7 de enero 2026 - 15:58

Brigitte Bardot, frenética y adelantada: una vida de contradicciones que quedarán en el recuerdo

La actriz fue enterrada en Francia, en un pueblo de cara al mar. Del poco instinto maternal a su mecenazgo a un orfanato; de la protección animal a la condena a los gays. Los claroscuros de una leyenda del cine que se anticipó a su época.

Brigitte Bardot, una leyenda con una vida intensa, cargada de polémicas.

Brigitte Bardot, una leyenda con una vida intensa, cargada de polémicas.

Ella quería ser enterrada en su finca, La Madrague, que también tiene vista al mar, pero el camino hasta allí es angosto, los autos cargados de turistas ansiosos de una selfie junto a la tumba provocarían accidentes, así que debió resignarse. Igual dejó su marca: en vez de un ataúd de madera lustrada y lujosa la llevarían en un cajón de mimbre pintado de blanco y cubierto de flores silvestres, y así se hizo.

En la puerta de la iglesia la recibió su hijo, que vive en Oslo. Desde allá viajó con sus hijas y nietas, que la actriz no supo disfrutar. Ya se sabe, nunca tuvieron una buena relación y recién hace unos cinco años empezaron a hablarse con mediano afecto. “No tengo instinto maternal, soy demasiado inestable para criar un niño”, había dicho cuando él era apenas un bebé. Lo crio el padre, Jacques Charrier, que murió antes, en setiembre. Curiosamente, pocos años después esa misma mujer sin instinto maternal, voluntariamente y sin que nadie se lo pidiera, se hizo cargo de mantener el orfanato de Josephine Baker, que ni siquiera era su amiga. Entre ella y Grace Kelly, princesa de Mónaco, pagaron las deudas y reencauzaron el asilo.

Inestable, inasible para muchos, no tanto para otros, Bardot fue en sus comienzos un elegante y sensual torbellino, una “ninfa lasciva”, como dijo Simone de Beauvoir a modo de elogio. Anticipó la revolución sexual, la liberación femenina, tuvo tres maridos que le duraron poco y amantes que duraban todavía menos (entre ellos el polista argentino Charlie Mariategui, que, como buen caballero, mantuvo perfil bajo). De a poco se fue hartando de esa vida. Y empezó a tallar la otra.

Hoy, con un cuarto marido que le ha durado más de 30 años, se la reconoce por sus campañas en defensa de los animales, contra el sufrimiento de focas que son apaleadas y desolladas cuando todavía agonizan, y vacas y ovejas degolladas sin darles antes un mazazo a modo de anestesia (así pautan los reglamentos municipales, pero ciertas religiones mantienen la cruel costumbre), también campañas contra la caza de zorros y ballenas, y el maltrato de gansos y patos solo para lograr un exquisito foie gras (hasta enferma siguió peleando para evitar que el foie gras sea declarado orgullo culinario nacional).

En las 46 hectáreas de su Fundación, que nació con la subasta de sus joyas, asnos apaleados, perros abandonados y otros bichos sin suerte tienen al menos una vejez tranquila. La Fundación Bardot seguirá, con sus 300 empleados, y también seguirán deleitando sus películas, sobre todo las primeras. Y las estatuas que le dedicaron en Buzios y Saint-Tropez por su apoyo a esos lugares, que hoy son grandes centros turísticos en gran parte gracias a ella.

Pero lo otro también queda. Lo otro, es esa tan criticada falta de instinto maternal, y el malhumor que le fue creciendo con la edad, cada vez que veía una Francia distinta a la de aquellos tiempos del general De Gaulle. Contraria a “lo políticamente correcto”, no tenía pelos en la lengua para criticar las marchas del Orgullo Gay (“disfrazados como fenómenos de feria”), el movimiento del #Me.too (“hipócritas que calientan a los productores y después se hacen las víctimas”) o el aumento del islamismo dentro de Francia (“cada vez hay más mezquitas mientras las campanas de las iglesias dejan de sonar por falta de sacerdotes”).

Le cobraron multas y la condenaron por decir esto, y por publicarlo en sus memorias y sus descargas, que lamentablemente apenas se encuentran en castellano. En el oficio religioso de esta mañana, el cura prefirió recordar el Evangelio de San Mateo y el franciscano amor a los animales, y evocando la juventud de ella hasta canturreó aquel samba popularísimo en los carnavales de Rio de Janeiro 1960: “Brigitte Bardot, Bardot./ Brigitte beijou, beijou./ Lá no cinema tudo mundo se esgotou”. Bueno, esta última línea no llegó a decirla. La canción se fue apagando, los escándalos de otros tiempos ya se apagaron, el recuerdo quedará un tiempo más, quién sabe si mucho tiempo más.

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