«En casa/En Kabul» de T. Kushner. Dir.: C. Gandolfo. Int.: E. Tasisto, A. Segado, L. Novoa, M. Lubos, C. Tolcachir, H. Peña, R. Merkin y elenco. Mús.: P. Lapouble. Ilum.: H. Calmet y M. Morales. Vest.: F. del Gener y M. del Gener. Esc.: F. del Gener, M. del Gener y C. Gandolfo. (Sala Casacuberta, TGSM.)
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El dramaturgo Tony Kushner estrenó esta pieza en 1999, poco después de que el ejército norteamericano bombardeara en Afganistán unos presuntos campos de entrenamiento para terroristas. «En casa/ En Kabul» le permitió al autor poner de manifiesto su duro rechazo a la política exterior de su país y a los estragos del régimen talibán; además de arrogarse la pretenciosa tarea de explicarle al resto del mundo los misterios y contradicciones de la sociedad afgana. Kushner exhibe en varios pasajes de la obra sus vastos conocimientos sobre la zona (incluyendo citas del Corán y parlamentos en dari y pashtu) en un intento, tan ingenuo como conmovedor, de derribar muchos de los prejuicios que han demonizado al mundo musulmán hasta convertirlo en el gran enemigo de Occidente.
La obra se inicia con un encantador monólogo, de aproximadamente una hora de duración, en el que una extravagante ama de casa inglesa intenta compartir con el público -guía turística en mano-su creciente fascinación por Afganistán. Agobiada por sus problemas conyugales, los desbordes de su hija Priscilla y el vulgar materialismo del «primer mundo», la mujer encuentra su refugio en la literatura y en la evocación de una cultura exótica y milenaria cuya magia se resiste a ser manoseada y corrompida por la avidez de consumo de Occidente. Su inesperado encuentro con un vendedor de artesanías orientales, al que ella supone afgano, la impulsa a viajar a aquel país.
Luego de este magnífico soliloquio que Elena Tasisto interpreta con seductora convicción, la acción salta de Londres a la violenta y caótica Kabul del período talibán, con prohibiciones de una misoginia tan enfermiza que hace que las mujeres enloquezcan o se suiciden de pura desesperación. Allí llegan el marido (Alberto Segado) y la hija (Laura Novoa) de esta excéntrica inglesa en busca de su cadáver o de su paradero; ya que una versión extraoficial indica que la mujer acaba de casarse con un poderoso musulmán.
Por más que la obra esté centrada en un intenso drama familiar, dentro de un contexto altamente politizado, su formato termina resultando muy similar al de una miniserie de espionaje. Esto hace las tres horas y pico que dura el espectáculo se sigan con interés. Dos de los tres actos de la obra transcurren en Afganistán y tienen por protagonistas a Novoa y a Segado. Este compone a un especialista en sistemas de comunicación, un hombre débil y egoísta, que hasta resulta simpático en su incontrolable patetismo. Las escenas en que se droga junto al irresponsable empleado de una ONG (Claudio Tolcachir) transmiten una fascinante cuota de delirio. Novoa, en cambio, no alcanza a transmitirla complejidades de Priscilla (una torturada «borderline» ahora en crisis por la pérdida de su madre). Al aferrarse, durante toda la obra, a un tono lloroso y lastimero, la actriz desdibuja el sinuoso mundo interno de su personaje.
La puesta de Carlos Gandolfo ofrece una lectura muy clara y accesible de la pieza sin acertar con su diseño espacial y escenográfico, saturado de elementos discordantes y anticlimáticos. Pero, contra todos los pronósticos, uno de sus mayores hallazgos fue presentar a los personajes afganos hablando en su propia lengua (tal como lo pide el autor). El riesgo era enorme y podría haber dado lugar a una experiencia involuntariamente bizarra, pero el sólido trabajo de los actores implicados -entre los que se destacan muy especialmente Marta Lubos en el rol de Mahala, una ex bibliotecaria que hará todo lo posible por viajar a Londres, y Ricardo Merkin , como el imponente ministro talibán-permiten que el espectador se asome a un territorio, quizás no tan mágico como promete el monólogo inicial pero bastante distinto al que muestran los noticieros.
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