30 de julio 2008 - 00:00

"Chiquita fue una estrella y no un fenómeno de feria"

Antonio Rodríguez: «A Chiquita, medir 65 centímetros no la colocaba en desventaja en el momento de elegir y decidir sus relaciones amorosas».
Antonio Rodríguez: «A Chiquita, medir 65 centímetros no la colocaba en desventaja en el momento de elegir y decidir sus relaciones amorosas».
Con sus 65 centímetros de altura, la cantante y bailarina cubana Chiquita Cenda conquistó, a comienzos del siglo XX, Estados Unidos y luego el mundo. El «más diminuto adulto en el mundo», la «muñeca viviente», no permitió que hicieran de ella un fenómeno de feria y logró ser tratada como la estrella que llegó a ser. Su historia, que había quedado como un breve comentario en una investigación académica, fue recuperada por el escritor cubano, residente en Estados Unidos, Antonio Orlando Rodríguez en su novela «Chiquita», con la que obtuvo el Premio Alfaguara. En su breve visita a Buenos Aires dialogamos con él.

Periodista: ¿Es cierto que Internet le ayudó a encontrar el tema de la cubana Espiridiona Cenda?

Antonio Orlando Rodríguez: Una amiga supo de ella por el sitio de Internet de una universidad norteamericana que rescata la memoria de la Exposición Panamericana que se hizo en Buffalo en 1901. Allí descubrió a Chiquita, que fue la gran atracción de esa exposición. Me envió por correo la nota y la foto por compartir que una compatriota liliputiense, de 65 centímetros, había sido una celebridad, y me preguntaba si lo sabía. Yo no tenía la menor idea, es un personaje que hizo su carrera fuera de Cuba y nunca fue popular en nuestro país.

P.: ¿Qué significa para un escritor hallar un personaje así?

A.O.R.: Suculento. Por lo general uno busca personajes, en este caso el personaje llegó a mí. Y llevaba en el equipaje todo lo que se necesita para ser la heroína de una novela. Traía con ella una época fascinante, el tránsito del siglo XIX al siglo XX. Tenía todo para ser una novela. Lo primero que sentí fue temor. Me dediqué a rastrear las principales bibliotecas de Estados Unidos pensando que era muy difícil que ese personaje hubiera estado olvidado durante cien años y que nadie lo hubiera usado como protagonista de una novela. Cuando descubrí que estaba virgen para la literatura, sentí gran alivio y de inmediato comencé a trabajar.

P.: ¿Cuánto tiempo le llevó?

A.O.R.: Cinco años, entre investigación, escritura y revisión. Fue un clásico flechazo, un amor a primera vista, apenas vi la foto de Chiquita. Había estado trabajando durante dos años en otra novela, y la dejé de lado. Hubo amigos que me dijeron que había perdido la razón, pero de eso se trata cuando uno se enamora locamente de alguien.

P.: ¿Qué fue lo que más le atrajo de lo que fue descubriendo?

A.O.R.: Primero el aspecto físico de Chiquita, después su carácter independiente, su resistencia a ser clasificada como fenómeno de feria. Me cautivó explorar la experiencia del emigrado. Me atrajo que tuviera un temperamento muy fuerte, y estuviera acostumbrada a hacer su voluntad, a vivir su aire.

P.: Y no le faltaron aventuras, consagraciones artísticas, pasiones, amores y amoríos.

A.O.R.: Tiene que haber tenido una capacidad de seducción muy grande no sólo para cautivar a los espectadores que llenaban teatros para verla, sino también a sus amantes. Despertó amores muy borrascosos, tal vez porque tuvo una mentalidad muy abierta y sus amantes podían ser liliputienses igual que ella, o medir un metro ochenta. Era muy desprejuiciada, no le importaba la opinión ajena, sólo así se explica que a los 34 años, en el cenit de su carrera, se casó en secreto, en una boda muy escandalosa, con un chico de 17 años que era el hombre sandwich de la feria internacional donde ella estaba trabajando. Ella, «la muñeca viviente», una mujer perfecta pero que no nos llegaba a las rodillas, era una estrella que doblaba en edad a ese campesinito alto y espigado que hizo su marido.

P.: ¿Cómo se planteó su novela?

A.O.R.: Conseguí mucha información pero no la respeté al pie de la letra. Tenía claro que escribía una novela, no una biografía, y traté la vida de Chiquita con total libertad. Tomé una parte y otra la inventé a mi antojo, sin ningún escrúpulo. Comencé a escribir desde un narrador omnisciente que lo sabía todo sobre Chiquita y nos daba su visión, única e inamovible. No era lo que yo quería. El mío era un personaje más complejo que involucrara al lector en su trazado final. Se me ocurrió usar tres narradores. Chiquita cuenta su historia disfrazando su voz con un narrador en tercera persona, para poder decir maravillas sobre sí misma sin parecer narcisista. Después está ese joven que le sirvió de amanuense, que tomó el dictado de sus memorias, y que años después tratade reconstruir algunos capítulos perdidos de la biografía, y hace un contrapunto con lo dicho por Chiquita, negando o ampliando a veces lo que ella dijo. La tercera voz corresponde a la del autor del libro que hace precisiones, señalamientos críticos.

P.: ¿Qué momentos le divirtió escribir?

A.O.R.: Por ejemplo, los episodios en el París de la Belle Epoque, con un mundo de mujeres galantes, prostitutas de lujo, tratando de convencer a Chiquita para que le preste menos importancia al teatro y se consiga amantes emperadores, reinas o reyes, primeros ministros. Le dicen: esos pervertidos se volverían locos por ti. Me divertí mucho burlándome de toda esa proliferación de historias sobre sectas y hermandades secretas que hay en la novelística actual, e imaginando una secta de enanos que quiere tener el dominio del mundo. Y me emocioné cuando escribí en estado de gracia la historia de «Capitán el perro invisible», donde recreé una leyenda de la ciudad de Matanzas, que fue como si me hubiera sido dictada, donde al final no tenía nada que cambiar. Y me fue conmovedor describir, al final, cuando Cándido Olazabal y Rústica, en un botecito en la bahía de Matanzas, se están despidiendo del último recuerdo que queda de Chiquita, que es su talismán mágico. Supongo que era porque yo también me estaba despidiendo de Chiquita y de su mundo.

P.: ¿Conocía la película «De eso no se habla», que dirigió María Luisa Bemberg a partir de un cuento de Julio Llinás?

A.O.R.: En su momento disfruté mucho viéndola, y cuando comencé a trabajar en este libro volví a verla como un referente ineludible, del mismo modo que vi «Freaks», la legendaria película de Tod Browning. En Bemberg me interesó ese espíritu irónico sutil y elegante tan típico de su obra, y que en esa película está particularmente presente. Aunque allí la relación entre la enana y Marcello Mastroianni tiene tintes más grotescos, sobre todo por el físico del personaje de la enana, que no es como en mi novela una liliputiense. Me interesó cómo representa la autenticidad de la pasión amorosa del hombre de estatura normal por esa mujer minúscula, y el desdén de esa enana que desde su pequeña pero majestuosa estatura se deja querer. Sentimientos que uno podía prever que iban a ser de otra forma, y ahí está mostrado lo sorprendente de la complejidad de las relaciones de los personajes, de las relaciones humanas. Me hizo ver que las relaciones amorosas de mi protagonista no podían ser tan sencillas como se esperaban. Medir 65 centímetros no la colocaba en una posición menor en el momento de elegir y decidir sus relaciones amorosas. Uno piensa que se sentiría halagada y en la gloria por ser cortejada por un hombre de estatura común, y nada de eso, ella decidía con altivez, distancia y hasta una gran dosis de misterio.

P.: Y, además, recibió los 175 mil dólares del premio Alfaguara.

A.O.R.: Más que la plata, que nunca viene mal, esto fue bueno porque me permitió saltar las difíciles barreras de la distribución de los libros. Hay magníficos escritores de un país que no se conocen ni aún en el país de al lado. Con este premio tuve el privilegio de alcanzar difusión internacional, y eso es invalorable.

Entrevista de Máximo Soto

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