Ignacio Rodríguez de Anca y Mercedes Scápola Morán.
Una cancha de tenis es el espacio elegido para narrar los desencuentros de una joven pareja cuya relación naufragó por la intolerancia de ambos.
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Para Laura su ex no es más que un obseso de la vida sana, cuya única vida social pasa por el club de tenis que fundó su abuelo. Hernán, por su parte, sólo ve en Laura a una fumadora empedernida, alguien que detesta todo lo que él defiende y que en su descontrol sólo puede causarle daño. Pero, a pesar de seguir molesto con ella y de haberla engañado con la estrellita de su club, decide llamarla y convenir una cita, precisamente, en una cancha de tenis.
El encuentro no se produce, pero cuando el público escucha alternadamente las razones de uno y otro va alimentando la secreta esperanza de que algún día se reconcilien. La obra ofrece una trama muy sencilla que subraya las ocurrencias verbales de sus personajes así como las disparatadas situaciones en las que se ven envueltos. Su esquema es similar al de las sitcoms norteamericanas, tipo «Dalma y Greg», o al de esas comedias románticas dia pasatista sin trascender sus convencionalimos y obviedades.
De todos modos, logró un buen manejo del código humorístico y también un acertado uso del lenguaje popular y su picaresca, sin caer en lo chabacano. Lo más rescatable de la puesta son los trabajos de Ignacio Rodríguez de Anca y, muy especialmente, el de Mercedes Scápola Morán, una de las protagonistas de «Adolece que no es poco», que aquí se revela como una sólida comediante.
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