30 de agosto 2001 - 00:00

El humor blanco no evita el pesimismo

«Ladrones de medio pelo» («Small Time Crooks», EE.UU., 2000; habl. en inglés). Dir.: Woody Allen. Int.: W. Allen, T. Ullman, H. Grant, E. May y otros.

"Ladrones de medio pelo" es un film brillante y menor. Un refresco, de alguna forma, en esta etapa de la obra de Woody Allen, configurada por el bergmanismo procaz de «Los secretos de Harry», la complejidad irónica y felliniana de «Celebrity» o la emotiva evocación de ese pasado más o menos apócrifo que hacía en «Dulce y melancólico», en la que también resonaban algunos acordes del autor de «Amarcord».

Sin embargo, en su amable y liviano retrato de los rateros y nuevos ricos que hace en esta película (inmediatamente anterior a «La maldición de Scorpion Jade», que acaba de estrenar en los Estados Unidos), no se reconoce tanto un voluntario regreso a su inocente humor del pasado, según se llegó a decir en la prensa norteamericana por una rápida asociación con «Robó, huyó y lo pescaron», como una nueva afirmación de su desencanto y su irónico distanciamiento social.

Allen
, antes que un comentador satírico, es un individualista irrecuperable. Su declarado placer en la neurosis es algo más que una marca de estilo. Su mirada es lúcida pero siempre exterior a cualquier grupo, a diferencia del satirista que bromea desde dentro. Con el paso de los años, esa mirada se pudo haber vuelto, es verdad, dulce y melancólica, pero al mismo tiempo cada vez más amarga.

Perdedores

Ray, su personaje en esta película, es el sometido balbuceante que quiere salir de la mala. En la desesperación, se une a otros de su misma condición para dar el golpe patético: robar un banco a través de un boquete en el subsuelo de la pizzería que alquilan. Su esposa, Frenchy (excepcional Tracey Ullman), los tolera a su pesar, y los vuelve inesperadamente millonarios con la venta de las galletitas que fabrica. El absurdo es sólo aparente, y no hace falta reconocer las citas a «Los desconocidos de siempre» o «Con un fracaso, millonarios» para disfrutar la historia.

Otra de las diferencias más notorias entre este Allen y el de sus primeros tiempos se advierte en que su humor, por más deliberadamente blanco que lo busque y pretenda, ya no se apoya en la simple ilustración actuada de una sucesión de ideas o réplicas ingeniosas, sino que todo este ingenio, inagotable, está desde hace tiempo al servicio de una misma narración, la de un solitario desdichado en conflicto con el medio. La risa era la carga, ahora es la descarga.

Divirtiéndose con las posibilidades humorísticas que le ofrece ese mundo que desprecia, aun en este film de tonalidad liviana hay momentos muy destacables: los mejores se reconocen en la divertida relación de frustraciones recíprocas que termina estableciendo con su cuñada (Elaine May), una vez que su esposa decide convertirse en una persona ilustrada con el hipócrita que sólo busca explotarla para su beneficio ( Hugh Grant, con su mejor sonrisa profesional al tono).

La relación está pretextuada con una serie de bufonerías primarias, como la larga escena de la sustitución de una joya auténtica por una falsa, pero en su fondo resalta una de las obsesiones del cine de Allen, tal vez la mayor: el diálogo, ininterrumpido y a la vez imposible, con la mujer. Ya tenga el rostro de Mia Farrow, Diane Keaton, Mira Sorvino o Meg Ryan, ya tenga la altura dramática de una obra maestra como «Crímenes y pecados» o el aire de travesura de «Ladrones de medio pelo», el personaje sigue siendo el mismo.

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