Un consagrado pianista se casa en segundas o terceras nupcias con la mujer de su vida, dueña de una fábrica de chocolates. Sobre las minucias del romance, se habla abundantemente en los corrillos de la fiesta. Es importante no perder detalle de esas conversaciones. Al otro día, en otra parte, también se habla del asunto.También esa charla es importante. Poco después, una muchachita buscará un mentor para su examen de música...
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La joven podría ser su hija, o una impostora. El hijo podría ser desplazado. Los chocolates podrían envenenar a alguien. El pianista puede dar una nota en falso. O no. ¿Cuál es la mala de la película? Cada una de las mujeres es sospechosa de algo, pero no sabemos exactamente de qué, y cada una alimenta esa sospecha, o nos confunde.Y cuando ya sabemos cuál es la mala, todavía queda el interés por saber cómo se resuelve la historia. Y cuando ya sabemos cómo se resuelve la historia, todavía queda ver la última toma. Un despacioso movimiento de cámara sobre el living donde reina un adorno cuyo dibujo hasta ese momento sólo habíamos visto parcialmente, y un rostro. Un rostro que hipnotiza, que intriga, que va sacando de a poco lo que el alma siente, y le permite sacar. Que llore, espera uno, mientras aún duda de la sinceridad del personaje, de la maldad enorme de sus buenos sentimientos. ¿Llorará?
Viejos secretos, gestos engañosos, actuaciones bien matizadas, y un relato breve, preciso, magistral, que nunca pierde la elegancia, componen los sutiles ingredientes de este policial digno de saborearse a conciencia. El veterano Claude Chabrol hace su película, tal como el pianista aconseja poner los dedos sobre el teclado: con una suavidad plenamente segura de sí misma. Lo suyo es una lección de música, aplicada a sus actores (impresionante Isabelle Hup-pert), una lección de puesta en escena con pocos elementos, y de narrativa con muchas sugerencias, y ni una sola nota discordante. Esperábamos una, sin embargo. Cuando la verdad se hace presente, no hay un grito, una reacción violenta, nada. La víctima nunca pierde su compostura. ¡Son tan suizos estos personajes! Pero acaso no era una víctima enteramente inocente.
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