sitios emblemáticos de la ciudad. En medio de un parque asoma la jungla, el eclecticismo edilicio de los palacios Santander Cultural, Memorial y Museo de Arte de Río Grande do Sul, forman una isla de museos que alberga el núcleo histórico.
Las muestras del rosarino Antonio Berni, el francés Pierre Verger (que presenta fotos de Bolivia), el chileno Matta, el paraguayo Livio Abramo, la uruguaya María Freire y el mexicano José Clemente Orozco exhiben el interesante rumbo de la vanguardia. Pero las obras de Orozco, más allá de la excelencia del montaje, y si bien se trata de pequeños dibujos más que pinturas monumentales, permiten descubrir a un artista diferente, que se aleja de la retóricamuralista para criticar la aglutinación ideológica de las masas que exaltaban sus pares Siqueiros y Rivera.
La muestra contemporánea «El delirio del Chimborazo», curada por el alemán Alfons Hug, atraviesa los núcleos históricos y se extiende por los pabellones que exhiben las expresiones más actuales, brindando así unidad al conjunto. Basada en la célebre «Carta de Jamaica» de Simón Bolívar, la propuesta indaga la posibilidad de unión de los pueblos latinoamericanos en la actualidad. En este caso, a través de la visión rayana en la utopía del curador, que aspira a crear nuevas estrategias de unión, entre ellas, una nueva carta con «un mensaje no sólo de unión política, sino de emancipación a través de la estética».
Como un Fitzcarraldo, Hug vuelve a recorrer la senda de Bolívar en busca del «atalaya del universo», cuando en su « delirio febril» deja atrás las huellas de Humboldt. Con esta inspiración presenta artistas que con mayores y menores aciertos se acercan a su ambicioso proyecto. El fotógrafo alemán Michel Wesely, con cámaras oscuras de fabricación propia que le permiten mantener abierta la lente durantelargo tiempo, atrapa la imagen del Orinoco y muestra bellos paisajes fantasmales donde el tiempo se desmaterializa.
El grupo cubano Los Carpinteros levanta una disciplinada urbe de madera que coincide con el concepto del curador; al igual que las bolsas y graffitti del brasileño Artur Barrio, asentados en la memoria del enclave portuario donde está emplazada su instalación.
Pero el trabajo de la estadounidense Rachel Berwick, pareciera responder realmente al «delirio» bolivariano, a ese estado de alucinación que oscurece la razón. Con financiación de una universidad de EE.UU., Berwick recrea una historia azarosa. Humboldt cuenta en sus textos que descubrió el idioma de una tribu extinguida a través de unos papagayos que mantienen la lengua. La joven artista con los documentos en su mano se instaló en Brasil, compró dos papagayos de nueva generación en un mercado, y contrató una empleada alemana que luego de aprender las 50 palabras del idioma tribal, les enseñó a «hablar» a los pájaros. El arribo plagado de vicisitudes de los papagayos a la Bienal ( portadores del «patrimonio intangible» que podrían olvidaran sus «conocimientos» lingüísticos si los sedaban para trasladarlos en avión), instaló como tema de conversación el viejo debate sobre cuál es el límite de lo que se considera «obra de arte».
En este sentido, también suscitó controversias la gran trompa de Falopio del ingeniero Ary Pérez, quien pidió pruebas de ADN a los artistas y curadores de la bienal para analizar sus orígenes ancestrales y adjudicarles una categoría.
En la muestra predominan sin embargo obras que respetan el criterio de calidad, acaso, como dijo un crítico sin reparos, « porque no están convocados los curadores 'estrella' que van en busca de efectos ' sorpendentes'». En los pabellones nacionales se destacan las propuestas contemporáneas de México, Uruguay y Argentina, mientras Brasil seduce con la sensualidad de obras destinadas a exaltar los sentidos.
A poco más de una hora de vuelo de Buenos Aires, Porto Alegre brinda la posibilidad de recorrer parte de la historia y la producción actual de Latinoamérica, y se instala como interesante contrapunto a la Bienal de San Pablo, la gran vidriera de Brasil, abierta al arte internacional.
Dejá tu comentario