La premiada «Epistrophy XXXV», de la serie inspirada en la
música de Thelonius Monk, un ejemplo del equilibrio, el esteticismo
y la pureza de la imagen que caracterizan a Salvador
Costanzo.
Por el acrílico sobre tela «Epistrophy XXXV», Salvador Constanzo (1940) ganó el Gran Premio Adquisición del Salón Nacional de Artes Visuales 2004. Parte de esta serie inspirada en la obra musical del mismo nombre de Thelonius Monk, se exhibe en Galería Forma (Thames 1620) hasta el 15 de julio. El rigor formal de su obra está basado en la frecuentación y admiración por Víctor Magariños D., Ary Brizzi, la estética de Arte Concreto Invención y más lejos en el tiempo, los Constructivistas rusos, por lo que también está lejos de toda narrativa, salvo aquella que pudiera instalarse en lo cósmico.
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Sujeto a la tradición del cuadro pintado manualmente, quizás influido por el simbolismo histórico de la luz en el arte, que creemos es trascendental para el artista, la pintura «fluorescente» de Constanzo evita caer en lo decorativo. La luminosidad es restallante en las diagonales que se entrecruzan dando lugar a un juego de planos de color que parecen separarse para generarlas. Constanzo puede lograr infinitas variaciones a través de las rectas de las que emergen fulgores que, a veces, acentúan la energía de los rojos, por ejemplo, en el cuadro citado al comienzo de esta nota.
En cambio, en «Epistrophy XXXXXII», los rojos aparecen evanescentes. Esta dualidad es recurrente según la tonalidad elegida por este vigoroso colorista capaz de configurar un seductor juego de modulaciones. En la retina del contemplador se produce un efecto de transparencia que se incorpora a la totalidad de su percepción visual como un centro de luz generador que ilumina el espacio que lo contiene y hasta vuelve innecesaria la iluminación exterior. Constanzo aborda la escultura en una serie en aluminio anodizado, «Cielo de Acero», realizada en 2005 así como «Metrópolis», madera pintada, una visión arquitectónica posible. La obra de esta artista que desarrolla una importante y reconocida actividad docente, responde a las nociones de orden, equilibrio, esteticismo, pureza de la imagen, oficio virtuoso. • Casi 100 obras de Domingo Onofrio componen la retrospectiva que se exhibe en el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori (Avenida Infanta Isabel 555 (frente al Rosedal). Nacido en Buenos Aires en 1925 fue maestro de escuela en Jujuy, fotógrafo, diseñador gráfico, docente de dibujo y pintura. Alumno de Onofrio Pacenza, Lucio Fontana, Pettoruti, Spilimbergo, colaboró con Castagnino y Policastro en la realización de diversos murales. Este artista ha abordado diferentes tendencias, resultado de la frecuentación de los artistas mencionados, y encontrado un lenguaje afín con los postulados de la modernidad en cuanto a la idea de la gran armonía, de que pictóricamente un cuadro debe ser «una fiesta para los ojos» o como señalaba Gauguin, «el contenido expresivo tiene que imponerse, antes de que se hayan reconocido los objetos, como un acorde mágico».
Esto se percibe a lo largo de un profuso recorrido, «un viaje por 60 años de imaginación», que comprende desde su «Paisaje de Tilcara» (1953), una visión característica de cierta pintura argentina de los '50, el osado cielo amarillo de 1971, sus incursiones oníricas de los '70, la soledad y el silencio en los paisajes de los '80, entre los que destacamos «Fábrica de Lugano», una cierta incursión fantasmal de los '90, un poscubismo que reaparece en los '90.
Debido a una severa enfermedad en 1997 interrumpe la continuidad de su actividad pública pero continúa dibujando y pintando. Clausura el 10 de julio. • Invitada especialmente por el Museo Nacional del Grabado, Eva Toker Jawerbaum expone su serie «Torsos». A pesar de su gran experiencia en la técnica del grabado, cada una de sus muestras se inscribe en lo experimental.
Recordamos su estampación de troncos de árboles o la combinación de texturas que remitían a las huellas dejadas sobre la tierra en imágenes difusas, ambiguas. En esta serie utiliza la seda con la que por medio de pliegues va configurando esculturas blandas sobre las que deja las huellas, también difusas, por las que se identifica su lenguaje gráfico.
Encerrados en cajas transparentes, intenta preservarlos, una metáfora sobre esa parte del cuerpo que cobija el corazón, el vientre, el pecho, como una fuente de vida. Se destaca una tela desplegada a manera de friso en la que la artista muestra el entramado de sus abstracciones y una figura femenina, mitad humana, mitad serpiente, simbólica por antonomasia de la energía y poder protector de las fuentes de la vida. No en vano, Toker Jawerbaum la ha elegido para, en cierta forma, presidir esta exposición. Hasta el 31 de julio. Defensa 372. Lunes a viernes y Domingos de 14 a 18.
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