«Orquesta de Filadelfia», director: Yakov Kreizberg. Robert Schumann: Sinfonía N° 4, Op. 120; Piotr I. Tchaicovsky: Sinfonía N° 6, Op. 74 «Patética». (27/5, Teatro Colón, Func. De Gran Abono).
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Esta es la Orquesta de Filadelfia que tocó en el in-mortal film «Fantasía» de Walt Disney, cuando la dirigía Leopold Stokowski; la que tuvo durante 44 años al mismo director estable, el húngaro Eugene Ormandy, con el que hicieron más de 400 discos; la primera en grabar las Sinfonías de Beethoven en el nacimiento del CD, la primera en tocar por TV y hasta la pionera en dar conciertos en vivo por Internet. Y la que a pesar de lo convulsionado y devaluado que está este rincón del mundo, cumple con su compromiso con el Mozarteum Argentino.
La primera función de las tres que vinieron a brindar fue para los abonados del Colón, y no todos se dieron por enterados de su importancia o tuvieron una actitud de desdén, ya que --lastimosamente-la sala no estaba llena, y la mitad de los palcos lucían vacíos.
El joven y talentoso Yakov Kreizberg tiene la responsabilidad de ocupar el podio de Wolfgang Sawallisch, que no pudo llegar por problemas de salud propios de su avanzada edad. Desde los primeros compases de la obra de Schumann, nos reencontramos con el sonido robusto y homogéneo de la famosa orquesta, que no excluye detalles delicados, como el unísono del violoncello ( William Stokling) y oboe ( Richard Woodhams) en la Romanza. Si bien es discutible la intrépida velocidad y dinámica del Scherzo, al no afectar la claridad del discurso, quedó como una demostración de dominio y disciplina.
Comienzan los fagotes y las cuerdas graves con el dramático clima de la «Patética» de Tchaicovsky, y el director detiene la ejecución. Es que los caramelitos, las toses y alguna conversación que no se interrumpía atentaba contra la debida concentración. Espera y vuelve a empezar; en el mismo punto, un grupo de personas entran por la primera fila, y otro grupo pasa a ocupar sus lugares en la segunda, bajando estrepitosamente el asiento de la butaca. Nueva interrupción de la música, gritos de algunos sectores a favor y otros en contra de tan serena actitud.
Restablecido el orden y el silencio, Tchaicovsky se hizo escuchar para, inmediatamente, emocionar. Kreizberg hizo emerger lo mejor de sí mismo. Su memoria prodigiosa (dirigió toda la noche sin partitura; las tiene adentro de la cabeza) devino en una versión monumental e inolvidable de la obra póstuma del gran compositor ruso. Por supuesto, no faltó quien iniciara el aplauso y algún bravo, cuando todavía faltaba el doliente «Adagio lamentoso», pero a esta altura, el director ya estaba resignado a soportar un público disperso y ruidoso, al que no pudo domesticar con su entrega ni el respeto que se merece tan prestigioso organismo.
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