16 de julio 2001 - 00:00
"Casi fui monja, y me casé con un cura"
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Teresa Berganza
Periodista: ¿Se considera una privilegiada? Teresa Berganza: Desde niña.
P.: ¿La sacó su padre de un convento a los 15 años?
T.B.: Le dije que me iba de excursión, fue un arrebato místico.
P.: Así que pudo haber salido santa Teresa Berganza de Jesús.
T.B.: (Risas.) El otro día mis hijas buscaron mi nombre en Internet. Y salieron: Teresa de Jesús, monja; Teresa de Calcuta, santa; Teresa Berganza, cantante. Uffff (inspira profundamente y cierra los ojos, como en trance). Les dije: «En esta compa-ñía, me quedo». Soy mística, siempre lo he sido. Y me he dado cuenta de que con mi voz lleno de espiritualidad a mucha gente. Una señora a la que su marido maltrataba, con un hijo con síndrome de Down, me escribió que se quería suicidar, pero escuchó un disco donde yo interpretaba a Mozart y pensó: «Si existe una voz así tengo que seguir viviendo». La comprendo porque a veces cantando me pierdo, entro en éxtasis, me elevo.
P.: ¿Cómo era su familia?
T.B.: Una madre católica y monárquica, un padre muy de izquierda, ateo por la gracia de Dios. Un contable apasionado por la música y la literatura. Nos leía «El Quijote» todas las semanas. En casa la palabra amor estaba en el aire, por eso eché de menos en mis matrimonios la pasión con que se amaban mis padres. Los he visto hacer el amor con 80 años. Un día pasé sin llamar y los pillé. Salí llorando de la emoción.
Fue su padre quien animó a la más pequeña de sus tres hijos a estudiar solfeo. En la Escuela Fundación Vázquez de Mella sus profesores apreciaron enseguida su talento musical. Luego ingresó en el Conservatorio de Madrid, donde cursó todas la disciplinas: piano, órgano, armonía, composición, dirección de orquesta. Una vez terminados los estudios, se matriculó con la profesora de canto Lola Rodríguez Aragón, que la inició en Mozart y en Rossini, que con el tiempo se convertirían en sus máximos referentes, junto a la Carmen de Bizet.
T.B.: A Carmen le debo mi libertad de espíritu. Recuerdo que en plena actuación, mientras cantaba ¡liberté!, me dio tal fuerza que decidí separarme de mi primer marido. No me vale que mis hombres me digan «eres la más grande». No. Soy mujer por encima de todo, a través de la mujer Teresa Berganza sale la artista Teresa Berganza.
P.: Su primera actuación fue a los 20 años en el Ateneo de Madrid...
T.B.: Me atreví con un repertorio muy difícil: Schumann, Max Reger y Xavier Montsalvatge. Creo que canté muy bien. Y eso que un crítico dijo que era mejor que me dedicara a la canción popular; lo debió pasar muy mal viéndome triunfar por todo el mundo. Yo siempre dije: «De mi país me tengo que ir porque aquí nunca voy a ser nadie. Volveré llena de gloria». Y así sucedió.
En 1957 debutó internacionalmente en el Festival de Aix-en-Provence y fue tal el éxito que los diarios publicaron «la mezzosoprano del siglo». Luego, todos los escenarios (Scala de Milán, Opera de Viena, Covent Garden de Londres, Metropolitan de Nueva York, Liceu de Barcelona, Teatro Real de Madrid) le abrieron sus puertas. Los grandes maestros se rindieron a sus pies.
P.: ¿Algunos, a regañadientes?
T.B.: Karajan me acusó de tener poca musicalidad cuando debuté en Viena con «Las bodas de Fígaro». Le dije: «Maestro, me puede decir que no le gusta mi voz, pero ¿qué no soy música? Igual que usted». Estaba molesto, pero luego fuimos grandes amigos.
P.: ¿A María Callas la tiene en un altar?
T.B.: Junto a ella interpreté en Dallas, a los 23 años, «Medea» de Cherubini. Ha sido la mujer más artista y profesional que he conocido. Siempre me trató como a una hermana pequeña, con mimo, con admiración.
P.: ¿Siempre le gustó jugar a ser diva?
T.B.: Me encanta, me encanta, me encantaaaaa. En aquel viaje a Dallas me equivoqué de avión y caí en Nueva York. Estaban esperándome un Rolls con chofer negro y todas las televisoras. Aquello me gustó, y desde entonces he venido practicando el divismo cuando me convenía. Ahora sin maridos, hago lo-que-me-da-la-ga-na. Más que nunca. Estoy con una liberté absoluta. Aunque apareciera el hombre de mis sueños, que ha sido Gary Cooper («¡ay, qué guapo era ese hombre! si hasta lloré cuando murió»), le diría: «troppo tarde...»




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