“Familia en renta” es una ficción sobre el fingimiento. Ambas expresiones, hoy separadas por un matiz moral, se originan en el mismo verbo latino: fingere, que significa “dar forma”, “modelar”. Y esto no es un mero juego de palabras. Esta coproducción entre Japón y los EE.UU., dirigida por la realizadora Hikari y protagonizada por Brendan Fraser, aborda un tema perturbador: la soledad y sus múltiples variantes, engañosas todas, para atenuar sus efectos, para amortiguar la pena. La ficción, entonces, se ocupa del fingimiento y de sus consecuencias, que pueden ser, según el caso, liberadoras o nocivas.
"Familia en renta": cuando el afecto se vuelve un servicio
La nueva película de Hikari, protagonizada por Brendan Fraser, indaga la emoción en tiempos de vínculos tercerizados y es, a la vez, una reflexión sobre el cine
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Brendar Fraser en "Familia en renta", notable film de la directora japonesa Hikari
El guion tiene como centro una empresa especializada en alquilar personas que simulan ser familiares, amigos o acompañantes por encargo, sin que el interesado lo sepa —aunque eso no es excluyente—. Estas agencias existen desde hace años en Tokio y, poco a poco, se van extendiendo al resto del mundo. Son casi lo mismo que una agencia de escorts, pero con compromiso emocional. Nada parece imposible para el capitalismo: si algo sale mal después del trato, si alguien sufre una decepción grave, que carguen con la culpa quien llevó a cabo el engaño y quien lo contrató.
Phillip Vanderploeg (Fraser) interpreta a un actor estadounidense de baja estofa, desempleado, que quedó anclado en Tokio hace siete años y que está más perdido que Bill Murray en el film de Sofia Coppola. Así, cuando un conocido le ofrece contratarlo para trabajar en su agencia de alquiler de personas, no le queda más salida que aceptar. El primer “papel” que le toca no es grave: hacerse pasar por el novio de una muchacha para que los padres de ella (que nada saben de la mentira) lo conozcan, y que luego ella pueda emigrar con la persona que realmente quiere.
El segundo, en cambio —uno de los dos ejes de la historia— es comprometedor y doloroso: a Phillip lo alquila una madre soltera para que pretenda ser, ante su hija de ocho años, su padre. La mujer lo necesita porque la escuela en la que pretende anotar a la chica no admite padres separados, y cada matrimonio debe someterse a un exigente examen de admisión. Desde luego, la hija no sabe nada de la farsa: cree que él es el padre que las abandonó y que ahora regresa. Primero hay un fuerte rechazo, pero luego los vínculos se van creando a medida que los tiempos del alquiler expiran.
“Familia en renta”, sin embargo, toma distancia de lo que sería una imaginable producción estándar estadounidense y, en su puesta en escena —de naturaleza legítimamente oriental—, bucea en conceptos que tienen que ver con el cine mismo. Al fin y al cabo, ¿no “alquila emociones” un espectador que paga una entrada para que una ficción lo conmueva? ¿No es esa, acaso, una de las funciones primordiales del arte? La película no denuncia la falsedad del afecto, sino su condición de forma. Y en ese gesto devuelve al cine una pregunta: si toda emoción es una construcción, ¿qué diferencia una experiencia real de otra falsa que simplemente funciona?
En el cine contemporáneo, la emoción se ha vuelto un valor de mercado. No importa tanto qué se cuenta, sino que algo se sienta: identificación rápida, respuestas afectivas reconocibles. En ese contexto, “Familia en renta” postula una operación más incómoda. No explota la emoción ni la parodia. La pone a trabajar.
Familias, padres, hijos, escenas de intimidad diseñadas para cumplir una función concreta. Todo se organiza como un servicio más, con reglas claras. Lo notable es que la película, repetimos, no construye su relato desde la denuncia. No subraya el artificio ni busca la lección moral. Al contrario: el sistema funciona. Los gestos son adecuados, las palabras llegan a tiempo, las escenas producen el efecto esperado. La emoción aparece.
Ese es el problema: la emoción no es falsa: es eficaz; y, en el caso de la niña que cree reencontrar a su padre, no será ella la única comprometida por esa emoción. Al contrario. Esa emoción no se presenta como simulacro grotesco, sino como sustituto “razonable”. Allí radica lo perturbador: se sugiere que la emoción no necesita autenticidad para operar; le basta con ser reconocible, y correctamente ejecutada. Hay un diálogo muy luminoso entre Phillip y una prostituta con la que se acuesta, cuando ambos comparan sus oficios. Los ejecutivos de los estudios de cine o streaming hacen lo mismo: construir emociones que justifiquen el desembolso en una producción. El lenguaje de la publicidad también es experto en el tema.
“Familia en renta” toma esa lógica y la expone. La emoción, cuando se vuelve un servicio, deja de ser una experiencia excepcional para convertirse en una prestación. Algo que se activa cuando hace falta, que responde a una demanda concreta, que puede repetirse sin desgaste, aunque —a diferencia del cine, donde se “suspende la incredulidad”—, con consecuencias a veces severas.
Así, la película evita una oposición cómoda entre emoción verdadera y emoción falsa. Lo que muestra es que buena parte de nuestras emociones cotidianas ya funcionan bajo un régimen similar al del alquiler. Son aprendidas, moduladas, ajustadas a un contexto. El guion no habla solo de vínculos contratados, sino de una cultura emocional donde el afecto debe ser útil, visible.
Un cine que no cree en lágrimas
Uno de los aspectos más interesantes de “Familia en renta” es el lugar que le asigna al espectador. No nos empuja a identificarnos ni a rechazar. Nos coloca en una posición ambigua. La emoción funciona en pantalla, pero no termina de funcionar en quienes miramos. Esa distancia es clave. La película no priva al espectador de emoción; le quita la coartada del happy end a lo Hollywood. No hay una escena que ordene la experiencia, ni una revelación final que restituya el sentido. No pregunta cuánto sentimos, sino qué hacemos con eso que sentimos cuando la emoción se vuelve negociable.
En un mundo donde casi todo puede tercerizarse, la película sugiere que también el afecto puede convertirse en un bien administrado. El resultado no es frialdad ni cinismo, sino una forma de inquietud. Una emoción que no consuela, que no promete nada. Una emoción que funciona, pero que nos deja insatisfechos.
“Familia en renta” resulta particularmente interesante porque permite pensar la diferencia entre la emoción como experiencia estética y el sentimentalismo lacrimógeno —ese género conocido como tearjerker— que Hollywood convirtió en fórmula.
La emoción puede existir sin lágrimas, sin clímax, sin reparación. El cine tearjerker no busca emocionar sino producir una respuesta medible, visible. Llorar es la prueba de que la película “funcionó”. Desde los melodramas clásicos hasta sus variantes contemporáneas, el tearjerker organiza calculadamente la emoción como un circuito de manual: acumulación de sufrimiento, música enfática, revelación final, descarga.
En ese modelo, la emoción no es ambigua. Está subrayada, moralizada. El espectador no tiene que preguntarse qué siente: la película lo va guiando. El llanto aparece como una forma de alivio y, también, de validación. Si lloramos, algo valioso ocurrió. Este cine no es ingenuo ni torpe, pero su eficacia tiene un costo: reduce la emoción a una reacción y la experiencia estética a un efecto programado.
Frente a ese modelo, existe otra tradición que “Familia en renta” reactualiza. Una tradición que no niega la emoción, pero desconfía de su exhibición. En el cine moderno europeo y asiático —de Robert Bresson a Michelangelo Antonioni, de Yasujiro Ozu a Eric Rohmer— la emoción no se dramatiza ni se explica. Aparece en los márgenes, en los silencios, en lo que no se resuelve. No hay lágrimas que ordenen la experiencia. La emoción no llega como culminación sino como fuera de campo. Algo que persiste después del plano final. La diferencia no es de intensidad sino de estructura. El sentimentalismo encorseta la emoción; este cine la mantiene libre.
Y “Familia en renta” da otro paso en esa dirección. En su mundo —y en el mundo real—, la emoción ya está integrada al sistema. No necesita volverla ficción porque el fingimiento ya forma parte del marketing capitalista. No hay violines que induzcan al llanto ni escenas diseñadas para la descarga afectiva. Todo ocurre con normalidad. La emoción funciona, cumple con su cometido, y se retira sin dejar huella. Y ese vacío es lo que perturba.
“Familia en renta” (“Rental Family”, Japón-EE.UU., 2025). Dir.: Hikari. Int.: Brendan Fraser, Takehiro Hira, Mari Yamamoto, Shannon Mahina Gorman.
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