16 de agosto 2001 - 00:00

Darín divierte y emociona entre personajes creíbles

Darín, Aleandro y Alterio.
Darín, Aleandro y Alterio.
«El hijo de la novia» (Argentina-España, 2001, habl. en español). Dir.: J.J. Campanella. Guión: F. Castets y J.J. Campanella. Int.: R. Darín, H. Alterio, N. Aleandro, N. Verbeke.

"El hijo de la novia" mejora cada ingrediente de la ya atractiva fórmula de «El mismo amor, la misma lluvia», el elogiado, premiado y taquillero film anterior de Juan José Campanella. El director, que es argentino pero empezó a filmar en Estados Unidos -y lo sigue haciendo-, se muestra más maduro y también más relajado con esto de pensar y expresarse en argentino. Junto a su coguionista habitual Fernando Castets (coautor de «El mismo amor...» y de la serie televisiva «Culpables») ha escrito un guión más fluido, en el que la gente sigue hablando mucho, pero esta vez sin quitarle ritmo a una película hecha de pequeños y bien logrados episodios con principio, desarrollo y final.

Aunque en el caso el argumento gira alrededor de un cuarentón en crisis terminal en todo sentido (Ricardo Darín en otro personaje de rápida identificación con la platea), lo que busca Campanella es volver a entronizar las emociones y los sentimientos en el lugar que hoy ocupa en nuestra(s) sociedad(es) el éxito económico. Por eso, al autismo del protagonista para todo lo que no sea «ser alguien» económica y socialmente hablando, claro está, se opone la conmovedora historia de amor de sus padres. Un amor que está por encima, incluso, del deterioro: la madre (Norma Aleandro) padece el mal de Alzheimer.

Al respecto, ésta es también una película sobre las relaciones entre padres e hijos, la necesaria ruptura de tradiciones, el blanqueo de prejuicios acerca de uno mismo y de los demás, entre otras cosas. En ese juego de oposiciones, hay numerosos guiños u homenajes que incluyen a Alfredo Alcón parodiándose a sí mismo junto a Adrián Suar, en una escena realmente divertida que con el tiempo figurará en las antologías del cine criollo.

Acierto

Una vez más, Campanella acierta poniendo la situación actual del país como insoslayable, pero no subrayable, telón de fondo, elaborando diálogos creíbles (salvo el monólogo que le asesta Darín a un cura, cargado de dactilografía de guión de taller literario), llevando las escenas emotivas al límite sin caer nunca (el más peligroso era otro monólogo de Darín para su madre perdida dentro de sí misma) y, sobre todo, dirigiendo a los actores con un respeto reverencial.

Lo bien que hace, ya que en las formidables actuaciones está el secreto de la eficacia de
«El hijo de la novia». Desde la exquisita composición de Norma Aleandro (se pregunta uno cómo consigue esa mirada extraordinariamente opaca), a una tan sorprendente como hilarante Claudia Fontán, en el más ínfimo papel hay un actor o una actriz. Y eso se nota. En un film en el que todo cierra, es importante quedarse en el cine hasta bien avanzados los créditos finales.
 

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