16 de septiembre 2004 - 00:00
Dramas romanos con el sello de Haendel
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Claudio Gallardou debuta en la dirección escénica de ópera barroca con «Agrippina» de Haendel, que se representará desde hoy en el Teatro Avenida.
Periodista: ¿Qué virtudes encontraron en esta ópera que justifiquen su estreno?
Claudio Gallardou: En primer lugar, porque musicalmente la obra es muy atractiva, y su director Juan Manuel Quintana es un enorme obsesivo con el logro de la sonoridad barroca. La obra tardó 295 años en llegar a Buenos Aires y es la oportunidad de verla en esta ocasión. Quizá pase mucho tiempo luego de estas cuatro representaciones para que vuelva a ponerse en escena.Aunque es un producto típico del barroco, en el lenguaje de «Agrippina» pueden observarse algunos rasgos del romanticismo, sobre todo en los textos. Además, esta ópera tiene una estructura shakespeariana.
P.: La ópera generalmente tiene desarrollos argumentales bastante convencionales. ¿No cree que su afirmación resulta algo audaz?
C.G.: De ningún modo. El argumento, la narración, es verdaderamente maciza. La manera en que se van relatando los sucesos, cómo Agrippina lucha para lograr el ascenso de su hijo Nerone al poder tiene tintes shakespearianos. El autor marca cómo Agrippina complota para que este hijo de Claudio sea coronado emperador cuando sabe que Claudio ha muerto en un naufragio. En realidad esto es falso, por lo que Agrippina hace todo lo posible para que su esposo abdique a favor de su hijo. Agrippina poseía una astucia política absoluta. Por eso Claudio es dominado fácilmente. El cinismo, la potencia, el empuje, la falta de escrúpulos son, entonces, motivos que acercan esta pieza al arte poético de Shakespeare. Las arias y los recitativos de la ópera sirven para expresar, respectivamente, los conceptos y las acciones. El persona-je de Agrippina con sus mil caras y su astucia en la búsqueda del poder está cerca de Lady Macbeth en la lucha por imponer su voluntad y erigir como único destinatario de sus esfuerzos a su hijo.
P.: ¿Este es su primer trabajo para Buenos Aires Lírica?
C.G.: Sí, y me siento muy reconfortado por los responsables de la producción. Se ocupan genuinamente de todos los detalles y no me imponen ningún límite ni ejercen ningún tipo de presión sobre mi pensamiento con respecto a la obra.
P.: ¿Se integró su trabajo con el de Renata Schussheim en la escenografía y el vestuario?
C.G.: Desde un primer momento. Ambos han sido pensados con un gran criterio sintético. Hay un grupo de actores que, además de cumplir una función dentro del argumento, se transforman con los elementos, modificando constantemente el espacio escénico.
P.: ¿Qué diferencias encontró con respecto a su experiencia en el Teatro Colón?
C.G.: La organización es menos burocrática y existe un contacto más directo con los encargados de la producción. Todos en Buenos Aires Lírica están preocupados de que este proyecto los lleve a otros, que conformen la totalidad de la temporada. En cambio en el Colón tuve la mala suerte de tener que trabajar, hace dos años, en un momento de internas feroces, que nos les permitía ocuparse de mi trabajo como régisseur. Por problemas en la programación, el título que dirigí («L'ocassione fa il ladro», de Rossini) fue ofrecido en las funciones de abono, pero aún así no tuve colaboración por parte del personal. Cuando un teatro condiciona los resultados artísticos por enfrentamientos internos no sirve. Espero sinceramente que el Colón recupere su dignidad a partir de ahora.
P.: ¿Se identifica más con la comedia de Rossini o con la tragedia de Haendel, como en este caso?
C.G.: Me siento cómodo por igual. Aquí pongo de manifiesto mis conocimientos de teatro en prosa. Pretendo que los cantantes se sientan actores, que canten como si hablaran. Lo importante es lo que se cuenta, la narración. El cantante que canta y no toma conciencia de que actúa se convierte en algo trivial. Me ocupo de que ellos actúen y para eso Haendel les puso una música maravillosa.
P.: ¿La régie en usted nació como una vocación o las circunstancias lo llevaron a ella?
C.G.: Mi instinto primario me lleva a actuar. Cuando se necesitó un director para uno de nuestros trabajos grupales (La Banda de la Risa) y no lo encontramos, asumí la dirección para que el proyecto no fracasara. Mi trabajo como régisseur viene después. Se lo debo a Marcelo Lombardero y a Guillermo Brizzio, que me llamaron para trabajar con la ópera de cámara del Teatro Colón. Ahí descubrí la teatralidad del espectáculo operístico y siento que me fascina la ópera como género. Inclusive me gusta diseñar las luces como lo hago en «Agrippina».
P.: ¿Hay códigos del barroco que le preocupó transmitir en su trabajo?
C.G.: Nada en especial. Lo barroco está en la música. Hemos respetado las arias y los recitativos. También los personajes tendrán una caracterización barroca. Hay elementos dramáticos complejos que se resuelven en forma sencilla. No hay gran maquinaria escénica. Lo barroco está en la economía de los recursos y en la agudeza de las ideas. Lo que sí posee una gran carga barroca es el juego escénico de los rostros que tienen mil caras distintas.Ahí está la verdadera esencia del barroco en «Agrippina».
Entrevista de Eduardo Vincent




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