«La Ultima Cena», la obra que dio la consagración definitiva a Salvador Dalí al ingresar a
la National Gallery de Washington.
Pareciera que Salvador Dalí, uno de los artistas más populares de la historia del arte, nació para llamar la atención y ser una persona singular. Fue bautizado en Figueras, un pueblo a dos horas de Barcelona camino a Francia, el 11 de mayo de 1904 con el nombre de Salvador Domingo Felipe Jacinto Dalí y Domenech. Siempre sostuvo que conoció la muerte antes que la vida, ya que un hermano mayor, fallecido antes de su nacimiento, había sido bautizado Salvador y sus padres aseguraban que él era su reencarnación. En esta familia tan especial, el padre, que era escribano, no favoreció su carrera; sí, en cambio, la madre.
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Con apenas quince años realizó su primera exposición y a los 18 ya lo encontramos vestido como un personaje del siglo XIX, estudiando en la Academia de San Fernando en Madrid, donde sus compañeros admiraban su dibujo y su calidad artística, pero los profesores no toleraban su excentricidad y rebeldía. Es por eso que lo expulsan luego de cuatro años de estudio.
Parte a París, donde conoce a Picasso, con quien siempre tuvieron una mala relación de celos y enojos. Durante una época se deja influir por el malagueño y por Joan Miró. Se acerca al grupo surrealista que lideraba el poeta Paul Eluard, pero lo que le interesaba a Salvador era la mujer de éste, Gala. Ella se convertiría en la persona que más influyó en Dalí, quien tenía una sexualidad no muy bien definida y que pasaba de romances con Federico García Lorca a un relación medio extraña con esta mujer, sin duda inteligente, que lo acompañó en todo momento, siendo fundamental en la década del cuarenta cuando parten a Estados Unidos. Allí logra la consagración definitiva cuando una de sus obras («La Ultima Cena», a nuestro criterio lo mejor de este creador) ingresa a la National Gallery de Washington. Esta obra extraordinaria representa el Jueves Santo como un día glorioso y no triste como es la iconografía creada por Da Vinci y reproducida hasta el cansancio. En ella, Dalí nos muestra su grandeza, situando la acción en el pueblo paterno de Cadaqués y mostrando a Jesús con una luz de resplandor y de gloria.
Salvador Dalí es el artista surrealista más importante de la historia. Tanto sus dibujos como sus pinturas son producto de sus sueños y de una imaginación que supera largamente los promedios. Su capacidad histriónica hizo que se lo calificara de «avida-dollars», como si su única preocupación fuera aumentar su ya abultada cuenta bancaria. No creemos que haya sido así sino que, a su manera, él desarrolló las necesidades de una sociedad que quería consumir un personaje diferente y con una dosis de «locura».
Su obras gráficas son las estrellas de dicho mercado; curiosamente, Dalí no era muy cuidadoso en el tema, y la gran mayoría de las obras que circulan carecen de los requisitos mínimos para ser considerados obras gráficas de seguridad jurídica y artística. Otro tanto puede ocurrir con el mercado de sus esculturas que son recreaciones en volumen de algunos de sus dibujos o pinturas. El mercado de óleos es pequeño, razón por la cual pocas obras salen a la venta: sólo una docena por año en la última década y apenas seis el último año.
Su firma se ha valorizado en 400% en la última década y sus obras se venden en un millón de dolares de promedio, Sus mayores precios rondan los cinco millones, pero si alguna de sus obras surrealistas famosas salieran a la venta, los precios llegarían a las nubes.
Su memoria está custodiada por la Fundación Dalí, que él creara en 1974 y que tiene en el Teatro y Museo Dalí de Figueras el ambiente mas destacado, ya que todo fue diseñado por el artista. En San Petersburgh ( Florida, EE.UU.) se encuentra también un extraordinario museo que tiene miles de obras del genial catalán.
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