16 de abril 2003 - 00:00

Despierta interés una galería de personajes

Ovidio Lagos «Argentinos de raza» (Bs. As., Emecé, 2003, 210 pags.) razar perfiles de personajes T a partir de la literatura no es fácil. Lytton Strachey fue capaz de hacerlo y aún disfrutamos de sus memorables protagonistas, vistos por primera vez a través de una técnica absolutamente revolucionaria hacia 1920. Era la irrupción del psicologismo, de recrear escenarios, de colocar al lector en un mundo.

«Argentinos de raza»
es esa clase de libro. Ovidio Lagos construye una notable galería de personajes, que se deslizan por la vida -en su gran mayoría-de forma superficial, pero con un notable dominio de la estética, del estilo y del savoir faire, una virtud cada vez más escasa. A pesar de que esa generación compartió códigos y padeció algunos males comunes, nos sigue deslumbrando, precisamente porque cada historia es única e irrepetible. Son 14 personajes quienes transitan por estas páginas. La progression d'effet, es decir la perfecta construcción literaria que hace avanzar la acción, es acaso uno de los mayores logros de estos breves y deliciosos perfiles -técnica que Lagos desarrolló con extrema pericia en «La pasión de un aristócrata», biografía de Marcelo T. de Alvear y de Regina Pacini. Entre otras cosas, por haber respirado el mismo aire. Un breve encuentro con la legendaria Dulce Liberal de Martínez de Hoz le sirve no sólo para dibujarla, sino para relatar una historia que es un estudio de la elegancia, de su significado y de lo efímero. La escena en París entre la aristócrata argentina y André Malraux podría engrosar una antología de la belleza, la seducción y la educación.

•Fauna heterogénea

El texto enfatiza casi en forma permanente la desaparición de una cultura en la Argentina, sin nada que la reemplace a cambio. Quizás por eso estos seres se elevan a alturas impredecibles y se diferencian superlativamente de quienes transitan por la posmodernidad. El autor ha conocido a todos los integrantes de esta extraordinaria galería de personajes -a excepción de Aarón de Anchorena-, lo cual le permite la perfecta conjunción de la literatura con un periodismo sutil. Esa proximidad logra retratar una fauna heterogénea donde no todos pertenecen a la clase alta, como es el caso del director de cine Luis Saslavsky y del pintor Domingo Candia.

Hay perfiles y relaciones humanas donde el trazo se agudiza, como los de Inés de Ancho-rena de Acevedo y de su oculta hermana, Inés Borbón Cobo, que bien podrían formar parte de un relato de Guy de Maupassant. O el célebre Lucas Padilla, que se encuentra en la paradójica y desesperada situación de no saber qué hacer con una bomba a punto de explotar en plena calle Florida. Pero quizás el perfil mejor trazado corresponda a María Rosa Daly Nelson, a su inveterado espíritu de transgresión, a su orientación sexual y a su fanatismo peronista que escandalizó a la clase alta porteña.

«Argentinos de raza»
pinta un mundo que se fue y no podemos dejar de lamentarnos de que la posmodernidad, además de no ofrecer filósofos, dramaturgos, escritores o pintores excepcionales, nos prive de estos seres que desarrollaron algo que tampoco abunda, como es la personalidad. Quién, en esta Argentina, se atrevería a cruzar a pie la selva paraguaya como hizo Nora Lagos huyendo de la Revolución Libertadora, y llevando de la mano a sus dos hijas pequeñas. Quien sino Pedro Serramalera, heredero de un imperio vitivinícola, desbarrancaría en los Alpes Marítimos franceses, el mismo día que lo adquirió, un Delage que había

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