2 de septiembre 2003 - 00:00

Bronson, adiós al amigo

Bronson, adiós al amigo
Fue una despedida melancólica, anunciada y sin estridencias. Charles Bronson, a quien el Alzheimer le había hecho olvidar quién era y cuántos momentos de felicidad le había dado al cine, ya es parte de la memoria de Hollywood desde el fin de semana. El actor con cara de puma bravo y bigote fino y temible, como el de un personaje de Chase, tenía 81 años al morir.

En realidad, la palabra Hollywood no es en su caso la más apropiada para darle un marco a su carrera. Hollywood jamás le brindó la gran oportunidad, más allá de la exitosa -pero ramplona-serie de películas de «El vengador anónimo» que comenzó a filmar en 1974 y de la que llegaría a hacer, durante dos décadas, cuatro secuelas.

El verdadero Bronson, el hombre que demostró que también había un gran actor detrás del rostro impenetrable, fue el Bronson de sus años europeos, y así lo entienderon muchos directores más sutiles, como el francés René Clément, que le dio uno de los mejores papeles de su vida en «El pasajero de la lluvia» (1969) junto a Marlene Jobert. Allí Bronson fue el inspector Dobbs, el policía ladino que sabía que la mujer había matado a su violador pero le aterraba confesarlo, y poniéndose de su lado, sin que ella ni el espectador lo supieran, acosó de manera agónica.

Un año antes había sido el oponente de Alain Delon en la estupenda «Adiós al amigo», de Jean Herman, donde se desafiaban a una competencia tan nimia como inolvidable: debían introducir, alternativamente, una moneda tras otra en un vaso repleto hasta el borde, y quien derramara el líquido perdía algo más que el juego. Ni los grandes duelos del western llegaron a producir una tensión semejante en el público: durante cada caída de moneda hasta el fondo del vaso no se oía ni un respiro en los cines.

También fue el curtido pistolero de «Ciudad violenta» (1970) de Sergio Solima, que tuvo entre su equipo de guionistas nada menos que a Lina Wertmüller, o el desesperado traficante con la familia amenazada por James Mason, un matón que se desangraba, en «Los visitantes de la noche» (título ilustre que recibió en la Argentina el modesto original «De la part des copains»). O el «Armónica» de «Erase una vez en el Oeste» de Sergio Leone, o el bandolero del «western sushi» «Sol rojo», que filmó en España con Ursula Andress, Toshiro Mifune y Alain Delon, o el mafioso amenazado por otro duro inimitable, Lino Ventura, en «Los secretos de la Cosa Nostra».

Antes de que se marchara a Europa, con más de 40 años, Bronson había actuado, siempre en estupendos secundarios que sin embargo no llegarían a despertar mayor entusiasmo entre los productores hollywoodenses, en una trilogía de lujo: «Los siete magníficos» (1960), «El gran escape» (1963) y «Doce del patíbulo» (1967). Y mucho antes todavía, aún con su apellido real, Buchinsky, en «Museo de cera» y «Apache» y «Veracruz» de Robert Aldrich, todas de 1954, apenas tres títulos entre el centenar de películas que rodó a lo largo de su vida de actor, a la que llegó un poco por casualidad.

Su destino, como el de los seis hermanos Buchinsky, era la tradición familiar: minero. Pero, luego de enrolarse en el frente durante la Segunda Guerra Mundial, el azar y algunos contactos que no se propuso lo pusieron a las puertas de los estudios de Hollywood. Irónicamente, una de sus primeras películas fue una comedia, «Pat and Mike», donde quien lo llenaba de golpes era alguien más frágil que sus futuros enemigos, Katharine Hepburn.

Estuvo casado tres veces, la segunda con la actriz
Jill Ireland, que compartió con él numerosas películas hasta su precoz muerte de cáncer. Decían que sólo ella era capaz de soportarlo en el set. Aunque tal vez eso fuera otra de las leyendas: el director Michael Winner, el de «El vengandor anónimo», ayer lo despidió diciendo que Bronson siempre fue, fuera del set, un hombre extremadamente tímido, y hasta amigable. Sólo detestaba a los críticos de cine, esa gente que nunca paga entradas y a la que nada le viene bien.
M.Z.

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