2 de julio 2001 - 00:00

Córdoba disfrutó una revalorada "Aurora"

Darío Volonté y Cecilia Lapponi.
Darío Volonté y Cecilia Lapponi.
Primer intento de aproximación a la epopeya de mayo de 1810, la ópera «Aurora», estrenada en el Colón el 5 de setiembre de 1908, representa en su temática y exégesis poética la búsqueda, a través de un gran espectáculo operístico, de una identidad nacional. Si el modelo utilizado por Héctor Panizza (1875-1967) corresponde a los lineamientos de la ópera italiana en boga -el verismo-, es por la predilección del maestro argentino por una forma y un estilo que sentía muy cerca, por sus ancestros y la frecuentación del arte lírico del pasado y de sus contemporáneos, con Puccini a la cabeza.

Con un primer acto muy eficaz y un segundo algo menos, quizá sea en el tercero donde se perciben los huecos más significativas de la obra, aunque haya que rescatar entre segundo y tercero el «intermedio épico», en el que el tenor canta junto al coro la bella «Canción a la Bandera», momento que justifica toda la creación de Panizza.

En la reciente puesta de «Aurora» en el Teatro del Libertador de Córdoba, hubo un punto muy alto que fue la concertación del maestro Fernando Alvarez, que tuvo el mérito -por inteligencia y sensibilidad musical-de transformar un material original con sus incoherencias en una propuesta compacta, articulada y valiosa.

En el triunfo no estuvo solo: la atinada régie de Cheté Cavagliatto, sencilla y contundente, aportó el dramatismo y la heroicidad que «Aurora» requiere. También los intérpretes principales concretaron una tarea tocada por la excelencia lírica, desde el tenor Darío Volonté (conmovedor y pasional Mariano), la soprano Cecilia Lapponi (registro amplio y dramático) y el barítono Ricardo Ortale (autorizado Don Ignacio). Se destacaron asimismo Ricardo Cassinelli, Eliana Bayón y Enrique Gibert en un cast bastante parejo.

El Coro Polifónico conducido por Gustavo Maldino y la Orquesta Sinfónica de Córdoba respondieron con disciplina y vuelo poético tanto como con energía y vehemencia, según las necesidades dramáticas lo exigían, a la batuta de Alvarez. Con economía de recursos y belleza, la escenografía de Santiago Pérez reflejó la arquitectura colonial de la Córdoba del 1800, donde ocurren las acciones de «Aurora».

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