La medianoche del martes, cuando terminaba «Attila» en el Teatro Colón, un coro poco afinado y que nada tenía que ver con la ópera sorprendió al público que bajaba las escalinatas que dan sobre la calle Libertad. «¿Qué es esto? ¿Un piquete de travestis?», preguntaba azorado un abonado ante el inesperado espectáculo. En esta Argentina insólita todo es posible, y algo de eso estaba ocurriendo.
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Algunas agrupaciones de homosexuales, entre ellas la CHA, habían decidido realizar un «escrache» -así lo denominarona la salida de la función, y entre los manifestantes había numerosos travestis a quienes no les gustaban los smokings y vestidos largos que se usan tradicionalmente en la función de Gran Abono.
Las mujeres del público, sobre todo, fueron los blancos preferidos de los travestis en sus insultos, y ellas debieron soportar estoicamente que las calificaran a los gritos con el peor lenguaje de tablón. Poco después, en declaraciones televisivas, algunos manifestantes dijeron que ese lujo contrastaba con la falta de medicación para los enfermos de sida o de cáncer en los hospitales, tal vez ignorando la relación de colaboración y sostén que buena parte de ese público, empezando por la fundación COAS que maneja los buffets del Colón, tiene desde hace mucho con los hospitales. Curiosa manera de protestar agraviando a un público pacífico y sensible.
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