Divierte el retrato de unos perdedores

Espectáculos

Si no fueran patéticos, los cuatro personajes de «Morochos de Ñuyor» serían más bien siniestros. Son soberbios, machistas, mentirosos, aprovechadores, pero... la pieza de Héctor Gióvine y Raúl Ramos tiene el mérito de descubrir tras una fachada de «cancherismo», las aristas vulnerables de los personajes.

Y los cuatro fracasados que recalan en «Ñuyor» con la esperanza de triunfar como «latin lovers» se van descubriendo en el transcurso de la acción y despiertan más piedad que antipatía. Pródigo en gags desopilantes, el espectáculo es divertidísimo, pero contiene una parte de crítica que, aunque teñida de ternura, conserva filosas aristas. personajes, ilusionados por el éxito que «Tango Argentino» obtuvo entre los «yonis» (como ellos llaman a los americanos), se largan a probar fortuna en un cabaret de mala muerte. Dos de ellos ya conocen la amargura, pero intentan impresionar a los recién llegados con la exhibición de logros que son sólo producto de su fantasía.

Descubierta la verdad, deciden crear entre los cuatro un nuevo espectáculo para deslumbrar al público, porque ninguno de ellos quiere regresar a «la casita de los viejos» con «la frente marchita».

Las confesiones adquieren, por momentos, caracteres casi angustiosos, porque en el trayecto han debido soportar humillaciones que los han degradado. Pero, con el recuerdo de «Carlitos» en la mente, crean un último número, y se disponen a probar suerte reemplazando a las «Rubias de New York», por los cuatro «morochos» que menciona el título.

El espectáculo es ingenioso, creativo y no apela en ningún momento a la vulgaridad. Algunos números, como la serenata que el personaje de
Pablo Brichta le dedica a una mujer, o el extravagante número de patinaje ideado que anima Víctor Hugo Vieyra son verdaderos hallazgos. Lo mismo que la interpretación del tango traducido, a cargo de Héctor Gióvine y Raúl Ramos.

La absoluta frescura de las interpretaciones (detrás de la cual brilla un absoluto profesionalismo) es otro de los atractivos del espectáculo. Y aunque feroz en su crítica por momentos, la pieza tiene el mérito de no caer en ningún momento en la pomposidad o el resentimiento.

Es un placer seguir una trama rica en hallazgos (por ejemplo, el de la orquesta en la que los intérpretes ejecutan con instrumentos inexistentes, entre otros). El espectáculo no tiene recur-sos obvios y es sorprendentemente creativo y original. Párrafo aparte merece La Casona del Teatro, un lugar decorado con refinado gusto, cómodo y acogedor.

Dejá tu comentario