5 de febrero 2004 - 00:00

"El gran pez"

El gran pez
E s muy difícil hacer una película que no se parezca a nada conocido, y sin embargo una minoría de directores de talento excepcional lograron filmografías con un puñado de títulos a los que casi no hay forma de encontrarle equivalente. Tim Burton es uno de estos directores, sólo que a veces hace films ciento por ciento originales como «El joven manos de tijera» o «Ed Wood», y a veces se limita a aplicar su original visión a productos como su reciente remake de «El planeta de los simios».

Este no es el caso de la última película del director de «Batman» y «Marcianos al Ataque». «El gran pez» es una película de un Burton especialmente maduro, que parece tomar un camino similar al de George Pal cuando intentó aplicar sus imágenes fantásticas no a invasiones marcianas o viajes espaciales sino a un misterio más terrenal, y con moraleja filosófica. Así, el director de «La máquina del tiempo» hizo la inolvidable «Las 7 caras del Dr. Lao», justamente uno de los pocos films que pueden servir de referencia para este trabajo imperdible de Burton. Y no sólo por el ambiente circense en el que transcurre buena parte del film, sino por la mezcla de misterio, fantasías y toques burlones y tétricos puestos al servicio de un mensaje digno de Frank Capra.

Con «El gran pez», Burton vuelve a brindar otro producto imposible de concebir con otro director a cargo del proyecto. En algún momento Steven Spielberg estuvo tentado de adaptar la novela de Daniel Wallace, «Big Fish: A Novel of Mythic Proportions», y sin ser demasiado prejuicioso se puede apostar a que el resultado hubiera sido mucho más meloso de lo necesario. En manos de Burton, la novela se convierte en una constante caja de sorpresas, con climas de todos los géneros y una gran dosis de emotividad que jamás se convierte en sobredosis: las historias delirantes de un anciano mitómano (Albert Finney) que atormentan a su hijo (Billy Crudup) desde la infancia, y cuando el fabulador de proporciones bíblicas está en su lecho de muerte, el joven periodista obsesionado por los hechos cree oportuno terminar de separar mentira y realidad de los cuentos que escuchó durante toda su vida. Tarea difícil, ya que las historias del viejo Finney (reemplazado por un brillante Ewan McGregor en los raccontos juveniles) incluyen al gran pez del título y también a gigantes, hermanas siamesas norcoreanas, hombres lobo, brujas con ojos de vidrio con póderes proféticos, arañas saltadoras, caminos embrujados y poetas sin inspiración que terminan robando bancos y haciendo fortunas en Wall Street.

Como el camino embrujado que decide recorrer el protagonista, esta película está llena de giros imprevisibles; son tantos y tan divertidos, que en una sola visión resulta imposible percibir los complejos recursos cinematográficos necesarios para hacer esta película. Pero precisamente este detalle -compartido con «Ed Wood»- es la materia de la que están hechas las películas magistrales. Y esto no es ninguna exageración.

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