13 de diciembre 2000 - 00:00
Casi un siglo de melodrama y melodías murió ayer con ella
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Libertad Lamarque.
Libertad protagonizó esa conquista. Ella, como más tarde Luis Sandrini y Niní Marshall, era «la locomotora» que arrastraba los demás vagones. «Te vendo una de Libertad si me comprás estas otras cinco películas», decían los vendedores argentinos en viaje por el continente.
Más conocido es el episodio de la bofetada entre Libertad y Eva Duarte, durante el rodaje del excelente «La cabalgata del circo», de Mario Soffici, en 1945. Haya habido golpes o no, lo cierto es que ambas mujeres se aborrecían. Cuando una pasó a ser Eva Perón, y encima la otra apareció en «El fin de la noche», una película a favor de los aliados, que tuvo problemas de censura, era evidente que había terminado una etapa.
También estaba terminando una etapa musical: en esa película, Libertad ya empieza a perder su famoso timbre aflautado, que entonces era popular y ahora resulta algo ridículo (ella misma se reía al escuchar viejas grabaciones). La versión que hace del tango «Uno» en «El fin de la noche» es realmente notable, todavía hoy.
Es decir, que la mejor etapa de Libertad Lamarque como cancionista la disfrutaron los mexicanos, ya que, tras una impresionante gira por todo el continente, donde la bautizaron «la novia de América», ella recaló casi definitivamente en México, donde hizo más del doble de películas que en la Argentina; eso sí, casi todas tremebundas, como lo atestiguan sus propios títulos: «La mujer sin lágrimas», «La loca», «El pecado de una madre», «Rosas blancas para mi hermana negra», etc.; de allí que, más que «novia de América», ella prefería llamarse «la reina de la lágrima». También fue lacrimógeno, y pesado, su regreso al cine argentino, con «La sonrisa de mamá» y «La mamá de la novia», en los años '70, dos películas que --igual que las mexicanas-el público ama a pesar de todo.
Dignos de mejor rescate son, en el fondo, el buñuelesco «Gran casino», el deliberadamente divertido (y muy bien hecho) melodrama «La infame», la comedia «La cigüeña dijo sí» (donde literalmente se le tira encima al galán Arturo de Córdova), y sus participaciones en «Reportaje» (antológico momento en que canta a dúo con Pedro Vargas, apodado el samurai de la canción) y «La vida de Pedro Infante», donde evoca una pelea con el famoso charro, cada uno imitando burlonamente al otro.
«Yo nunca me enamoré perdidamente. Ningún hombre me quitó el sueño. Cuando tuve hambre, nunca dejé de comer», confesaría a los 80, en una frase de delicioso doble sentido, ya que cuando joven siempre fue de buen diente. Paradójicamente, terminó atribuyendo su longevidad al yoga, el buen humor, el trabajo placentero, la falta de rencor... y la mesa austera. «Sólo alguna copita, de vez en cuando». En 1967, ya casi de 60 años, y definitivamente rebautizada «Doña Líber», sorprendió haciendo estupendamente «¡Hello, Dolly!» toda una temporada, a la que siguieron otras comedias musicales, incluyendo una semiautobiográfica, «Aplausos».
Sorprendía también su habilidad para los negocios, y su capacidad de trabajo: hasta el último año estuvo haciendo giras, recibiendo homenajes y actuando en telenovelas. Cuando no estaba en su casa de México, o su casa de Miami, venía a su piso de avenida Del Libertador, para seguir más de cerca el hogar de niños de la calle que ella mantenía en la provincia, o visitar a su hija, sus nietos, y su yerno, que (esas cosas de la vida) es un apreciado político justicialista del partido de Adrogué, el otorrinolaringólogo Rubén Leonardo De Luca.
Dos anécdotas la pintan de cuerpo entero.
Una, el consejo que les dio a quienes todavía tienen películas suyas: «Apúrense a venderlas al cable y el video, porque creen que tienen una torta y van a encontrar pan viejo. ¿Cuánto más creen que van a vivir mis admiradores?»
Otra, cuando vino a amadrinar el documental de cine tanguero «Al corazón»; un periodista empezó diciendo: «Los que ya peinamos canas, como yo...», y ella lo interrumpió de inmediato: «¿Y por qué no se las tiñe, como yo?». Y se podría citar otra más, cuando una actriz protestó enérgicamente en público, porque el CD-ROM de Cinemateca Argentina le descubría la edad, y Libertad Lamar-que, desde un micrófono, le tomó el pelo: «¿Pero qué problema te hacés, Amelia? Cantá conmigo: '¡Yo soy del 30, yo soy del 30!'».
Lúcida, animosa, llena de talento, y buena. Así valió la pena vivir.



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