25 de enero 2001 - 00:00

Celebración en el Museo del Grabado

Obra de Américo Balán.
Obra de Américo Balán.
(25/01/2001) Irene y Oscar Pécora, «los Pécora», como se los conoce en el ambiente artístico, denominaron «Plástica» a una galería que inauguraron en 1950 en la entonces mítica calle Florida, por la que pasó «todo el mundo», hasta su clausura en 1976. Desde ese reducto íntimo, comenzaron la difusión de una disciplina a la que, hasta entonces, se la consideraba como un arte menor. Es riquísimo el anecdotario de aquellas épocas en las que asomaba el coleccionismo y en las que se discutía sobre arte, y no sobre el mercado.


A través de los años, los Pécora convocaron a los artistas, organizaron muestras y bienales nacionales e internacionales, las llevaron a las provincias, instituyeron el mes del grabado, y sería agotador para el lector que se le enumere exhaustivamente actividad tan frondosa. Por otro lado, esa actividad está debidamente documentada, y hoy prosigue redefinida de acuerdo con las exigencias de estos tiempos. En innumerables viajes, los Pécora adquirieron importantes obras de artistas extranjeros, que dieron a conocer en nuestro medio.

El museo imaginario, anhelo ferviente de los Pécora, se hace realidad en 1960. Una realidad ambulante y, como lo denominó el crítico Rafael Squirru, «un museo fantasma» que cambiaba de lugar, generalmente prestado, hasta instalarse definitivamente en su actual sede, La Casa de la Defensa, que esperamos sea perdurable como lo merece un museo único en su género en Latinoamérica.

En 1976, generosamente, los Pécora donan la colección entera, 15.000 grabados originales, 3.500 libros de arte y grabado, y herramientas. Este acervo actualmente asciende a 25.000 obras de artistas argentinos y extranjeros, además de 7.500 libros catalogados y a disposición del público. Diecisiete años después, en 1983, esa donación fue aceptada oficialmente, curioso destino del patrimonio de muchos mecenas argentinos cuyos propósitos loables suelen verse frustrados por la burocracia.

Es fascinante el mundo del grabado, con su rigor, su permanente desafío técnico, un verdadero campo de experimentación, el placer exuberante de los nuevos descubrimientos. Ningún esfuerzo es suficiente cuando se trata de lograr un efecto sutil del duro metal o la contundencia del trazo en el taco, así como los procedimientos que contribuyen a una mayor apertura en otros campos estéticos y aun en la cultura visual. Una de las cualidades más apasionantes del grabado es su carácter confidencial, que se traduce hasta en la actitud física que adoptamos para mirarlo, ya que vamos en su búsqueda, a diferencia de lo que ocurre con la pintura en general, pues ésta invade nuestra percepción.

Otra de sus cualidades, también apasionante, es su riqueza. En un momento en el que se han desdibujado escuelas o tendencias, las posibilidades de expresión son ilimitadas, así como los resultados, con independencia de la geografía donde se produzca, jamás encontraremos una obra igual a otra, y ello sin desdeñar tampoco la tecnología que ha irrumpido casi violentamente y que, en poco tiempo, transformó nuestro modo de acercamiento a la obra de arte.

Nuestro país se caracteriza por una gran tradición en el campo del grabado. Desde aquellos que reflejaron la situación política y social, pasando por los que integraron corrientes de tipo experimental, introduciendo sustanciales renovaciones y dejando de lado el «mensaje» hasta entonces vigente.

Actualmente, se advierte una fusión de estas corrientes, aunque se diría que prepondera una inclinación hacia el exceso en la incorporación de tecnicismos, lo cual afecta ese carácter confidencial señalado anteriormente. No obstante, lo que esta legendaria disciplina no perderá es su vitalidad. Se sucederán las generaciones de artistas, pero éstos no cesarán de dejar sus marcas en la piedra, en la chapa o en cualquier otro medio, como testimonio de sus sentimientos, estados de ánimo o pensamientos. Esto aun en una época en la que la obra de arte aparece distanciada, enrolada, en general, en una estética de la indiferencia, sin afán de trascender.

La gráfica argentina, nacida en aquella primera imprenta de las misiones jesuíticas, ocupa, en el siglo XXI, un lugar de privilegio en el panorama de las artes plásticas, concita desde hace mucho tiempo el respeto y el interés en certámenes internacionales en los que ha sido galardonada por su creatividad.

La función del museo era la de adquirir, documentar y conservar obras de valor incuestionable para la educación en los ideales de la humanidad. En consecuencia, para definirlo, se utilizaban palabras como templo, palacio, santuario, hoy totalmente inadecuadas. La transformación a la que el museo ha sido sometido durante el siglo XX ha contribuido a dinamizar los contenidos de la noción general de museo que remite a él.

Sin entrar en cierta polémica sostenida por quienes defienden el status del museotemplo o aquellos que lo quieren convertir en museo-espectáculo, el Museo del Grabado se revela fiel a los postulados de sus creadores. Verdadero museo de «cámara», además de conservar y exhibir tan rico patrimonio, tiene también como misión incentivar la creación actual y la receptividad del público hacia un arte que, según
Picasso, «debe responder a la condición de lo inédito, al arrojo del trapecista que no conoce la red».

El Museo Nacional del Grabado festeja sus 40 años exhibiendo las tendencias y expresiones del grabado contemporáneo tanto en el orden nacional como internacional (Defensa 372).

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