Partiendo de una idea que bien pudo inspirar un episodio de la serie «Dimensión desconocida», «El efecto mariposa» es una intensa pesadilla en la que todo puede suceder.
«El efecto mariposa» («The Butterfly Effect», EE.UU., 2004, habl. en inglés). Dir.: E. Bress, J.M. Gruber. Int.: A. Kutcher, A. Smart, W. Lee Scott, E. Henson, E. Stoltz.
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Poder volver al pasado y reparar algún terrible momento específico de la vida evitando sus espantosas consecuencias futuras es un concepto que alimentó más de un episodio de la serie «Dimensión desconocida». Sólo que en «El efecto mariposa», manteniendo ese espíritu de relato fantástico ubicado en un sitio ambiguo entre la ciencia ficción, el drama sobrenatural, el thriller y la más pura fantasía, esa idea se adecua de una manera muy original al formato de un largometraje donde todo puede suceder.
Una vez que el protagonista (Ashton Kutcher), un estudiante brillante especializado en experimentar con la memoria, desarrolla su extrañísimo método de recorrido mental hacia el pasado para poder usurpar momentáneamente su cuerpo infantil y mandarse alguna macana extra para cambiar su presente adulto, todo el clima de la película, el ambiente y los conflictos pueden alterarse de un modo realmente sorprendente. Y obviamente las mejores intenciones pueden llevar a peores pesadillas, algo que ya a la media hora de película parece casi imposible teniendo en cuenta que el niño protagónico tiene al padre en un manicomio por asesino serial (¡y se llama Jason!), un compañerito que juega con dinamita, una maestra preocupada por sus dibujitos de gente mutilada, y una noviecita traumada por las películas porno caseras filmadas por su papá (Eric Stoltz, en una breve actuación sin desperdicio).
Ya adulto, los intentos del protagonista de mejorar su mundo y el de sus seres queridos tienen consecuencias extremadamente kafkianas, que no conviene adelantar para no arruinar el efecto del film. Un formidable debut de dos directores y guionistas que consiguen algo tan difícil como aproximarse a este tipo de fantasía metafísica sin caer en lo pretencioso, ni limitarse a las fórmulas repetidas del terror teenager, ni olvidar algunos sutiles toques de humor negro realmente solapado que por otro lado no le quita al film el tono serio, por momentos casi de melodrama necesario para sostener una historia tan tirada de los pelos.
El apoyo de un gran director de fotografía como Mathhew Leonetti debe haber resultado esencial en los cambios de clima que pueden convertir de una escena para otra en muchacho modelo a un freak del sector más descastado de los marginales universitarios, o pasar por algunas de las más fuertes escenas de violencia entre niños que Hollywood se haya atrevido a filmar en años.
Este tipo de películas suelen ser más fáciles de aceptar mientras se miran que cuando intentan ser analizadas seriamente al salir del cine. Pero en su tipo, es una pesadilla muy bien construida para asustar y entretener.
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