29 de julio 2005 - 00:00

Chab: introducción a un mundo fantástico

Víctor Chab (1930) presenta en el Centro Cultural Borges «Obras 2004-2005». Como es habitual en este artista que adhirió al Movimiento Surrealista como destacado representante de una corriente que se puede encontrar en diversas manifestaciones de la creación y que aún se mantiene viva, sobre todo en Europa y algunos países de América, su iconografía permite el ingreso en un mundo fantástico.

El protagonista principal de estas obras es el tejido que Chab combina de manera casi reverencial para estos collages, un homenaje a sus ancestros oriundos de Damasco, ciudad famosa por su tapicería. Gran lector, es un coleccionista de libros que posee en número de seis mil, solamente mil sobre Picasso. Deben ser incalculables los retazos de telas de todo tipo y textura que ha coleccionado para armar paisajes y figuras, a veces, fragmentadas, dislocadas, que flotan en el espacio. Lo tenebroso, lo ominoso de seres y pájaros puebla esta serie que ostenta también su carga matérica, grafismos, filigranas, fondos ricamente trabajados.

Hay reminiscencias africanas en «Sacerdotisa Dogón» o «Mujeres de Senegal», campea el humor en «Señor y Lacayo», juega con el erotismo en «Fiesta en el Bateau Lavoir» y convoca a los espíritus en una narración de la que no está ausente la pesadilla en «Camino a Damasco». Desde siempre Chab trabaja sin boceto alguno, sin ideas previas, una característica del automatismo, que está en la definición que André Breton hizo del Surrealismo y que vale la pena recordar: sustantivo, masculino, puro automatismo psíquico por el cual, en lo oral, la escritura, u otra manifestación, se intenta expresar la verdadera función del pensamiento. Pensamiento dictado sin ningún control, por la lógica, más allá de toda consideración ética o estética. Esto debe tenerse en cuenta ante las obras de este artista de espíritu inquieto y batallador. Clausura a fin de mes.

• «Vía Satélite»,
un panorama de la joven producción peruana en foto y video se exhibe en Espacio Fundación Telefónica hasta el 4 de septiembre. Esta muestra itinerante, producida por el centro Cultural de España de Lima y curada por los especialistas José Carlos Mariátegui y Miguel Zegarra, ya estuvo en Uruguay y seguirá después de Buenos Aires a México, Costa Rica, Panamá, Chile y República Dominicana. Veinticuatro artistas de un país, según los curadores, «situado en la periferia del paisaje cultural global», que intentan vincularse a través de las disciplinas más innovadoras del panorama artístico del país.

Entre las fotografías destacamos las de Philippe Gruenberg y Pablo Hare que muestran la transformación del interior de viejos edificios abandonados de Lima y en los que se refleja de manera invertida el paisaje exterior. La empleada doméstica y su empleadora, «La Otra», revela los conflictos étnicos sociales del Perú contemporáneo de Natalia Iguiñiz así como lo antiguo visto como signo de malestar y pobreza, la avidez por lo nuevo y ajeno en «Peruanidad Technicolor» de Beatriz Velarde. El envío peruano a la reciente Bienal de Venecia, un proyecto en progreso de Luz Bedoya, que consiste en insertar mensajes incomprensibles en agujeros de muros de diversas ciudades del mundo.

En cuanto a los videos destacamos «Hola y Chao», secuencias filmadas secretamente que demostraban la corrupción durante la época de Fujimori. » Atipanakuy » (Contrapunto en quechua), un bailarín de tijeras -danza tradicional de Ayacucho- que sale de sus ruinas para convertirse en el hombre del siglo XXI que lucha por recuperar su identidad. Obras cuestionadoras que revelan la influencia de lo extranjero sobre la población sin importar su condición social, la hibridación cultural, la influencia de la globalización, el marketing de ciertos productos-íconos, la experiencia urbana, la transculturización están en el pensamiento de estos artistas. Cierra el 4 de septiembre. Arenales 1540.

Varias perlas enriquecen la muestra «Vislumbres Pampeanas». Por ejemplo: Un mínimo «Paisaje», visión bucólica y romántica de Angel Della Valle (1852-1903), «Paisaje» de Enrique Policastro (1898-1971), una atmósfera diáfana en comparación con sus habituales paisajes de empaste y cromatismo de grises y ocres. Miguel Ocampo (1922) intentó abarcar lo infinito en « Horizonte» (1981). Una rareza de un pintor casi olvidado, conocido por su temática cristiana, Juan Antonio Ballester Peña (1895-1978), un sugerente «Paisaje de Campo» (1968) de atmósfera despejada y gamas claras. «Frutos» (1997) de Marcia Schvartz (1955), una pintura salvaje para una naturaleza violenta y árida así como un imperdible Rómulo Macció (1931), «Paisaje de la Memoria» de 1967.

La imagen inestable, circular, de Luis Benedit (1937) con su visión de la argentina « cuchillera», de seres en la sombra en «El Campo» (1985). Un trompe l'oeil pampeano, con remolino de viento incluido sobre una llanura fragmentada es «Elogio de la Sombra, Opus XXIII», un verdadero logro de una muestra realizada por Carlos Cañás (1928) en 2001 en el Museo Sívori. Se incluye uno de los cientos de bocetos en témpera correspondientes al tema central, «La Pampa y el Río» del mural recién inaugurado de Guillermo Roux (1929).

Un arco de 35 artistas y 70 obras que expresan la fascinación por un tema tan argentino en el Pabellón de las Bellas Artes de la UCA, Av. Alicia Moreau de Justo 1300. Clausura el 7 de agosto.

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