5 de julio 2006 - 00:00
Divertidas actas de un congreso de seductores
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Luego de «La gula del picaflor», su novela consagratoria,
Juan Claudio Lechín esta escribiendo la historia de un falsificador
de monedas de plata en el Potosi colonial.
J.C.L.: Como no iba a concretarla en la realidad me pareció interesante que se convirtiera en un hecho literario.
P.: Y lo hizo de un modo nada políticamente correcto. J.C.L.: No me interesa serlo. Con un tema así no podía ser condescendiente. Uno escribe aquello que le parece importante. Otros harán experimentos con el lenguaje, buscaran la veta comercial o se dedicarán a las interpretaciones político sociológicas, a mi no me interesa nada de eso. Yo, que me salvé afortunadamente de la «literatura comprometida», me intereso por los temas permanentes: el amor, la violencia, los celos, la muerte. Creo que la novela debe mostrar, develar, el rostro humano. Y los humanos, como decía Cantinflas, no somos ni buenos ni malos, sino todo lo contrario.
P.: ¿Pensó que su novela podía considerarse el responso al mundo de los seductores, dadas las transformaciones de las mujeres?
J.C.L.: Al final de mi novelaaparece una mujer que les dice a los expositores: ustedes ya son historia. Creo que la hegemonía de la mujer se acabará de imponer en este siglo, y será un cambio profundo a cincuenta siglos de poder masculino y a sus prohibiciones. Si bien la seducción es un hecho normal, el seductor sólo se produce en la medida de la prohibición. Con su artes, muchas veces con malas artes pero en las que no entra la violencia (el seductor no es un violador), ese hombre logra transgredir la prohibición. Es un insatisfecho permanente que, por muy cruel que resultedecirlo, devuelve la humanidad a las dos partes. Les devuelve el deseo, los regresa a las puras pasiones del goce. El seductor es producto del monoteísmo, que es el momento culminante de la hegemonía masculina, porque Dios crea sin concurso de mujer. Las religiones monoteístas quitan a la mujer su poder que es la sensualidad, donde el nuestro es la fuerza, y la destina a ser virgen y madre, se la encierra. Ante esa prohibición de la sensualidad irrumpe el seductor. Ingresa por los resquicios, por las fisuras, tanteando, coimeando a las celestinas, para alcanzar el objeto del deseo.
P.: ¿Cómo aparece todo eso en «La gula del picaflor»?
J.C.L.: A través de siete historias, siete confesiones, donde hay siempre elementos de prohibición de raza, de edad o de religión. Siempre hay algo prohibido que hay que derrotar en el alma de la mujer. Y, también, en el alma propia, porque la prohibición le hace a uno temer. Estas interdicciones están cambiando. Hoy la prohibición social ya no es tan alta, salvo alguna que creo va a continuar como la de raza o de clase, y esto no en forma muy evidente ni en todas partes.
P.: ¿Buscó retomar en su novela los modelos de «Las mil y una noches», el «Decámeron» y «Los cuentos de Canterbury»? J.C.L.: Como es una estructura de muñeca rusa, tuve que domeñar al escritor para que el narrador consiguiera enhebrar las historias. Fui al «Decameron» y a «Las mil y una noches» para ver, más en su estructura que en su contenido, como lograr enlazar una historia con otra, estudiar la larguedad de la presencia del narrador, y como hacían esa obras para mantener una lectura fluida que lleve de un relato a otro. Esa visita a los textos canónicos me hizo sacar doscientas páginas del primer manuscrito, esas que me di cuenta que resultaban tediosa y que casi parecían meros tratados sobre el amor. Pero esos problemas fueron menores frente a la de establecer una galería de extraordinarios y desalmados seductores.
Entrevista de Máximo Soto



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