Hoy, 6 de marzo de 2026, el mundo del rock celebra las ocho décadas de David Gilmour. El hombre que tomó las riendas de Pink Floyd en su momento más errático para convertirlo en un gigante planetario llega a los 80 años como el último gran guardián de una forma de entender la música: como una experiencia trascendental, espacial y profundamente emocional.
David Gilmour cumple 80 años: la guitarra y voz que redefinió el sonido de Pink Floyd
El arquitecto de las melodías infinitas llega a las ocho décadas. De su llegada para cubrir el vacío de Syd Barrett, la consagración mundial, el traumático divorcio con Roger Waters y su presente musical.
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Un repaso por la historia del legendario músico.
David Jon Gilmour nació en Cambridge en 1946, en un hogar marcado por el intelecto. Hijo de un profesor de zoología de la Universidad de Cambridge y una editora de cine, su destino parecía ligado a las aulas. Sin embargo, el joven David encontró en la radio y en los discos de blues llegados de Estados Unidos una fascinación que cambiaría su vida.
A diferencia de otros guitarristas de su época, Gilmour no buscaba la velocidad frenética. Su educación musical fue autodidacta, aprendiendo a tocar sobre discos de Pete Seeger y Lead Belly. En los años 60, mientras formaba bandas como Joker’s Wild, David ya destacaba por una limpieza técnica inusual.
Pero la música no pagaba las facturas de inmediato; su apostura física lo llevó incluso a trabajar como modelo en París, una anécdota que hoy parece un pie de página en la vida de una leyenda, pero que habla de su pragmatismo juvenil antes de alcanzar las estrellas.
1968: al rescate de Pink Floyd y la sombra de Barrett
La llegada de Gilmour a Pink Floyd es uno de los momentos más agridulces de la historia del rock. Su amigo de la infancia, Syd Barrett, el genio visionario que había fundado la banda, se estaba desmoronando debido al consumo excesivo de LSD y una salud mental frágil. En enero de 1968, Roger Waters, Nick Mason y Richard Wright invitaron a David a unirse como un quinto miembro.
El plan inicial era que Gilmour tocara la guitarra mientras Barrett se limitaba a escribir canciones o deambular por el escenario. Pero la situación fue insostenible. Durante cinco semanas, Pink Floyd fue un quinteto caótico hasta que, un día de camino a un concierto en Southampton, decidieron no recoger a Syd.
David no solo ocupó el espacio físico de su amigo; heredó la responsabilidad de dar una dirección musical a una banda que se había quedado sin timón. Lejos de intentar imitar el estilo errático de Barrett, Gilmour introdujo una sensibilidad melódica, un control del sustain y una elegancia que alejaron a Pink Floyd de la psicodelia pura para llevarlos al terreno del rock progresivo cinematográfico.
El arquitecto del sonido: la guitarra que canta
¿Qué hace que el sonido de Gilmour sea instantáneamente reconocible? La respuesta está en su capacidad para "hacer hablar" a la guitarra. A través de su icónica Black Strat (una Fender Stratocaster negra modificada hasta el infinito), David desarrolló un estilo basado en el bending —estirar las cuerdas con una precisión milimétrica— y el uso del delay para crear capas de sonido.
Su talento como cantante también fue crucial. Mientras que la voz de Roger Waters era teatral y a menudo agresiva, la de Gilmour era etérea, melancólica y profundamente humana. En álbumes fundamentales como The Dark Side of the Moon (1973) y Wish You Were Here (1975), Gilmour fue el encargado de inyectar belleza en las letras existencialistas de Waters. Sin su voz en "Time" o sus solos en "Shine On You Crazy Diamond", Pink Floyd habría sido una banda mucho más fría y menos accesible.
El choque de titanes: la fractura con Roger Waters
El éxito planetario trajo consigo una lucha de poder. A finales de los años 70, durante las sesiones de The Wall (1979), la relación entre Gilmour y Waters entró en una espiral de toxicidad. Waters había asumido el control creativo total, relegando a los demás a la categoría de meros ejecutantes.
Gilmour, sin embargo, fue el único que se atrevió a cuestionar las decisiones de Waters. De hecho, la obra cumbre del disco, el solo de guitarra de "Comfortably Numb", nació de una feroz discusión entre ambos sobre cómo debía sonar la producción. Fue un matrimonio artístico que funcionaba por fricción: la oscuridad de Waters necesitaba la luz de Gilmour para brillar.
La ruptura definitiva llegó tras The Final Cut (1983), un álbum que Gilmour consideraba —con razón— un proyecto solista de Waters bajo el nombre de la banda. En 1985, Waters anunció su salida y declaró que Pink Floyd era una "fuerza agotada". Asumió que, al irse él, la banda dejaría de existir. No podía estar más equivocado.
La guerra legal y la era Gilmour de Pink Floyd
Lo que siguió fue una batalla en los tribunales que llenó los tabloides británicos. Waters demandó a Gilmour y Mason para impedir que siguieran usando el nombre de Pink Floyd. Gilmour, con una determinación de hierro, defendió que la banda era una entidad colectiva y no el feudo de un solo hombre.
David ganó la batalla legal y tomó las riendas del grupo. Bajo su liderazgo, Pink Floyd lanzó A Momentary Lapse of Reason (1987) y The Division Bell (1994). Si bien los críticos echaban de menos el mordiente lírico de Waters, el público dictó sentencia: las giras de Gilmour fueron las más exitosas de la historia de la banda, demostrando que para la mayoría de los fans, el "sonido Floyd" era, en esencia, la guitarra de David Gilmour.
Breves destellos de paz: De Live 8 a la O2 Arena
A pesar de décadas de hostilidad y ataques públicos por parte de Waters, el siglo XXI trajo momentos de reconciliación que los fans atesoran como reliquias. El primero fue el legendario Live 8 en 2005, donde los cuatro miembros clásicos se reunieron para un set de 20 minutos que detuvo el planeta.
Sin embargo, hubo otro momento menos publicitado pero igual de significativo en mayo de 2011. Durante la gira "The Wall Live" de Roger Waters en Londres, ocurrió lo impensable: David Gilmour apareció en lo alto del muro para interpretar el solo de "Comfortably Numb". Ver a los dos antiguos rivales compartiendo el escenario en la O2 Arena fue un shock emocional para los presentes. Al final del show, Gilmour y Nick Mason se unieron a Waters para tocar "Outside the Wall". Por una noche, las rencillas desaparecieron y el mundo recordó por qué ese trío (junto al fallecido Richard Wright) había cambiado la música para siempre. Fue la última vez que Gilmour y Waters tocaron juntos.
La carrera solista y el refugio en la familia
Lejos de la maquinaria de Pink Floyd, Gilmour construyó una carrera solista marcada por la exquisitez. Álbumes como On an Island (2006) y Rattle That Lock (2015) lo mostraron como un artista en paz, más interesado en explorar atmósferas que en llenar estadios (aunque lo siguiera haciendo).
En esta etapa, su esposa, la novelista Polly Samson, se convirtió en su principal colaboradora lírica, dotando a sus canciones de una madurez literaria sobre el paso del tiempo y la pérdida.
Su trabajo más reciente, Luck and Strange (2024), es quizás el más íntimo de todos, contando con la participación de sus hijos y mostrando a un David que, a pesar de su inmensa fortuna, sigue encontrando la felicidad en el acto de pulsar una cuerda de guitarra en su estudio flotante, el Astoria.
El presente y legado de David Gilmour
David Gilmour llega a los 80 años sin haber perdido su brújula moral. En 2022, volvió a usar el nombre de Pink Floyd por una causa de fuerza mayor: grabar "Hey Hey Rise Up" para recaudar fondos para el pueblo de Ucrania. Este gesto no solo demostró su vigencia, sino que reavivó sus diferencias ideológicas con Roger Waters, a quien criticó duramente por sus posturas políticas actuales.
Recientemente, la venta del catálogo de Pink Floyd a Sony por 400 millones de dólares ha permitido a Gilmour desprenderse de la carga administrativa de su pasado. "He pasado 40 años lidiando con discusiones y vetos. Poder venderlo y seguir adelante es un alivio", confesó.
A sus 80 años, Gilmour es mucho más que un "exmiembro de Pink Floyd". Es el hombre que enseñó al rock que menos es más, que una nota bien colocada puede decir más que mil palabras y que la belleza es, a menudo, la mejor forma de resistencia. Su legado no está solo en los estantes de discos, sino en cada guitarrista que hoy, en algún lugar del mundo, intenta emular ese sonido infinito.
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