Ecos de la ex URSS en turbador relato

Espectáculos

Mijaíl Kuráyev «Ronda nocturna» ( Barcelona, Acantilado, 2007, 111 págs.)

El stalinismo con su censura, la detención de intelectuales y la imposición como única fórmula literaria aceptable en la URSS frente a las «desviaciones burguesas capitalistas» al bautizado como «realismo socialista» (una especie de pop art naturalista y publicitario de las bondades del sistema colectivista), no logró acallar las grandes plumas rusas que, de modo referencial, alegórico o claramente enfrentaron al poder totalitario. Entre esas grandes voces, se encuentran cuatro premios Nobel Iván Bunín, Boris Pasternak, Mijaíl Shólojov y Alexandrer Solzhenitsin, a los que se deberían agregar aquellos que tuvieron que elegir el exilio, como el premio Nobel Joseph Brodsky, entre muchos otros.

Mijaíl Kuráyev, considerado hoy uno de los grandes escritores de Rusia, ha decidido pertenecer a ese valioso conjunto. Si bien está considerado como un narrador tardío, que empezó a publicar recién cuando tenía casi 50 años, no había dejado de escribir relatos que eran impublicables en la etapa comunista.

Su novela «Ronda nocturna», por caso, que inició en mayo de 1962, tras conocer a un «agente policial al servicio del Estado», que se dedicaba a reprimir transgresores en los tiempos del terror impuesto por Stalin, sólo pudo publicarla en 1988. Hasta ese momento Kuráyev se ganaba la vida trabajando como guionista de Lenfilm. Allí, un noche, se puso a charlar con Polubolotov, uno de los guardianes del estudio cinematográfico, que con una mezcla de ingenuidad y pedantería le relató su siniestro pasado. «Me dieron un puesto, y quise hacer la cosas bien, mejor de lo que me ordenaban», se enorgullece y comienza a detallar su participación en la brutal represión de disidentes de los «los estúpidos liberales del pasado», a los «agentes fascistas del trotskismo». Se muestra sorprendido por cómo de la amistad con Hitler se había pasado a luchar contra el líder alemán. Anotar ese testimonio le llevóa Kuráyev seis páginas de letra menuda. Pero lo suyo no es la denuncia, y menos aún de algo bien sabido por los rusos, sino la literatura. Fue así que se planteó ofrecer un «nocturno para dos voces con la participación del camarada Polubolótov, sereno a cargo de la seguridad del perímetro exterior», un diálogo entre una ciudad invadida por la nieve y la confesión de un terrible pasado visto como algo honorable. Para conseguir artística distancia y el «tono musical intimista y sentimental inspirado por la noche» de los nocturnos de Chopin, Kuráyev hace de la ciudad y sus «noches blancas» (una clarísima referencia a Dostoievski y a Gogol, sus mentores espirituales) un lugar para la prosa poética.

Así, la consternadora historia, el turbador retrato de Polubolótov, enfrentado a imágenes de una ciudad admirable, se vuelve un resplandeciente espejo donde desde la lejanía del lector puede ver la facilidad con que se suelen desdibujar las fronteras del mal.

M.S.

Dejá tu comentario