10 de febrero 2006 - 00:00

Celebran museos del mundo el año Cézanne

«Los jugadores de cartas » (1890-1892), de Cézanne, en el que el artista buscó representar un momento de meditación.
«Los jugadores de cartas » (1890-1892), de Cézanne, en el que el artista buscó representar un momento de meditación.
Durante 2006 habrá importantes exposiciones dedicadas a Paul Cézanne con motivo de cumplirse el centenario de su fallecimiento ocurrido en 1906 en Aix-en-Provence, su ciudad natal, y que se llevarán a cabo en el Musée Granet de dicha ciudad, la National Gallery (Washington) y el Musée d'Orsay (París).

Nacido en 1839, creció en una provincia donde el arte se enseñaba de manera académica pero donde los poetas y pintores románticos impulsaban a los jóvenes a adherirse a las ideas de libertad. Los Independientes se rebelaron contra el arte oficial y Cézanne fue uno de los que expusieron en el famoso Salón de los Rechazados.

La historia de Cézanne, un hombre descripto por sus amigos como poco sociable, sombrío, apasionado, impulsivo y con una voluntad irrefrenable de alcanzar la perfección y su pasión por el arte, fue abordada por estudiosos de su obra como Meyer Schapiro, Lionello Venturi, Roger Fry y Gerstle Neack, entre otros. Artista permanente del Museo Imaginario, al que se revisita para compensar la perplejidad en la que suelen sumir al espectador ciertas manifestaciones contemporáneas como los cadáveres esculpidos de un tal von Hagens, fetos en formol, las anomalías genéticas de los Chapman, o la famosa cama con semen del Premio Turner. Esta revisita lleva a dos cuadros favoritos. El primero es uno que pertenece al Museo del Louvre: «Los jugadores de cartas» (1890-1892), tema que el artista ha plasmado en cinco cuadros y numerosos estudios.

El personaje de la izquierda aparece entero, distendido, calmo, bien apoyado contra el respaldo de la silla; su sombrero rígido sobre su pequeña cabeza y sus brazos bastante lejos de ésta, la imagen se encuentra delante de una zona borrosa. Su rostro delgado aparece aclarado por los contrastes colorísticos así como las cartas son luminosas.

El mantel, a la izquierda, termina en un ángulo mientras que a la derecha en forma puntiaguda. El jugador de la derecha lleva un sombrero con ala irregular, levantada, blando; su cuerpo más inclinado sobre la mesa denota un carácter más despierto. Su cabeza aparece contra un fondo de verticales, su rostro y sus manos más cercanas a la mirada. Las cartas son oscuras, las ropas contrastantes, saco violeta y pantalón amarillo para el de la izquierda y a la inversa para el de la derecha.

Según los expertos,
Cézanne buscó representar un momento de meditación, los jugadores no muestran sus sentimientos, una manera de mostrar su propia actividad como artista: personal, íntima, la naturaleza como un mundo de colores y formas variables que selecciona lentamente después de haber reflexionado sobre las consecuencias de cada elección.

El otro cuadro se titula
«La canasta de manzanas» (1890-1894), 65 x 81cm., que se encuentra en el Art Institute de Chicago. Para el artista, la pintura es una construcción, de allí que este conjunto exhibe una superposición de objetos. La canasta está apoyada sobre un bloc de apuntes, un plato con vainillas sobre un libro, las treinta manzanas se extienden sobre un mantel con muchos pliegues. La botella inclinada desequilibra el conjunto arquitecturalmente ordenado.

Y esto es lo novedoso en
Cézanne: el eje inestable de un objeto vertical que en otros cuadros puede ser un personaje sentado o una casa. Se observan diagonales, la inclinación de la botella, la de la canasta, las líneas en escorzo de las vainillas a las que se corresponden con las del mantel que convergen hacia el borde inferior del cuadro.

Cada una de las manzanas exhibe una gran complejidad colorística.
«Las frutas», dice Cézanne, «vienen a uno con todos sus olores, cuentan acerca de los campos que han dejado, de la lluvia que las ha alimentado, de las auroras que han visto».

Estas suntuosas naturalezas muertas, casi barrocas, realizadas en su vejez, pertenecen a un período de extraordinario perfeccionamiento, una obsesión del artista que solía decir: «todavía debo trabajar para no lograr la terminación pulida que los tontos admiran. Debo luchar por la perfección sólo por el placer de pintar con más verdad y buen criterio».

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