16 de julio 2001 - 00:00

"Casi fui monja, y me casé con un cura"

Teresa Berganza
Teresa Berganza
(16/07/2001) En abril la mezzosoprano Teresa Berganza tuvo que cancelar su esperada actuación en el Teatro Colón, organizada por la Sociedad Wagneriana. Una bronquitis seca que arrastraba desde enero derivó en faringitis aguda. Muda desde entonces por recomendación médica, acabó anulando 8 actuaciones.

Cuando le cuelgan el sambenito de canceladora entona: «Para un artista, cancelar es dolorosísimo. Algunos interpretan mis renuncias como un capricho de diva, pero quienes conocen mi seriedad profesional saben que cuando no canto es porque no puedo más».

Como el diccionario define mezzosoprano como «voz de mujer entre soprano y contralto», pero no aclara cómo es la de Teresa Berganza, se lo pregunto: «Tiene un color muy bonito, cálido, con mucha extensión, una cualidad que he sabido aprovechar al máximo, sin salirme nunca del repertorio. La prueba es que con 66 años, después de 43 de carrera, sigo cantando. Mi voz no es grande, dramática, pero ha pasado por la Opera de Chicago, una de las más grandes del mundo. Lo que tiene dentro es mi personalidad. Se canta como se es».

Berganza es interioridad, sensualidad, pasión. Los críticos se refieren a ella en superlativo. Dice: «Mi voz es mi amante: gozo y sufro por ella. Siempre he vivido enamorada, pero ni siquiera mi amor hacia un hombre ha sido tan grande como mi amor a la música. Sólo mis hijos están por encima».

De reencarnarse lo haría en Teresa Berganza. «Pero no cometería la tontería de casarme y divorciarme dos veces. No sé qué me pasa cuando firmo un compromiso, siento que estoy firmando una sentencia de muerte.» En 1957 se casó con su pianista Félix Lavilla, fue «inmensamente feliz» durante 20 años y tuvo a sus tres hijos: Teresa, que le ha dado dos nietas; Javier, dedicado a la grabación de discos de música clásica, y Cecilia, soprano lírica. Tras el divorcio, reincidió con el sacerdote José Rifá, que acabó retomando los hábitos. «Y claro, una se queda de piedra. Con la Iglesia soy un poco escéptica.»

Ahora cuida a su «voz amante» con una vida apacible. «Lo que más me gusta de este mundo es levantarme sin prisas. Después leo la prensa y vagueo un poco: ducha, masaje, llamadas. Por la tarde hago gimnasia, ensayo junto al piano, doy clase a mis alumnos en la Escuela de Música Reina Sofía (heredó la cátedra que dejó vacante Alfredo Kraus, 'un hombre digno hasta en la forma de morir'), escucho a Vivaldi, Mahler o Mozart, según esté de humor. Leo 'Historia de España'; me seduce Juana La Loca. Siempre fui una mujer privilegiada, pero hay que tener fuerza de voluntad para seguir viviendo tan bien», concluye.

Periodista: ¿Se considera una privilegiada? Teresa Berganza: Desde niña.

P.: ¿La sacó su padre de un convento a los 15 años?

T.B.: Le dije que me iba de excursión, fue un arrebato místico.

P.: Así que pudo haber salido santa Teresa Berganza de Jesús.

T.B.: (Risas.) El otro día mis hijas buscaron mi nombre en Internet. Y salieron: Teresa de Jesús, monja; Teresa de Calcuta, santa; Teresa Berganza, cantante. Uffff (inspira profundamente y cierra los ojos, como en trance). Les dije: «En esta compa-ñía, me quedo». Soy mística, siempre lo he sido. Y me he dado cuenta de que con mi voz lleno de espiritualidad a mucha gente. Una señora a la que su marido maltrataba, con un hijo con síndrome de Down, me escribió que se quería suicidar, pero escuchó un disco donde yo interpretaba a Mozart y pensó: «Si existe una voz así tengo que seguir viviendo». La comprendo porque a veces cantando me pierdo, entro en éxtasis, me elevo.

P.: ¿Cómo era su familia?

T.B.:
Una madre católica y monárquica, un padre muy de izquierda, ateo por la gracia de Dios. Un contable apasionado por la música y la literatura. Nos leía «El Quijote» todas las semanas. En casa la palabra amor estaba en el aire, por eso eché de menos en mis matrimonios la pasión con que se amaban mis padres. Los he visto hacer el amor con 80 años. Un día pasé sin llamar y los pillé. Salí llorando de la emoción.

Fue su padre quien animó a la más pequeña de sus tres hijos a estudiar solfeo. En la Escuela Fundación Vázquez de Mella sus profesores apreciaron enseguida su talento musical. Luego ingresó en el Conservatorio de Madrid, donde cursó todas la disciplinas: piano, órgano, armonía, composición, dirección de orquesta. Una vez terminados los estudios, se matriculó con la profesora de canto Lola Rodríguez Aragón, que la inició en Mozart y en Rossini, que con el tiempo se convertirían en sus máximos referentes, junto a la Carmen de Bizet.

T.B.: A Carmen le debo mi libertad de espíritu. Recuerdo que en plena actuación, mientras cantaba ¡liberté!, me dio tal fuerza que decidí separarme de mi primer marido. No me vale que mis hombres me digan «eres la más grande». No. Soy mujer por encima de todo, a través de la mujer Teresa Berganza sale la artista Teresa Berganza.

P.: Su primera actuación fue a los 20 años en el Ateneo de Madrid...

T.B.: Me atreví con un repertorio muy difícil: Schumann, Max Reger y Xavier Montsalvatge. Creo que canté muy bien. Y eso que un crítico dijo que era mejor que me dedicara a la canción popular; lo debió pasar muy mal viéndome triunfar por todo el mundo. Yo siempre dije: «De mi país me tengo que ir porque aquí nunca voy a ser nadie. Volveré llena de gloria». Y así sucedió.

En 1957 debutó internacionalmente en el Festival de Aix-en-Provence y fue tal el éxito que los diarios publicaron «la mezzosoprano del siglo». Luego, todos los escenarios (Scala de Milán, Opera de Viena, Covent Garden de Londres, Metropolitan de Nueva York, Liceu de Barcelona, Teatro Real de Madrid) le abrieron sus puertas. Los grandes maestros se rindieron a sus pies.

P.: ¿Algunos, a regañadientes?

T.B.:
Karajan me acusó de tener poca musicalidad cuando debuté en Viena con «Las bodas de Fígaro». Le dije: «Maestro, me puede decir que no le gusta mi voz, pero ¿qué no soy música? Igual que usted». Estaba molesto, pero luego fuimos grandes amigos.

P.: ¿A María Callas la tiene en un altar?

T.B.:
Junto a ella interpreté en Dallas, a los 23 años, «Medea» de Cherubini. Ha sido la mujer más artista y profesional que he conocido. Siempre me trató como a una hermana pequeña, con mimo, con admiración.

P.: ¿Siempre le gustó jugar a ser diva?

T.B.:
Me encanta, me encanta, me encantaaaaa. En aquel viaje a Dallas me equivoqué de avión y caí en Nueva York. Estaban esperándome un Rolls con chofer negro y todas las televisoras. Aquello me gustó, y desde entonces he venido practicando el divismo cuando me convenía. Ahora sin maridos, hago lo-que-me-da-la-ga-na. Más que nunca. Estoy con una liberté absoluta. Aunque apareciera el hombre de mis sueños, que ha sido Gary Cooper («¡ay, qué guapo era ese hombre! si hasta lloré cuando murió»), le diría: «troppo tarde...»

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