«Mi mujer es una actriz» («Ma femme est une actrice», Francia, 2000; habl. en francés). Dir.: Y. Attal. Int.: Y. Attal, C. Gainsbourg, T. Stamp, N. Lvovsky y otros.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
E s la pregunta que casi todo el mundo se hace cuando piensa en los maridos de las actrices: ¿qué sienten ellos cuando ven a sus mujeres besarse con otro en la pantalla? O, peor, cuando las ven que fingen hacer el amor con otro. ¿Fingen nada más? ¿Seguro?
Un pesado, de muy poco tacto, se lo pregunta directamente al protagonista de este film, un periodista deportivo casado con una actriz: «Todo es falso», le responde. «Es lo mismo que cuando ves que le disparan a alguien en el cine: ves las balas, ves la sangre y piensas que es cierto, pero todo es de utilería. Es la ilusión del cine. Lo mismo ocurre con las escenas eróticas. Todo es falso». Poco convencido con la respuesta, y antes de caer derribado por un puñetazo, el pesado replica: «Sí, pero la lengua no es falsa, y tampoco...».
El periodista quiere lucir como un superado pero, en el fondo, tiene las mismas dudas. Y tal vez no sean otras las que, más en el fondo aun, tenga o haya tenido Yvan Attal, director y protagonista de «Mi mujer es una actriz», casado también en la vida real con Charlotte Gainsbourg, que interpreta a la actriz que debe viajar a Londres para filmar una película casi erótica con el galán maduro Terence Stamp.
La comedia pone en escena todos estos fantasmas sin otro fin que el de divertir. Aunque sea francesa, basta con ver los primeros minutos para saber que es insospechable de portación lacaniana o sociológica. Es un film pensado para Champs Elysées y no para el Barrio Latino.
El guión, de esta forma, está dedicado a sostener con humor su idea de base durante poco más de una hora y media, lo que resulta excesivo. Attal es un brillante constructor de gags y situaciones, y no le falta agudeza para algunos diálogos y réplicas. Sin embargo, lo que debilita a este film es su construcción dramática integral: son islotes chispeantes de buenos momentos humorísticos, que diseñan un planteo seductor pero luego titubean en el clímax y no encuentran un final.
Subtrama
A la vez, la imposibilidad de que esa única idea soporte un largometraje entero llevó a Attal a explotar, de manera paralela, una trama secundaria -aunque casi tan importante como la otra-que lleva a su hermana en la ficción, judía extremadamente ortodoxa, como protagonista. Casada con un «goy» y a punto de tener un hijo varón, el gran debate es si lo circuncidarán o no, además de varios otros chistes que parecen escritos con la filmografía de Woody Allen en el corazón.
A favor de esta película hay que decir, sin embargo, que el regocijo que deparan al espectador esos muy buenos momentos (y cuando hay tan escasas comedias en cartel) justifican la visión de «Mi mujer es una actriz».
Dejá tu comentario