31 de agosto 2004 - 00:00

Calderón de lujo por Lavelli

El espectacular marco para «La hija del aire» en la Sala Martín Coronado del San Martín, donde se estrenó el clásico de Calderón, en versión Lavelli.
El espectacular marco para «La hija del aire» en la Sala Martín Coronado del San Martín, donde se estrenó el clásico de Calderón, en versión Lavelli.
Radicado en París desde hace cuatro décadas, Jorge Lavelli dio sobradas muestras de creatividad y rigor artístico en diversas puestas que estrenó en la Argentina («Yvonne, princesa de Borgoña», «Seis personajes en busca de un autor», «Mein kampf, una farsa» y «El caso Makrópulos», entre otras). Su versión de «La hija del aire» ratifica la visión de un artista que concibe el teatro como una experiencia en la que confluyen todas las artes.

El espectáculo dura dos horas y media, sin intervalo, y tratándose de una pieza del Siglo XVII, escrita en verso, exige del espectador una escucha muy atenta.

Advertido de los riesgos que corría al montar un texto de Calderón tan poco conocido, Lavelli incluyó en el programa de mano una esclarecedora sinopsis argumental, como para que nadie se sienta desorientado ante tanta rima. Pero la llama de Calderón salva con creces estos supuestos escollos, al desplegar una trama rica en intrigas y peripecias que le permite adentrarse en los pasadizos del poder.

El personaje central, la tiránica y sanguinaria Semíramis, capaz de asesinar a su marido y secuestrar a su hijo para ocupar el trono, es de estremecedora contemporaneidad. La gran artífice de Babilonia es incapaz de pensarse a sí misma fuera del poder o sin el goce de sus privilegios.

Este trabajo de Lavelli, basado en la segunda parte de la obra de Calderón, exigió un intenso entrenamiento al elenco local, en general con resultados bastante dignos. Si bien algunos intérpretes, en su afán de hispanizar su acento porteño, terminan rumbeando hacia distintas zonas del Caribe, su compromiso actoral es evidente e incluye un expresivo despliegue físico. Son dignas de destacarse las actuaciones de Luis Herrera (Lidoro, rey de Lidia), Pompeyo Audivert (el atribulado consejero de Ninias y Semíramis) y Cutuli, como el bufonesco Chato.

Pero la gran estrella de este espectáculo es la española Blanca Portillo, quien logra superar la buena fama que la precedía. Sutil y minuciosa en cada una de las transformaciones que sufre en escena, la actriz transita del humor a la tragedia en pocos segundos, contribuyendo al buen ritmo de la puesta, al punto de que su desempeño actoral parece funcionar de estímulo y guía para el resto del elenco.

Portillo
dota a su Semíramis de un salvajismo primario y femenino que recuerda a la figura de Medea. Pero a medida que avanza la acción va adquiriendo ciertos rasgos perversamente « masculinos» (como la crueldad, el gusto por la guerra y la ambición desmedida) que también la acercan a otros grandes «monstruos» obnubilados por el poder, como el «Ricardo III» de Shakespeare.

La aparición del adolescente
Ninias (otra vez Portillo) ocupando el trono por voluntad del pueblo, brinda uno de los momentos más regocijantes de esta versión. La torpeza y timidez del hijo de Semíramis provocan carcajadas en el público. A partir de allí la acción va sumergiéndose en un clima de absurdo y humor negro que revitaliza la mirada crítica del autor. Cuando la reina toma la apariencia de Ninias para ocupar su lugar, hace estallar en pedazos el orden hasta entonces conocido, arrastrando a todo su entorno hacia una vertiginosa espiral de delirio y ambigüedad.

La refinada puesta de
Lavelli cuenta además con música de Gerardo Gandini, ejecutada en escena, vestuario de Graciela Galán y una imponente escenografía, concebida por Agostino Pace. «La hija del aire» merecía ser llevada a la escena, por su vigencia y calidad. Es, sí, un desafío grande para la capacidad de concentración del público actual, pero que recompensa.

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