1 de enero 2001 - 00:00
El arte de Grippo recupera lo natural
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"Analogía I" de Víctor Grippo.
Grippo (1936) va, si se quiere, más allá del pensador alemán: su arte aduce y prueba la interrelación que Schelling apenas teorizó. Nacido en Junín, al noroeste de la provincia de Buenos Aires, Grippo estudia Química y Diseño en la Universidad Nacional de La Plata. Elige, sin embargo, el arte, y hace pinturas, con una primera exposición individual en 1966, al radicarse en Buenos Aires.
En obras posteriores, Grippo sale al rescate de las antiguas manualidades con su exposición «Algunos oficios», un homenaje al herrero, al albañil, al agricultor y al carpintero. En «Tabla», continúa la recuperación de los elementos del vivir cotidiano, pero en este caso, se trata de una sencilla mesa de made-ra gastada por el uso.
Vida, muerte, resurrección, a comienzos de los '80 atañen al tema de la incesante gene-ración y regeneración de los elementos naturales y los seres humanos. «Cercando la luce» («En busca de la luz»), 1989 reunió siete obras en yeso vinculadas con el paso del tiempo y las edades, los credos religiosos, la posibilidad y el anhelo de conciliación entre hombre y naturaleza.
En los años '90, Grippo continúa la serie «Equilibrios» e inicia «Desequilibrios», dos discursos paralelos y complementarios sobre el antiguo dilema entre razón y sensibilidad. También presenta en las instalaciones «La comida del artista», con sus significaciones estéticas, sociales, culturales y éticas.
El conceptualismo argentino y del resto de la América latina ha sido y es un arte de crítica social, a diferencia del estadounidense, más interesado en la crítica estética.
Amor a los oficios en un mundo de máquinas, amor a la humanidad en un mundo alienado, amor a los objetos cotidianos en un mundo de simulacros, amor a las pequeñas cosas en un mundo de monumentalidades, amor a los procesos naturales en un mundo rebosante de artificios, amor a la vida en un mundo de violencia y muerte, amor a la ciencia como aproximación al misterio y al arte como dador de luz, en un mundo donde las utopías han desaparecido.
Desde luego, nuestro artista no es hostil a los adelantos y a los descubrimientos, pero cree que el progreso no debe realizarse a expensas de la naturaleza ni del hombre y que la cultura necesita obrar como una fuerza integradora, como un diálogo permanente. El curso de la vida humana está ligado al curso de la naturaleza de manera inescindible. Hay, pues, que ahondar esa relación, y la ciencia y el arte merecen aliarse con tal fin, uniendo la verdad del conocimiento a la verdad de la imaginación, la maestría del investigador a la maestría del inventor.
Grippo recuerda: «Alguien dijo que no había que pintar los dos árboles en el paisaje, sino lo que había entre esos dos árboles y que no se veía.
Lo mismo pasa con los objetos cotidianos: debemos reparar en lo que no se ve de ellos». En su obra, arte, ciencia y pensamiento descansan sobre una firme base ética.




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