«El discípulo» («The Recruit», EE.UU., 2003; habl. en inglés). Dir.: R. Donaldson. Int.: A. Pacino, C. Farrell, B. Moynahan, G. Macht y otros.
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"El discípulo" es una película de espías moderadamente entretenida pero, de tan previsible, parece destinada a un público virgen en el género. Sus trampas son tan obvias y anticipables que llegan a tornar inverosímil la ingenuidad de su protagonista, paradójicamente un futuro espía de la CIA, que cae en una celada tras otra con el mismo candor del Coyote del Correcaminos. A veces hasta se tiene la tentación, como hacen los chicos en el teatro, de gritarle desde la platea que tenga cuidado, que el malo está atrás de él, pero ni así se daría cuenta.
Quizás en un mundo como el actual, donde ejércitos con experiencia calculan tan mal las reacciones en el terreno donde van a actuar, o en el que políticos avispados se van de lengua semana tras semana, invariablemente, ante las cámaras de los programas de denuncia o humor, «El discípulo» sea la película más representativa. Sin embargo, no pueden menos que añorarse los tiempos en que los espías del cine respondían más a la lógica de John Le Carré, Graham Greene o Kurt Vonnegut (citado en el film) que a la de Maxwell Smart.
La historia reúne a un joven y brillante mago de la computación (Colin Farrell) con un astuto y desencantado reclutador de la CIA (Al Pacino). El primero padece un trauma del que se vale el viejo zorro: quiere averiguar por qué y en qué circunstancias murió su padre en un accidente aéreo poco explicado. Su hipótesis más fuerte es que el padre fue, también él, agente encubierto. Para averiguarlo, desde luego, y a instancias de Pacino, deberá convertirse en espía y hacer el curso de entrenamiento en el campo de la Agencia, conocido como «la Granja» (este iba a ser el título original de la película, «The Farm»).
Así, después de asistir a varias clases teóricas sobre los ideales y objetivos de la CIA en el mundo (esta, una de las primeras películas producidas al calor anímico de los atentados del 11 de septiembre, posee un guión que seguramente no suscribiría Michael Moore), el aspirante a espía descubre que el interés que Pacino tiene por él excede lo puramente profesional o amistoso.
Alguien, aparentemente, está por secuestrar de los quarters centrales de la Agencia un programa de computación que pondría en peligro la seguridad nacional. Nunca se nos dice de quién se trata; el único indicio de extranjería es que otros dos aspirantes, sobre quienes recaerán las sospechas a su debido tiempo, hablan farsi (tampoco aclara el film que el farsi es la lengua oficial de Irán, como para ahorrarse suspicacias adicionales entre quienes lo ignoran). Y, como también es esperable, uno de esos dos expertos en lenguas es la femme fatal de la película (Bridget Moynahan).
¿Quién responde a quién? ¿Quién miente y quién dice la verdad? Pacino, que al revés de Farrell sí vio muchas películas de Hollywood, es una galería de epigramas: «Hijo, no vengas por respuestas. Sólo tengo secretos». O la reiterada «Nada es lo que parece», una frase cuyo copyright no es suyo y ni siquiera de Le Carré sino de Parménides, algunos años anterior a Sócrates, y posiblemente más ducho en el arte de formar discípulos.
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