3 de enero 2001 - 00:00

El mundo, con ojos de mujer

Glenn Close.
Glenn Close.
La temporada 2001 no podía haber empezado mejor que con esta sorprendente película de Rodrigo García, el hijo cineasta de Gabriel García Márquez. «Con sólo mirarte», a través de cinco historias breves y espléndidas, todas ellas protagonizadas por mujeres californianas, es un itinerario melancólico, a veces triste pero con momentos radiantes y de un humor tan luminoso como delicado, del alma femenina.


Sus actrices, que en algunos casos participaron de manera amistosa ante la convocatoria del director, trabajan con una distensión y una felicidad que difícilmente se les advierta en el resto de sus películas. Como si se hubieran tomado un descanso para aparecer en este film tan alejado de los moldes de Hollywood, tan en las antípodas de, por ejemplo, la falsa trasparencia y la artificiosidad de «Belleza americana», y se hubiesen dado el gusto de actuar en intimidad, a cara lavada.

Obra «Con sólo mirarte» es la obra de un artista que ama a las mujeres, el cine y la literatura. Cada uno de los relatos, precedidos por bellísimos títulos caligráficamente presentados, hace de la mirada el objeto, el centro y el arma que anima a sus persona-jes. La mirada femenina, desde luego, porque ninguno de los hombres de esta película es capaz de ver absolutamente nada de lo que ocurre a su alrededor, aunque lo tengan ante sus narices: la mayor ironía de García, en ese sentido, es que el personaje que le toca a Cameron Díaz es el de una ciega, que advierte muchísimo más que su atolondrado acompañante.

Pero, salvo quizá en el segundo episodio, y ni siquiera de manera central (el de la ejecutiva Holly Hunter ante el trance de un aborto y la indiferencia de su amante casado, Gregory Hines), ésta no es una película sexista: «Con sólo mirarte» parte el mundo en dos y sólo se ocupa de las mujeres, no le interesa otra cosa. Las reacciones masculinas son las de los complementos, las víctimas o los objetos del deseo o la repulsa, pero no tienen vida propia. El maravilloso final, consistente en dos movimientos de una misma mirada (quién otra sino Glenn Close es la ejecutante) termina de definir esa intención.

Ella, que también abre el film (su papel es el de una ginecóloga, soltera muy a su disgusto), soporta de la quiromántica Calista Flockhart una lectura de cartas absolutamente deprimente, jugada con una ejemplar fortaleza en los ojos. La adivina, más tarde, tendrá su propia historia, y la Close a su vez interactuará con otras. Pero si bien la estructura del film repite una modalidad muy habitual hoy en el cine norteamericano, la de los múltiples relatos conectados entre sí, en «Con sólo mirarte» hay una fluidez tal que hasta el recurso parece original.

No se puede dejar de mencionar, por último, una de las historias más destacadas que tiene esta película, la que protagonizan Kathy Baker, su hijo adolescente, y el nuevo vecino que se establece frente a su casa: un enano. Ese solo episodio, narrado con una elegancia, un buen gusto y un humor admirables, justificaría por sí solo toda la película.

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