24 de julio 2002 - 00:00

Dumas fue el maestro de los guionistas de la TV

H oy se cumplen 200 años del nacimiento de Alexandre Dumas padre, prolífico escritor francés que en el siglo XIX, con sus más de 300 obras, popularizó modelos de «literatura de entretenimiento», a través de la novela histórica, de terror, erótica, el folletín por entregas y el relato de aventuras.

Dumas
se inició como poeta y dramaturgo. Vio en Shakespeare un ejemplo a seguir, pero lo que le interesó de «Hamlet» fue la combinación de romance y violencia. A esto sumó hábilmente la invención del inglés Walter Scott que hizo de lo histórico una fórmula literaria. No sólo esta combinación estuvo presente en sus primeras obras teatrales -y le dio, junto al éxito, amigos poderosos que lo ayudaron, como el duque de Orleans-sino en la mayoría de sus novelas, como en su famosa trilogía: «Los tres mosqueteros», «Veinte años después» y «El vizconde de Bragelonne».

Robert Louis Stevenson
confesaba haber leído seis veces «El vizconde de Bragelonne» porque es «uno de los más bellos cantos a la amistad de la literatura». Borges comentaba que «Los tres mosqueteros» estuvieron entre esos primeros libros que lo llevaron a amar la literatura. Mientras que para Umberto Eco «Los tres mosqueteros» es «la más grande novela mal escrita». Dumas nunca dejó de abrir polémicas.
La Academia Francesa que en su época lo consideró
«un plumífero populachero y deleznable» hoy ve sus obras publicadas en la prestigiosa colección de «La Pléiade» e
influyó para que su restos sean trasladados en octubre al Panteón Nacional.

Para el crítico Bernard Pivot «Los tres mosqueteros» es la más importante novela histórica de la literatura mundial, a pesar de que Dumas solía repetir «la Historia es sólo un clavo donde cuelgo mis historias» y a él los historiadores lo califiquen de «divulgador de inexactitudes».

Ya en su tiempo, cuando le señalaban errores y anacronismos, el autor de «El collar de la reina» y «El hombre de la máscara de hierro» argumentaba «no me importa el rigor histórico sino no aburrir jamás».

Pivot
coloca a «El conde de Montecristo» entre las 10 mejores novelas de aventuras de todos los tiempos. Lo cierto es que, más allá de su escritura (muchas veces escribió a tres francos la línea, y llenaba espacio con diálogos), Dumas logró, reunir en un mismo personaje a la víctima y el justiciero (como su amigo Victor Hugo en «Los Miserables»), hacer del perdón y la redención uno de sus temas favoritos, y llenar sus historias de intensidad narrativa, efectos, suspenso, dramas de interés universal, como lo conf irma el que hayan inspirado medio millar de guiones cinematográficos.

El creador de D'Artagnan fue el maestro de los guionistas actuales de cine y sobre todo de TV, aunque tal vez se pareciera más al gerente de un estudio de Hollywood. Tras sus primeros sucesos en teatro y novela la demanda de editores y dueños de diarios lo llevó a industrializar su obra por medio de una decena de colaboradores, que investigaban, redactaban, trazaban la idea general, desarrollaban secuencias y diálogos. A ese material el escritor le daba finalmente «el sello Dumas». Mientras a la mayoría de esos «escritores negros», anónimos, les fue suficiente el sueldo que el pródigo Dumas les otorgaba, el profesor Auguste Maquet lo consideró muy poco porque su labor en una decena de obras había sido clave, entre ellas «Los tres mosqueteros» y «El conde de Montecristo». Llevó el tema a la justicia, que le adjudicó la coautoría de esas obras y, al final de su vida, esos derechos lo habían hecho más rico que el dilapidador Dumas, que tuvo más honestidad que muchos «creadores» actuales que utilizan «escritores negros», dejó por escrito el nombre de sus colaboradores, entre ellos el del gran poeta Gerard de Nerval.

Nacido en 1802, Dumas, nieto de un marqués y una esclava dominicana, hijo de un general mulato y bonapartista, era un mulato de gran porte, gustador de los placeres de la mesa (escribió un memorable libro de cocina) y de la cama. Fecundo no sólo como escritor tuvo muchos hijos, todos bastardos de sus relaciones con actrices, sirvientas y meretrices. Entre ellos uno, con una costurera, que sería su rival literario (el autor de «La dama de la camelias») y su gran apoyo en la vejez, luego de que vaciara en tabernas, amantes, amigos, colaboradores y proyectos políticos una enorme fortuna que le permitió tener un castillo o fundar diarios de efímera existencia. Fracasó en su intento de ser diputado, y cuando, siendo republicano y conservador, apoyó a un grupo de revolucionarios, tarde supo que se trataba de estafadores que se aprovecharon de su fortuna y su buena fe. Su lema fue «el trabajo es mi religión». Su voluntad de «ser un escritor popular», trascendió su época, hoy existen en el mundo diversos «Club Dumas», más allá del propuesto por su panegirista español Arturo Pérez-Reverte, en la novela que lleva ese título.

Dumas
murió la noche del 5 de diciembre de 1870, dejando atrás los fantasmas de su popularidad y de su bancarrota.

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