Buenos Aires: antes era eterna, ahora es bizarra

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"Andar vigilante por Buenos Aires depara sorpresas constantes. Por ejemplo, una tanguería, que no funcionó, en Constitución se convirtió en lugar de comidas al paso y cambió su nombre por Pancho Sosa. El Varón del Pancho, pero mantiene la imagen de Julio Sosa". El narrador y periodista Daniel Riera se puede pasar el día detallando lugares curiosos de la ciudad. De la gran mayoría da datos en «Buenos Aires Bizarro. La más extraviada de todas las guías» turísticas, que acaba de aparecer. Riera que colaboró y colabora en revistas de Colombia, México, Chile y la Argentina, publicó los libros «Vas a extrañarlo, porque es justo» (biografía de su padre, un conocido librero), y a las novelas «Sexo telefónico» y «El carácter Sea Monkey», está por agregar la tercera. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Cómo se le ocurrió hacer una guía del Buenos Aires «bizarro»?

Daniel Riera: Como bizarro es una palabra que permite muchas interpretaciones, desde gallardo a raro, me pareció conveniente agregar con humor «la más extraviada de todas las guías», que me parece indica el placer de perderse por lugares recónditos, salir a la aventura por la ciudad. 

P.: Le podría haber puesto Guía de Buenos Aires Curioso, pero sería un titulo más convencional.

D.R.: Además de lo curioso está lo fronterizo, lo increíble, lo incomprensible desde un mirada convencional, un mundo de sitios tan sorprendentes como algunas personas que lo recorren.

P.: ¿Y cómo llegó a convertir todo eso en un libro?

D.R.: La editorial tenía una de esas características sobre Santiago de Chile, que a ellos le había gustado mucho y a mí también. Yo tenía un contrato por un libro de investigación periodística sobre crónicas de Internet, pero a medida que lo hacía no sólo me iba aburriendo sino que la evolución dinámica del medio me iba devorando; lo que era novedoso cuando lo empecé al poco tiempo habían pasado a ser viejo. Lo estaba haciendo desganado. Hablé con la editorial y me propusieron este proyecto; me entusiasmé porque tiene que ver con cosas de mi imaginario: personajes, historias, lugares sorprendentes de Buenos Aires. Había escrito notas de ese tipo para revistas del exterior como «Gatopardo» de México y «Soho» de Colombia. Fueron siempre historias que me atrajeron por su singularidad.

P.: ¿Por ejemplo?

D.R.:
Sobre Raúl Córdoba, el líder del Movimiento Raeliano en la Argentina, grupo esotérico que piensa que la vida eterna llegará por la clonación. Alberto Fornes, el argentino que anda por la calle Lavalle con todo su cuerpo tatuado. Rafael Colaso, presidente de la Asociación Argentina del Fútbol de Mesa o Metegol. Miguel Angel Lembo, director del Círculo de Ventrílocuos Argentinos. O con la mujer que se consideraba la hija de Eva Perón y Pedro Quartucci. Toda esa gente escapa a la medianía del común, la vida sin ese tipo de gente, verdaderos personajes literarios, sería soporífica. La gente con esa extravagancia, con esa búsqueda de un destino singular, siempre me interesó. Recuerdo la búsqueda de un grupo de brujos umbanda que tras una conversión religiosa pasaron a tener un Ministerio de los Brujos Arrepentidos. Siempre me interesaron lugares y personas donde la vida cotidiana y la ficción parecen fundirse.

P.: ¿Pensó que su lector sería un turista?

D.R.: Pensé en todo tipo de lectores, pero sobre todo no lo veía pasivo, sentado, acumulando mera información, sino alguien que se copa y anota direcciones, y se dice: mañana me voy a dar una vuelta por acá, o una pareja que se divierta encontrando recomendaciones y sale a ver monumentos raros como el al Dedo Gordo, el a la pelota, el a Caperucita Roja o nuestra Estatua de la Libertad. O se van al Edificio Barolo con la Divina Comedia en la mano. El libro da direcciones, teléfonos y sitios de Internet; a veces limité los datos de la red porque no quiero que la gente haga un ciberrecorrido.

P.: ¿Cuánto tiempo le llevó hacer esta guía?

D.R.: Un año, que fue un año de visitar a absolutamente todos los lugares que cito, aún los que podría resolver con archivo. Quise experimentar lo que se iba a encontrar el lector cuando llegara a un lugar. Además eso me ofreció datos imprevistos, metafóricos, por caso cuando fui a ver la casa de Yiya Murano, la envenenadora de Montserrat, estaban abriendo enfrente una sucursal del restaurante Fechoría y había al lado un bar que se llamaba Espíritus. Al lado de la casa del descuartizador de Barracas había un almacén que tenía un cartel que decía «Afilo cuchillos». Junto al lugar donde el Petiso Orejudo cometió sus crímenes hay un albergue transitorio con un mural colorido y bizarro. Como siempre la realidad supera a la ficción, y esas cosas me las hubiera perdido si me hubiera dedicado a estar en hemerotecas y bibliotecas. 

P.: Uno de sus capítulos, el dedicado a lo criminal, pareciera remitir a un tour turístico que se puso de moda hace un tiempo.

D.R.: A todos alguna vez se nos cruzó la morbosa idea de ir al lugar de un crimen. No me voy a meter en interpretaciones psicoanalíticas sobre si se trata de algo perverso, obsesivo o catártico, cosas que me exceden. Pienso que si la curiosidad está y queremos saber el entorno en donde vivía un homicida, no está mal pasar por ahí alguna vez.

P.: ¿Siguió en todo el libro el modelo de la Guía de rarezas de Santiago de Chile?

D.R.: Mientras lo fui haciendo fue cambiando, alcanzó un modelo propio. Por ejemplo, cuando me enteré de que los ventrílocuos tenían un lugar donde se reunían una vez por mes, fui y me encontré con gente maravillosa con historias extraordinarias. Me contaron que un Círculo de esas características sólo hay en Las Vegas y en Buenos Aires, así sumé el capítulo Buenos Aires ventrílocuo, que no va a estar en ninguna otra guía, sólo acaso en una de Las Vegas.

P.: ¿Se vio tentado por la literatura?

D.R.: Hay mucha literatura, pero preferí no hacerla entrar en esta obra. Lo que sí hice fue un homenaje a nuestra literatura dando datos de escenarios utilizados en algunas ficciones ya clásicas. Naturalmente realicé una muestra muy somera porque Buenos Aires en la literatura argentina aparece muchas veces. Propongo ir a ver por dónde estaba la casa de la calle Garay de «El Aleph» o El Café del Gato de «El Sur» de Borges; ver los hoteles Majestic y descubrir cuál es el de «La Ciudad Ausente» de Piglia; el Cristo de la Mano Rota de «Adán Buenosayres», de Marechal, en la calle Gurruchaga; el inexistente «Pabellón Rosetto» del Hospital Británico donde murió Héctor Viel Temperley, entre otros de novelas, poemas y cuentos.

P.: ¿Qué lugares le impresionaron?

D.R.: Siempre hubo una conjunción, como el encuentro de los carteles o el mural que le conté. Recuerdo que nevaba en Buenos Aires cuando fui a ver a la escultora que hace patos de nabos y peces de zanahoria, el mensaje de texto que le mandé a mi mujer era tan surrealista como lo que estaba viviendo. Recuerdo que una vez pasaba por la esquina de Rafael Hernández y Rafael Hernández (un doppelganger), paramos y le pedí al fotógrafo que lo registrara. Diego Sandstede, el fotógrafo con el que hicimos el recorrido, encontró testimonios gráficos excepcionales para este homenaje a la ciudad, sus lugares y su gente.

Entrevista de Máximo Soto

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