9 de septiembre 2005 - 00:00

Coinciden dos muy disímiles Médici

En 1996, Eduardo Médici (1949), importante referente de la pintura de los '80, confesaba que no quería pintar porque no le daba placer. Un momento de crisis en el que indagó en otros procedimientos, fotografías, negativos, emulsión fotográfica. El año pasado comentamos su muestra de fotografías, una secuencia a manera de friso, del mismo rostro de una joven que Médici manipuló a su antojo pasando desde la sonrisa inocente al gesto cruel. Pero cualquiera que sea su medio expresivo, Médici siempre es visceral. Recordamos «Autopsia», una obra clave de 1990/91. Ante sus propuestas no se puede hacer «zapping», hay que asumir el riesgo, siempre son movilizadoras y el artista no hace concesión alguna.

«Restos, Rastros, Rostros y Boquitas Pintadas»,
acrílicos sobre tela, fotografía intervenida sobre tela, obras realizadas entre 2004 y 2005 que se exhibe en el Centro Cultural Recoleta constituye una visión cruel del rostro y figura femeninos, a veces emergiendo de sus característicos lunares pictóricos, otras, a través de transparentes cortinas a lunares. Algo pasa en esos rostros apenas visibles, o en partes de ellos, eso sí, los labios rabiosa y desafiantemente pintados.

La foto como una acción instantánea y azarosa y la pintura que en Médici pareciera fruto de un trabajo más espontáneo sin cuidar lo formal, se conjugan y dan como resultado una imagen borrosa, por momentos, grotesca del rostro crispado, amargo, que se interroga acerca de la precariedad de la existencia.

*También
en el Centro Cultural Recoleta, Héctor Médici, que como su colega del mismo apellico mencionado más arriba, es también un referente de los '80. En «op.cit», Héctor Médici reúne las 22 obras que él considera más significativas de sus últimos cinco años de trabajo. Rever, reutilizar, reciclar las obras y objetos de su obra pasada en un nuevo contexto es su manera de presentarlas en sociedad. Cuadrículas simétricas con pequeños personajes en acción ligados a figuras mitológicas, trazados urbanos, jardines, constituyen una característica de este artista.

En esta muestra hay superposiciones de bastidores, creemos que también una incursión por el marco recortado de los '40 que aparece ampliando la visión y hasta con el que ensaya una suerte de trompe l oeil. Se podría decir que sus cuadros se han vuelto barrocos por el agregado de estos elementos, lo que en cierta forma se contradice con lo constructivo de una obra en la que el cuadrado es casi siempre protagonista.

Al contrario de la pintura visceral de Eduardo Médici, la de Héctor es reflexiva, meditada, y que como lo señaló hace algunos años el teórico Lucas Fragasso, aspira a narrar la imposibilidad de toda «lectura» definitiva. Es quizás por eso que Héctor Médici vuelve valerosamente sobre sus pasos, para evitar repetirse y no dejar a su vez de ser él mismo. Ambas muestras cierran el 25 de septiembre.

• Ary Brizzy

En Castagnino-Roldán (Juncal 743) se exhibe un conjunto de obras de distintos períodos de Ary Brizzy (1930), exponente muy reconocido de nuestro arte geométrico. Pertenece al grupo escindido de la ortodoxia que sin apartarse de su rigor formal, pone el énfasis en las gradaciones cromáticas y en lo lumínico dotándolas de una gran fuerza poética. Sus obras, precisamente exigen una luminosidad exterior puntual que destaque ese énfasis pero salvado el error de montaje, el conjunto se defiende por sí mismo.

Nada es estático y las bandas seriadas con sus diferentes gradaciones hace flexible esta geometría que se desplaza sutilmente por la superficie. El vocabulario de
Brizzy se nutre de irradiaciones, secuencias, ya que esas bandas seriadas parecen iluminarse progresivamente, sobre todo aquellas en las que el blanco domina y que alude a una síntesis de totalidad.

También debe destacarse el carácter obsesivo de la pintura de este artista en búsqueda de la luz que está tradicionalmente identificada con el espíritu cuya superioridad se reconoce por su intensidad luminosa. Clausura el 10 de septiembre.

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