1 de enero 2001 - 00:00

El arte de Grippo recupera lo natural

Analogía I de Víctor Grippo.
"Analogía I" de Víctor Grippo.
(02/01/2001) "Sin pensarlo, fui articulando algunos símbolos: los alimentos del hombre, la energía y la rosa, los desequilibrios y las consecuentes transformaciones, para contribuir en algo al fuego renovador que no siempre significa cambio, si no hay conciencia de lo conservable."

Esta observación de Víctor Grippo expresa el sentido de su obra. Fue Friedrich Schelling, el gran filósofo romántico, quien primero investigó la identidad entre naturaleza y espíritu, en los años iniciales del siglo XIX. Para Schelling, cada una de las potencias del espíritu corresponde a cada una de las potencias de la naturaleza, pero sólo la creación artística ofrece el camino de acceso a tal identidad manifiesta.
Grippo (1936) va, si se quiere, más allá del pensador alemán: su arte aduce y prueba la interrelación que Schelling apenas teorizó. Nacido en Junín, al noroeste de la provincia de Buenos Aires, Grippo estudia Química y Diseño en la Universidad Nacional de La Plata. Elige, sin embargo, el arte, y hace pinturas, con una primera exposición individual en 1966, al radicarse en Buenos Aires.

Su obra definitiva surge en los últimos años de la década del '60 y se afianza a partir de la década del '70, dentro del grupo CAYC, entre cuyos miembros fundadores se cuenta a partir de 1971, introduce el conceptualismo en la Argentina y, desde ella, en América la-tina. De esta época data su obra «Analogía I», con madera, pintura, circuitos eléctricos y papas. Consiste en cuarenta papas ubicadas en otras tantas celdillas de madera, y unidas por electrodos de cobre y zinc que permiten medir la energía de los tubérculos por medio de un voltímetro.

Un texto informa acerca del mensaje enunciado en la obra: la generación de electricidad por las papas y la de autoconciencia por el ser humano, como ampliaciones de la función cotidiana de los tubérculos y de la mente del hombre. Sin embargo, la elección de la papa no es arbitraria: producto de origen sudamericano, los europeos lo conocieron a mediados del siglo XVI y revolucionó su dieta.

Pero esta certeza latinoamericanista vibra en todas las creaciones de Grippo. Sobre este tema ha de volver, pero desde otros enfoques, como cuando exhibe «Horno popular de pan» en la muestra «Escultura, Follaje y Ruidos II» (1972) en el proyecto «CAYC al aire libre», instalada en la Plaza Roberto Arlt y clausurada por las autoridades militares de entonces.

En obras posteriores, Grippo sale al rescate de las antiguas manualidades con su exposición «Algunos oficios», un homenaje al herrero, al albañil, al agricultor y al carpintero. En «Tabla», continúa la recuperación de los elementos del vivir cotidiano, pero en este caso, se trata de una sencilla mesa de made-ra gastada por el uso.

Vida, muerte, resurrección, a comienzos de los '80 atañen al tema de la incesante gene-ración y regeneración de los elementos naturales y los seres humanos. «Cercando la luce» («En busca de la luz»), 1989 reunió siete obras en yeso vinculadas con el paso del tiempo y las edades, los credos religiosos, la posibilidad y el anhelo de conciliación entre hombre y naturaleza.

Además, inicia su serie de las «Cajas», donde atesora rosas de plomo y ocasionalmente otros objetos, con pasión de alquimista, que ha de terminar a fines de la década del '80.

En los años '90,
Grippo continúa la serie «Equilibrios» e inicia «Desequilibrios», dos discursos paralelos y complementarios sobre el antiguo dilema entre razón y sensibilidad. También presenta en las instalaciones «La comida del artista», con sus significaciones estéticas, sociales, culturales y éticas.

El conceptualismo argentino y del resto de la América latina ha sido y es un arte de crítica social, a diferencia del estadounidense, más interesado en la crítica estética.

Amor a los oficios en un mundo de máquinas, amor a la humanidad en un mundo alienado, amor a los objetos cotidianos en un mundo de simulacros, amor a las pequeñas cosas en un mundo de monumentalidades, amor a los procesos naturales en un mundo rebosante de artificios, amor a la vida en un mundo de violencia y muerte, amor a la ciencia como aproximación al misterio y al arte como dador de luz, en un mundo donde las utopías han desaparecido.

Desde luego, nuestro artista no es hostil a los adelantos y a los descubrimientos, pero cree que el progreso no debe realizarse a expensas de la naturaleza ni del hombre y que la cultura necesita obrar como una fuerza integradora, como un diálogo permanente. El curso de la vida humana está ligado al curso de la naturaleza de manera inescindible. Hay, pues, que ahondar esa relación, y la ciencia y el arte merecen aliarse con tal fin, uniendo la verdad del conocimiento a la verdad de la imaginación, la maestría del investigador a la maestría del inventor.

Grippo
recuerda: «Alguien dijo que no había que pintar los dos árboles en el paisaje, sino lo que había entre esos dos árboles y que no se veía.

Lo mismo pasa con los objetos cotidianos: debemos reparar en lo que no se ve de ellos». En su obra, arte, ciencia y pensamiento descansan sobre una firme base ética.

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